turismo

Domingo, 8 de abril de 2012

LITORAL. EN LAS AGUAS DE ENTRE RIOS Y SANTA FE

Ríos de vida

El Paraná, el Uruguay y el Gualeguaychú: sus brazos, bañados y deltas, junto con otros cauces cercanos, condensan no sólo la mayoría de las actividades deportivas y recreativas de habitantes y turistas, sino también un lenguaje que identifica las costumbres y tradiciones del Litoral.

Dice Horacio “Chango” Spasiuk: “A veces, cuando se habla de una región se lo hace nombrando apenas el color de la tierra o un río llamado de tal o cual manera. Pero cada región tiene allí una vibración, un mundo sonoro completo”. Lo que cuenta el extraordinario acordeonista misionero se aplica a un sentir profundo de lo litoraleño. Su modo de vida está signado por la naturaleza circundante –paisajes, olores, sonidos, colores– y cuanto sea permeable a la sensibilidad individual y comunitaria de un pago. Esos usos y costumbres trascienden incluso las fronteras nacionales, y en el caso del Litoral recogen la esencia de hermanos paraguayos, brasileños y uruguayos. Pero en esta región hay una característica que atraviesa las zonas, comunidades y provincias, donde se condensa gran parte de las actividades turísticas pero sobre todo un mundo folklórico complejo y cotidiano: la presencia permanente del agua.

La costanera rosarina, uno de los mejores lugares para ver pasar gigantescos buques.

LA GRAN RIBERA Nacido entre los estados brasileños de San Pablo, Minas Gerais y Mato Grosso, el caudal del Paraná baja marcando límites: lo hace entre estados locales primero, luego como frontera entre Brasil y Paraguay y, ya en la Triple Frontera, en confluencia con el Iguazú, como divisor entre la Argentina y Paraguay.

En este trayecto final sirve de límite natural entre seis provincias, dejando en el oeste a Chaco, Santa Fe y Buenos Aires, y en el este a Misiones, Corrientes y Entre Ríos. Clasificado entre los 15 ríos más extensos del planeta, abarca a su vez dos zonas con distintas características hidrográficas, económicas y socioculturales: el Paraná Alto, que se destaca por la gran cantidad de saltos de agua y rápidos aprovechados para construir embalses y represas como las de Itaipú y Yacyretá (lo que le hizo ganar en energía pero desaparecer su natural valle de inundación); el Paraná Medio, cuando se une con el Paraguay y su curso vira bruscamente hacia el sur como río de llanura, con gran cantidad de islas fluviales y bancos de arena; y el Paraná Inferior, el de mayor navegación fluvial, que se divide en varios brazos, generando la zona más poblada y desarrollada económicamente de la Argentina gracias a los puertos y áreas industriales que usan su salida al mar.

Apócope de la expresión guaraní “para rehe onáva” (“pariente del mar”), el Paraná forma parte de la extensa cuenca combinada del Plata, superada sólo por la del Amazonas, con un delta de 17.500 kilómetros cuadrados en constante crecimiento, producto del aporte principal del Paraguay, el Pilcomayo y el Bermejo, entre otros. Pero no todo es dato duro ni se trata exclusivamente de comercio y barcos cargados de cereales que parten hacia otros continentes. Sobre sus distintas riberas y bañados, un mundo culturas se une dando vida a la famosa esencia litoraleña. Allí la pesca de pacú, sábalo, boga, patí, dorado y surubí es más una forma de subsistencia que una actividad recreativa. El chamamé cantado en tres idiomas se acompaña de tereré o mate, y los días y las tardes de miles y miles de habitantes se llenan de olor a río.

Rosario, ciudad nacida de la bonanza portuaria, sabe de ello. Destacada en población, producción y desarrollo, su costanera revela la importancia trascendental del Paraná, y la nueva ribera teje en sus viejos galpones un mundo de turismo y negocios que, fiel a las aguas, nunca se detiene.

Apelando a su riqueza histórica, y ciertamente a su belleza, esos tinglados son testigos de un cambio de época pero no de la importancia de los puertos, por lo que algunos han sido remodelados y convertidos en habitáculos de cultura, donde los eventos deportivos y shows musicales también tienen su lugar. Asimismo el paseo por la costa empedrada hasta la Plaza España, en pleno centro, genera un desfilar continuo de vecinos y turistas maravillados por esa anchura marrón indetenible. Diseños de vanguardia alternan con arquitecturas añejas, fachadas ilustres y coquetos cafés en la ciudad, pero el desarrollo de Rosario no pierde su encanto ribereño. Hacia los barrios del norte, las playas con paradores y arenas continúan el atractivo y son el remanso de los veranos para darse el chapuzón o iniciarse en los deportes náuticos: vela, kayak, paseos en catamarán, motos y barcos a motor están siempre disponibles. Desde esos viejos depósitos, desde el puente y el mirador del Monumento a la Bandera, la imponencia del Paraná imanta las miradas, y es que no hay cómo obviar su poder natural.

El inmenso Paraná desde el Monumento a la Bandera de Rosario.

ENTRE LOS RIOS Muchos son los túneles y puentes que atraviesan el Paraná, pero el de Nuestra Señora del Rosario, que une por medio de la RN174 la gran capital santafesina con Victoria, en Entre Ríos, es sorprendente. Este sistema de puentes afronta más de una docena de brazos que entran y salen, giran y se estancan a la margen de la gran lengua marrón del río. Es la bienvenida a una provincia que hace gala de su nombre, y erige grandes ciudades, pueblitos, villas o aldeas en neta relación con algún río mayor o menor. Predominan allí el silencio campero, los sabores artesanales de quesos, chorizos y embutidos, la cría de ganado y de especies “raras” como jabalíes, y por supuesto la pesca. Sea en Villaguay o Gualeguay, o en el encadenado que forman Paso de la Laguna, Tres Aldeas y Durazno.

Claro que si se quiere seguir en clima pero llegar a mayores servicios y actividades, Gualeguaychú se presenta como ideal, mucho más ahora que terminó el Carnaval y la calma retorna también a las aguas. Estratégicamente ubicada a 288 kilómetros de la capital santafesina, 230 de Buenos Aires y apenas 25 de la República Oriental del Uruguay, allí hay dos cauces destacados para disfrutar. Uno de ellos es el Uruguay, divisor entre nuestro país y el vecino, con varios clubes y campings para descansar y recrearse. El Ñandubaysal, casi una mini ciudad alejada 15 kilómetros del casco urbano, ofrece más de un centenar de parcelas separadas por calles, con terrenos pelados o con arboledas para instalar carpas. Sus barrios-campings internos (como el Número 4) ya tienen alistadas casitas rodantes que se alquilan como cuartos, y unos 15 dormis de madera con capacidad para cuatro personas. En sus 35 hectáreas hay luz eléctrica, agua potable, agua caliente, sanitarios y sectores para lavar ropa y vajilla. Hay supermercado, rotisería y una cantina con pool; placita de juegos, teléfonos públicos y una oficina para sacar pasajes. Cerca del río, además, se alquilan kartings, motos, cuatriciclos y bicicletas para recorrer la zona. Pero claro, la atracción central está en la costa: más de mil metros de franjas de arena, con ñandubays enterrados en el agua, restaurantes y paradores para disfrutar a pleno dan la bienvenida al río. Servicios de carpa y sombrilla, jetskis, tablas de windsurf y kayaks están en alquiler para recorrer las cercanías, vigiladas por guardavidas calificados en horarios de baño.

Nada lejos de allí, retornando camino a la ciudad hasta el cruce con el famoso puente de hierro, el otro gran río es el Gualeguaychú. Al igual que el Uruguay, posee varios clubes náuticos donde se alquilan o guardan las lanchas, botes, velas y motos. Sus aguas calmas y su anchura permiten además la disciplina del wakeboard y el esquí acuático, sin riesgos por la frecuencia de embarcaciones. Con nacimiento en el departamento de Colón hasta su desembocadura en el Uruguay, se reconoce al Galeguaychú también como una zona de reserva para la pesca deportiva, donde el dorado y los pejerreyes son los más buscados en sus respectivas temporadas. Varios balnearios públicos y otros privados invitan a tardes de playa y esparcimiento, con el destacado Parque Acuático de toboganes y piletas. Las termas, la cercana Catedral de San José y el corsódromo, escenario permanente del Carnaval del País, completan atractivos de una ciudad entregada felizmente a la naturaleza

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Al caer la tarde, brillan las aguas del río Uruguay.
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