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Viernes, 8 de mayo de 2009

ES MI MUNDO

Fiera madre hija bicho amante

La estrella fugaz del rock brasileño sigue encendida, a pesar de su escasa difusión y de sus grabaciones difíciles de encontrar. Durante su corta vida, Cássia Eller construyó a fuerza de estilo y talento una leyenda que adquirió una dimensión impensada después de su muerte. Vivió sus últimos años junto a su mujer, María Eugênia Vieira Martins, quien al morir Cássia pidió la custodia del hijo de la cantante. Su reclamo revolucionó a la sociedad brasileña y sentó un precedente sobre la legalización de las parejas gays y sus familias.

 Por Fernando Noy

Sobre cualquier escenario, su presencia incandescente de amazona andrógina, perfil oscuro iluminado por la zumbona sonrisa. Capaz de simplemente levantarse la negra remera para refrescar sus tetas transpiradas en el fragor del show o acomodarse la bragueta como un bucanero indígena, siempre con la guitarra como antorcha o espada a lo Juana de Arco, entretejiendo en la ofrenda esa imagen inédita y actualmente venerada por sus seguidores, quienes logran redescubrirla para volverse adictos de la que –en sus inicios– los críticos compararon con Ney Matogrosso, pero en versión femenina.

Al descubrir su repertorio, cualquiera podría caer hechizado ante el tono bravío que dota a “Non, je ne regrette rien”, clásico de Edith Piaf, o esa especie de chacarera festiva que es el forró nordestino de su país con “Curiosa para sufrir”, que en Gal Costa resuena tan cristalino, pero bajo la fuerza y la garra de Cássia se exacerba sin perder su original sencillez campesina. Singularmente ecléctica, ella alguna vez aclaró: “Quien me mire bien podría pensar que no soy para nada romántica, pero se equivoca”.

Durante el breve tiempo que transcurrió su carrera, Cássia alimentó sin siquiera pensarlo su insólita leyenda que incluía no sólo asumir públicamente el privilegio de la homosexualidad, la práctica de una libertad absoluta dentro y fuera de cada show, su postura de intérprete declarada sin mencionar el valiosísimo dato de la propia autoría, incluyendo casi con sigilo sólo dos temas firmados por ella: “El marginal” y “Ellos”.

En un país de grandes y exquisitas cantoras, de algún modo comparte con la también inconmensurable Elis Regina esa pocas veces lograda fusión con sus compositores, quebrando cualquier límite, para amalgamarse de tal modo en cada tema, y que todo lo que cantan pareciera escrito sólo para ellas o por ellas.

El repertorio de Cássia incluía desde el que llamaba “Mi madre” Chico Buarque hasta Caetano Veloso, Nando Reys y nada menos que su venerado Cazuza, sin olvidar a Jimi Hendrix, Nirvana o Los Beatles. Fue justamente del propio Veloso la frase que repitió al autointernarse para superar su creciente adicción al alcohol y las drogas: “Dios adora hacerme bromas”.

Refugio en el más allá

Un par de años antes del trágico final, buscó refugio en una fazenda–clínica de Teresopolis, a dos horas de Río, y en el simple video casero grabado al ingresar luego de que los médicos leyeran el catálogo de los planes a seguir, escuchamos como respuesta su inimitable carcajada desdramatizando el momento. Durante la estadía allí, Cássia pasaba el tiempo jugando al fútbol descalza, por supuesto escuchando música y continuando casi en secreto con sus interminables zapadas, sola en medio del verde.

Cuando los músicos de su propia banda iban a visitarla, no dejaron de ensayar en el bucólico paisaje, además de tener, según afirmaron a los medios, el imprevisto regalo de conectarse con legítimos extraterrestres.

Tardó más de un año en recibir el alta, luego del cual regresa a los brazos de su esposa e hijo y comenta: “Al fin terminé de desintoxicarme. Encontré a Jesús. Ahora quiero seguir junto a él, limpita”.

El padre de Francisco –o “Chicón”, como llamaba a su hijo– era Octavio Fialho, bajista de la pesada, muerto en un accidente automovilístico tres meses antes de que su hijo naciera.

Sin sospechar que sería su apoteósico canto de cisne, Cássia aceptó participar en la tercera edición de Rock in Rio. Y si de manera inexplicable no había sido convocada para la fecha anterior, su jamás planeada venganza se llevaría a cabo con la convocatoria record de 100 mil espectadores que comulgaban con ella cantando de cabo a rabo cada uno de los temas interpretados en el histórico encuentro. Sus admiradores, mejor dicho, fanáticos, ya eran legión.

También sus pares la consideraban un verdadero genio musical sin precedentes. Incluso los integrantes de Nirvana elogiaron públicamente su versión del hit “Smells like Teen Spirit”.

Pero por sobre todo ella, que desde adolescente paseaba en el viejo coche familiar sin cambiar nunca el casete de Os Mutantes, al escuchar que la propia Rita Lee, voz cantante del legendario grupo, la invitaba a participar de su programa semanal en TV Globo, aceptó lo que valoró como uno de los mejores regalos que le daba la vida; aunque pocos meses después la misma Rita Lee, al saber de su muerte, declaraba a los medios: “Sólo me queda el consuelo de saber que Cássia, en apenas diez años, logró hacerlo todo”.

Tal vez sea así, pero ante un artista como ella uno se vuelve insaciable y resuena el dato esgrimido como una de las causas para develar la crisis final, apuntando que la estrella estaba exhausta luego de realizar más de cien shows en apenas tres meses. Igual, Cássia siguió alimentando el fuego de su ritmo y repitiendo como un mantra gitano: “Nunca lograría transmitir en ningún estudio la preferible emoción que es estar con mi gente”.

En verdad, no era simplemente público ni fanáticos aquellos que la idolatraban con el corazón en la boca, ofrendando su ya clásico “El tiempo no para”, de Cazuza, o la plegaria metálica de Nando Reys con latigante estribillo: “Sólo pido de Dios un poco de malandraje... pues soy poeta y no aprendí a amar”.

Llegó el aciago, doloroso 2 de enero de 2002. La agencia Télam-Brasil informaba que “la policía brasileña investiga la muerte de Cássia Eller, luego de tres sucesivos paros cardíacos”. Ante la sospecha de que la causa hubiera sido una sobredosis de drogas, se les preguntó a los médicos si podían asegurar que había sido una muerte por causa natural o no. La respuesta de los galenos fue negativa, por lo que el caso quedó registrado como “muerte dudosa”.

De inmediato, María Eugênia Vieira Martins, la mujer con quien se había unido hacía doce años, reclamó la custodia de Chicón. Luego de un breve pero resonante proceso judicial contra el abuelo del niño y padre de Cássia, logró al fin hacerlo desistir y Chicón, hasta la fecha, continúa a su lado. “Luego de morir Cássia, en ningún momento pude pensar siquiera en la posibilidad de quedarme sin mi hijo. Siempre creí que la Justicia brasileña, así como la sociedad que abiertamente me apoyó, sabría decidir teniendo en cuenta lo mejor para la criatura, reconociendo el afecto que nos unía y la familia que efectivamente formábamos. Tuve la ayuda incondicional de mis amigos, de la opinión pública, de artistas y políticos que se unieron a un movimiento de apoyo a nuestra causa. Finalmente, el 31 de octubre de 2002, el juez del segundo tribunal de Río de Janeiro me cedió la tutela definitiva de Francisco. Justo era el día del cumpleaños de Cássia.” Cuenta la misma María Eugênia en el libro Madres lesbianas, editado por la escritora Sara Espinosa Islas, y en el que en un reportaje realizado por Alejandra Sardá se describen, con pelos y señales, las peripecias del caso, que finalmente logra un destacado precedente de enorme valor jurídico para madres no biológicas, viudas de su pareja queer.

Si alguien le hubiera pedido su propio autorretrato, Cássia respondería con la frase incrustada como joya de último disco: “Soy fiera-soy bicho–soy ángel-soy mujer-soy mi madre-mi hija-mi hermana-mi amante. Pero soy mía-sólo mía y no de quien quisiera. Soy dios, soy tu diosa. Oh, mi amada. Oh, mi amor”...

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Imagen: Leticia Sabsay
 
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