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Viernes, 21 de octubre de 2016

SALIO

Polvo de artistas

El Instituto Di Tella se recuerda endiosado como una alta experiencia representante de un tiempo de esperanzas políticas y sexuales. Lejos de toda nostalgia y de toda piedad, Kado Kostzer, testigo y partícipe de aquella loca efervescencia, en La generación Di Tella y otras intoxicaciones rompe la leyenda.

 Por Adrián Melo

Kado Kostzer tiene el genio creativo que comparte con unos pocos -Gustave Flaubert, Henry James, Truman Capote, Manuel Puig o Edgardo Cozarinsky, entre ellos- de elevar el chisme a la categoría de obra de arte. El libro puede ser leído como un conjunto de chismes y de anécdotas tan pronto graciosas, sórdidas e incluso sangrientas que devienen en literatura de la mano del autor. Así, entre tantos otros ejemplos, cuando a mediados de los años sesenta Kostzer se “levanta” en la calle a Roberto Villanueva frente a las represivas dependencias del Departamento Central de la Policía Federal, casi parece que se asiste a un happening del propio Di Tella, a la vez que se da cuenta de la rebelión contra un clima de época en donde los agentes de policía “con profunda vocación de peluqueros y modistos salían a la caza de todo varón joven cuya cabellera pasara de los dos centímetros que imponía la media americana y cuya vestimenta se apartara de lo establecido por las convenciones de elegancia y sobriedad argentinas”. O la simple narración de un encuentro casual entre los ya sesentones Kostzer y Alfredo Rodríguez Arias en los mingitorios del Teatro Nacional Cervantes y una breve conversación sobre la próstata permite reflexionar sobre los alejamientos, los desencuentros y las amistades truncadas.

Asimismo, de la misma manera en que en su libro anterior ¿Hablaste de mí? convertía a la actriz de reparto Bertha Moss en un auténtico personaje literario, en La generación… Kostzer describe una serie de personas de la época y los metamorfosea en perdurables retratos de la literatura. Una vez que cerramos el libro tendemos a olvidar a la Nacha Guevara símbolo de la juventud eterna y de la filosofía new age y conservamos, en cambio, nítidamente la imagen de la irascible y malvada Clotilde Acosta devenida en potencial asesina del rubio Marcos Mundstock, al que una noche de enero le incrustó un vaso de vidrio roto en el rostro por exagerar un bis en un espectáculo de Mar del Plata, frente a un impávido Alberto Favero (Nacha ¡qué macha! Favero ¡un faldero! entonaban los bromistas de la época que rememoraban el hecho). Federico Klemm resucita para pasearse descaradamente junto a su madre con coloridos atuendos y una tanga amarilla por las playas cariocas. Una serie de episodios revelan que Pepito Cibrián evidentemente “no heredó el encanto de sus padres”. Una parte del talento, del humor negro y de la seducción de los hermanos Marucha y Facundo Bo (que en 1970 protagonizaría la versión travesti de Eva Perón propuesta por Copi) son explicados a partir de una niñez transcurrida dentro del predio de la Penitenciaria Nacional donde trabajaba el padre de ambos.

Sin duda adquiere también el estatus de personaje literario el fantasioso y vende humo Juan Carlos Uviedo que consigue con un falso y exuberante currículum engañar a Roberto Villanueva para que monte una impresentable obra de su autoría llamada Los esperapalomas. Y los bellos y atléticos efebos que son a la vez rompecorazones diplomados tales como Mario Skubin, Roberto Plate y Sergio Mulet, el último de los cuales luego de que su rostro y su cuerpo fueran inmortalizados obsesiva y eróticamente por la cámara de Ricardo Beccher en el film Tiro de gracia (1967), moriría asesinado a los 65 años por su esposa del momento, una rumana que hizo carne las tendencias criminales de las muchas y muchos que habían sufrido la humillación y el menosprecio de su belleza esquiva.

Y mientras se suceden las performances, los espectáculos y los happening que harán célebre al Centro de Experimentación Visual de la calle Florida 936 (El niño envuelto de Norman Briski; ¿Jugamos a la bañadera?, donde Graciela Martínez bailaba dentro de una bañera; Libertad y otras intoxicaciones, de Mario Trejo, donde 16 artistas parecían inmolarse en nombre de la palabra que da título a la obra y que resultó una de las más vilipendiadas por Onganía, Margaride y su banda; la censurada Baños de Robert Plate que consistía en la instalación de una simulación de baños públicos y que invitaba a los asistentes a escribir grafitis en sus paredes) son descriptos con una ironía no exenta de la magistral malicia que impregna todo el libro. El inexorable paso del tiempo, el devastador Cronos, arrastra enemistades, alejamientos, deseos, frustraciones y amores hasta no dejar nada en pie, ni siquiera las ruinas tras la catástrofe.

Presentación de La generación Di Tella y otras intoxicaciones (Edudeba), de Kado Kostzer. Viernes a las 18.30, Museo Nacional de Bellas Artes, Avenida del Libertador 1473.

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