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Viernes, 13 de marzo de 2009

PD

cartas a [email protected]

Lo digo desde Soy

Ale:

No es fácil poner en palabras esta gratitud demasiado grande. Se cumple un año casi desde que entré al taller de Puerta Abierta y tenía ganas de escribirte esto. Porque ahora me mudo lejos y porque éstas son esas cosas que uno tiene guardadas en el pecho y no sabe muy bien cómo explicarlas, pero que merecen salir a flote, aunque sea dando tumbos.

Ahora estoy pensando que me di cuenta temprano en realidad, que a los once ya lo sabía. No que era gay, eso ya lo sabía desde antes; a los once descubrí que me daba vergüenza serlo, descubrí que tenía que ocultarlo, callarlo, que lo mejor que podía hacer era mirar a las chicas y tragarme el deseo poseso de besar a mi mejor amigo. A los once comprendí que estaba permitido hablar de las tetas de mi vecina, pero no mirarle la entrepierna a su hermano más grande. La regla era simple y me pasé media vida tratando de cumplirla. Raspándome la mirada, quitándome el amor como una lacra, como una culpa sucia de la que despegarse. Y todavía cerca de los 20 años soñaba con un genio mágico, una píldora, una terapia o un dios que viniera a sacarme la mugre de lo que no quería ser.

Pero entonces un día, como dicen en los cuentos, lo que vos ya sabés: yo estaba perdido y caminé por Hipólito Yrigoyen y toqué las puertas del grupo (de un grupo, de cualquier grupo). Me senté en ese círculo de extraños y sucedió lo que no esperaba: que después de tantos años de evadirme, me encontré por fin a mí mismo.

Es una extraña sensación de trascendencia el aceptarse.

¿Qué puedo decirte ahora? ¿Enumerar los peldaños que me llevaron al amor, a los amigos, al orgullo? Ese círculo me dio la mirada, la palabra y el coraje, me dio la base de todo lo que vino después. Y por eso voy a llevarlos siempre conmigo, como esa mano que me hizo piecito para que saltara la pared y me fuera del otro lado del miedo. Para que saliera de un Berlín por siempre aparte y estirara los brazos a la posibilidad de ser mejor de lo que era.

Gracias una y mil veces, Ale, a vos y a los chicos de Puerta Abierta, por hacerme ver que puede haber un mundo distinto al heredado. Y lo digo desde acá, desde el Soy, para que también escuchen los otros: los indecisos, los temerosos, los reprimidos. Cuando metan el ojo una vez más a escondidas entre las páginas de este mundo al que no se atreven, sepan que hay manos tendidas y dispuestas, y que no habrá jamás libertad más grande que amar sin cuestionárselo o que Ser sin complejos. Adelante.

Yo también Soy.

Nacho
[email protected]


Adentro también es afuera

Se han mudado estos vecinos nuevos al costado de mi departamento. Compartimos una medianera lo suficientemente alta y una acústica digna del teatro griego. El matrimonio tiene dos hijos escolares: una nena muy silenciosa y un nene por varios decibeles opuesto a ella. Además del timbre e increíble alcance de su voz, el chico tiene la costumbre de espiarme. O sea que ya no puedo andar por mi casa (no digo mi patio, siquiera) sin sentirme como en un Big Brother. A raíz de esto, un día le hago el comentario a mi vecina (de quien el chico heredó la afición por gritar) y le pido que por favor le diga a su pequeño retoño que no se asome más. Que a mí me molesta no poder andar por mi casa vestida con o sin lo que quiera y también me incomoda que miren mis escenas de intercambio amoroso entre mi novia y yo. Pero que no pienso decirles a mis amigos gays —que a veces se quedan cuando no estoy— que se escondan en mi propia casa. Cuando digo “entre mi novia y yo” al padre del hogar, que está levemente por detrás de la madre, se le ilumina la cara con un tono pastel parejo (aunque no por aceptación sino por consumo, como suele pasar: no existe lo lesbian friendly, existe el consumo de lesbianas o, cuando el hombre finalmente entiende que no tiene lugar en la pareja, la discriminación). La madre ni gesticula porque no entiende qué hacen dos chicas. El problema es cuando comprenden que posiblemente su hijo puede llegar a observar una escena de sexo entre gays en, por ejemplo, mi cocina. La cara de ambos se convierte y, enfurecidos, me dicen que somos unos pervertidos, que más nos vale cuidarnos delante de sus hijos o nos van a denunciar y que, además, saque a mi gato de la medianera.

Conclusión: es mentira que “está todo bien con los gays siempre y cuando se mantengan dentro de sus cuatro paredes” (aunque mis cuatro paredes están tan alejadas una de la otra que todo lo que queda en el medio es el mundo), siempre habrá un homofóbico asomado a la medianera señalando con el dedo. Y si ni siquiera salís del armario al patio, nunca faltará un discriminador voluntarioso que transforme tu cajita cerrada en un zoquete dado vuelta. Como uno de esos dibujos de Escher...

María Eugenia López
Espacio qu de la UNLP


Porque te quiero...

Este e-mail no tiene otro fin más que hacerlos reflexionar sobre el material que publican. ¿A qué viene lo antedicho? El nivel del mismo sinceramente deja muchísimo que desear, particularmente el espacio de Lux. Luego de lograr descifrar lo escrito por Lux, uno no se queda con otra sensación más que ¿qué quiso decir? Se queja de todo y no dice nada. Divaga demasiado en cosas que carecen de importancia, y esto lleva a la pérdida del sentido y orden de lo que está diciendo. Seguramente esto se deba a intentar hacer algo “progre”, por decirlo de alguna manera; sin embargo, para que algo lo sea no basta más que ideas innovadoras, no insultos por doquier y palabras desagradables que hacen más pesada la lectura.

Con respecto a las otras columnas, en su mayoría son poco interesantes, no aportan mucho, no informan sobre nada, pero sí están llenas de palabras que pese a su cantidad, repito, no dicen nada. ¡Ojo! Sí hay columnas interesantes, como por ejemplo las cartas de los lectores, básicamente es lo único que leo con ganas. El motivo es simple, dicen algo que puede llegar a interesar, por ejemplo algo que le sucedió a un lector —hago referencia a una carta sobre la discriminación sufrida por una mujer si no me equivoco—. Así como también en el suplemento pasado, que nos cuentan sobre lo realizado por el sector de diversidad de jxi.

En fin, parece que este mail es sólo una queja, pero uno al encontrarse con un suplemento que anuncia ser para la comunidad LGTTB espera se trate de algo interesante al menos, y quiere sentirse reflejado en las notas o que las mismas aporten algo a su vida, sea un momento de reflexión o un momento gracioso. Y eso lo logran sólo unas pocas notas de este suplemento —2 o 3 exagerando—.

Yo me pregunto por qué no cambiar un poco el color de estas notas y explicarles a los que las escriben que no es necesario recurrir a un humor sumamente vulgar, cuando se puede utilizar por ejemplo la ironía para hacer graciosa y original una nota.

Antes de concluir con este mail, quiero decirles que esto es una crítica constructiva. Qué más quisiera que comprar la revista y poder leerla toda, en lugar de abrirla y cerrarla en la segunda página de lo aburrida que es.

Saludos
Yésica M.

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