turismo

Domingo, 28 de diciembre de 2014

CORRIENTES. BIODIVERSIDAD Y TRADICIONES EN LOS ESTEROS

Iberá, la gente y el agua

Garzas, cigüeñas y caranchos se brindan al avistaje mientras pequeños yacarés toman sol junto a un camino arenoso que se adentra hacia el “agua brillante”. Iberá, la tierra del yaguareté, donde naturaleza y cultura –pero sobre todo su gente– invitan a conocer y disfrutar.

 Por Dora Salas

“Corrientes vuelve a ser Corrientes”, proclama un afiche bajo la imagen de un yaguareté, extinguido en esta provincia durante el siglo pasado y que ahora espera retornar a los Esteros del Iberá, como ya lo hicieron el oso hormiguero gigante y el venado de las pampas.

El cielo de un increíble azul, que parece surgir de la paleta de Molina Campos, la exuberancia de la vegetación y la diversidad de la fauna nativa, los pobladores y sus tradiciones, los artesanos, las leyendas y la historia: todo deslumbra en este gran humedal de agua dulce que se extiende como un arco desde Ituzaingó, en el noreste correntino, hacia el sudoeste. Una inmensa depresión de 170 kilómetros de largo y entre 40 y 16 de ancho, paraíso de camalotes, cigüeñas y yacarés, entre otras especies.

Iberá, “agua brillante” en guaraní, con sus lagunas y embalsados, sus cañadas y bañados, sus isletas y pastizales, alberga miles de especies en una superficie de 1.300.000 hectáreas (13.000 kilómetros cuadrados) y constituye un patrimonio de destacado papel ambiental, cultural y económico. Pero el área, que se ubica entre los mayores complejos de humedales de agua dulce del mundo, perdió gran parte de sus bellezas naturales hasta 1983, cuando se creó por ley la Reserva Natural Provincial Iberá, para proteger 553.000 hectáreas.

Desde entonces algunas poblaciones de fauna silvestre se fueron recuperando, pero muchas otras necesitan ser reintroducidas, proyecto en el que colabora la fundación The Conservation Land Trust (CLT), creada por el estadounidense Douglas Tompkins, cuya aspiración es instituir el Parque Nacional Iberá para la conservación de los ecosistemas y el desarrollo regional.

Con este objetivo explícito CLT compró 150.000 hectáreas en la zona y, según declara la fundación, donará estas tierras –como hizo en Santa Cruz y en el Chaco, donde aportó a la creación de los Parques Nacionales Monte León y El Impenetrable respectivamente– al gobierno argentino. Podrá nacer así el gran Parque Nacional del Iberá, de 700.000 hectáreas en total (553.000 de la actual Reserva más las 150.000 prometidas por Tompkins).

CAMINAR SOBRE EL PARANÁ La primera sorpresa surgió durante los 30 kilómetros que separan Colonia Santa Rosa, parada del autobús proveniente de Buenos Aires, y la estancia El Tránsito, ahora en manos de CLT, donde nos alojamos. El camino, que pasa por propiedades privadas y que en determinados puntos cruza pequeños pantanos donde los yacarés toman sol mimetizados con la vegetación, no es de tierra o pedregullo sino de arena. “Raro”, pensamos, pero en ese momento más que las características del suelo nos llamaban la atención las aves, algunas que veíamos por primera vez en la vida, como las zancudas jacana y caraú, mientras escuchábamos la leyenda de esta última, que llora y llora la muerte de su madre a la que dejó enferma y sola por quedarse en un baile.

La arena reapareció horas después, durante la primera caminata cerca de El Tránsito. Y no era poca, al contrario. Preguntamos y la respuesta, pronunciada en ese castellano con cadencia guaraní de los pobladores del Iberá, fue insólita. “Está caminando sobre el Paraná”, me explicó sonriente y escueto Pedro Leiva, más conocido como Chopé.

Al día siguiente, al recorrer la ciudad de Concepción del Yaguareté Corá (Corral de Tigres en guaraní), las calles de arena se presentaron una vez más. Pero nuestras dudas no tardaron en aclararse en el Centro de Interpretación de esta ciudad, “el portal oeste de los esteros”.

El Centro, que funciona en una casa colonial, tiene cuatro salas de exposición y un microcine donde los guías de Iberá porá (Iberá lindo) dan explicaciones detalladas. Llaman la atención, en especial, las informaciones sobre la historia geológica y los pueblos originarios de la zona. Y es Juan, guardaparque y guía de sitio, quien aclara el “misterio” de caminar sobre el Paraná.

Durante el Plioceno, la planicie del noreste de la actual provincia de Corrientes era el cauce de dicho río. Pero movimientos terrestres de esa época alteraron la pendiente y la dirección del drenaje. Entonces el cauce del Paraná migró hacia el noroeste hasta llegar a la posición que tiene ahora. En tanto, la planicie abandonada se cubrió con aguas interconectadas alimentadas por las lluvias. Así nacieron los esteros del Iberá y la arena da testimonio de lo ocurrido en el período Terciario. Geológicamente hablando, caminamos sobre el Paraná.

En el Centro de Interpretación se exhiben, además, piezas arqueológicas encontradas en la isla El Disparito, esqueletos cuya antigüedad aproximada es de unos 500 años, cerámicas y tallas, entre otros elementos. Fotos, maquetas y paneles sobre la fauna y la flora nativas, con las características y situación actual de cada especie, completan la visita al lugar, un excelente punto de partida para el ecoturismo.

HISTORIAS Y LEYENDAS Concepción, que al ser fundada, en 1796, se llamó Yaguareté Corá –nombre que mantuvo hasta 1870, cuando fue cambiado por el de la tradición católica– abunda en historias y leyendas. Dos de ellas tienen que ver con niños, la de Pedro Ríos y la de Pilar Zaracho, popularmente conocidos como El Tambor de Tacuarí y La Pilarcita.

Pedro tenía 12 años al sumarse a las filas de Manuel Belgrano cuando el general, camino al Paraguay, pasó algunos días en Yaguareté Corá, donde el niño nació y vivió. Su muerte en combate mientras batía el parche en Tacuarí, el 9 de marzo de 1811, es parte conocida de la historia argentina.

La tragedia de la Pilarcita, en cambio, no está tan difundida. Pilar tenía cuatro años al fallecer, en 1917, mientras viajaba con sus padres en una carreta tirada por bueyes. “La familia iba de Mercedes a Concepción y la pequeña –cuenta el guía Saúl– jugaba con una muñeca de trapo que se le cayó al camino.” “Pilar saltó entonces para recuperar el juguete, pero una rueda de la carreta la aplastó y mató. Sus padres la enterraron en el lugar, donde es venerada popularmente como santa y milagrosa”, agrega.

Pilar tiene su santuario a 25 kilómetros de la ciudad, en la ruta provincial 22, y en 2013 se inauguró en Concepción un Museo de Muñecas que lleva su nombre. “¿Dónde estás, Pilarcita, dónde estás? A las escondidas vamos a jugar”, dice una canción cuya autora, la abogada Marily Morales Segovia, nacida en Yaguareté Corá pero residente en España, donó 400 muñecas de las 2000 de su colección privada para la creación del Museo Temático Infantil La Pilarcita, que abrió sus puertas el 9 de septiembre del año pasado.

DE PARROQUIA A MUSEO HISTORICO El Museo Histórico Manuel Belgrano tiene una doble importancia, pues funciona en el edificio de la antigua parroquia de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, de 1796, puesto en valor para albergar cientos de objetos relativos a la presencia humana en la prehistoria y a cinco siglos de la historia local.

El edificio de la vieja iglesia, de arquitectura colonial de la zona guaranítica, tenía planta tipo salón, galerías laterales y atrio. Los muros portantes de ladrillos asentados en barro y el techo de madera a dos aguas fueron restaurados según el modelo original.

Con entusiasmo, el guía de este museo muestra la pila que se destinaba al agua bendita, las lápidas, una talla jesuítica en madera, el techo de madera de caranday (palmera de agua, en guaraní) y el altar, también de madera. Después, y con igual orgullo, relata el paso de Belgrano por la localidad y el templo.

“El general cruzó armas y municiones por el río en pelotas”, explica. Y de inmediato muestra una “pelota” o botecito redondo hecho con un cuero de vaca único, similar a una cuna, al que se colocaba una vara de flote. Un tiento se ataba a la “pelota” por una punta y la otra se apretaba con los dientes mientras se nadaba arrastrando el botecito.

El museo también recuerda al Tambor de Tacuarí, y nuestro guía destaca que cada 9 de marzo, fecha de su muerte, se celebra el Día del Niño Correntino. Al salir observamos el mangrullo de madera, típico de las iglesias guaraníticas, repuesto ahora. Mucho para ver y aprender con toda la familia.

BOTADOR, CANOA TRINEO Y POBLADORES Partimos de El Tránsito, 20.000 hectáreas compradas por CLT a la forestal Pérez Companc, en la mañana temprano. Un espléndido día de sol nos acompaña en el “plato fuerte” del viaje: navegar en los esteros. En Puerto Felipe don Severo Catalino, que sólo habla guaraní, nos ayuda a subir a las canoas. Chopé y su hijo de 16 años empuñan sendas cañas tacuaras, el botador de los esteros, donde no se pueden usar remos, y comenzamos a deslizarnos entre juncos (pirí) y camalotes, mientras la vista se acostumbra a distinguir flores y pájaros. En un determinado punto del recorrido la poca profundidad obliga a un cambio en modo de navegar y pasamos a la “canoa a trineo” o “sulky del estero”. En realidad se trata de la misma embarcación pero arrastrada por caballos. Así llegamos al Paraje Carambola, donde vive Alicia, la mujer de Chopé, que nos espera para almorzar con un plato típico, mbaipy, preparado con harina de trigo, queso y carne seca.

“Nací acá y acá nacieron mis dos hijos”, cuenta esta pobladora alta y robusta, de ojos grandes y almendrados que recuerdan los cuadros de Antonio Berni. “Me levanto a las cinco, ordeño las vacas y después tengo mucha tarea”, entre ellas, “fabricar quesos para vender y poner carne a secar”. Sus hijos se criaron en el Paraje, donde había una maestra, explica. “Ahora no hay chicos acá y no hay maestra”, lamenta. Alicia está casi siempre sola, pues su marido trabaja en la CLT y los hijos adolescentes suelen ir a la ciudad. Chopé, que “antes estaba con el ganado y también vendía cueros”, fue llamado a trabajar en la Fundación. “Vamos a changuear”, pensó primero, pero “eso cambió” y se quedó compenetrado con la propuesta de respeto y preservación de la vida en los esteros. Un ejemplo de ese modo de acción es que en El Tránsito no hay perros, pues “intimidan a la fauna nativa”.

Después del almuerzo nada mejor que una caminata de casi cuatro kilómetros hasta alcanzar el refugio Timbó, donde unos catres de campaña resultan ideales para la siesta a la sombra del árbol homónimo, lejos de ruidos, celulares y computadoras.

Sólo dos días de naturaleza e inmensidad nos permiten conocer amapolas de agua, rosas del estero y aguapés, además de avistar 65 tipos de aves sin buscarlas, por lo cual se estima que la cantidad se incrementaría en un 30 por ciento en caso de búsqueda.

La naturaleza, además, es parte de las artesanías locales, como las de Rosario, ama de casa que emplea espartillo y palma caranday para los cestos y posafuentes que aprendió a hacer desde niña, observando a su abuelo. O en los trabajos en cuero de Eleuterio Aguirre, los pirograbados de Luis Aguirre y las pinturas y tallas en madera de Luis Benítez, quien dice haber nacido “con el don de dibujar”.

Ahora estos vecinos aprecian las posibilidades que brinda el ecoturismo. “Yo cocino” comenta Saúl Aguirre, de 25 años, guía de sitio y autorizado a llevar turistas en kayak. Junto a su madre, Victoria, abre su casa de Concepción para compartir comida típica con los viajeros. “Extraño el campo, las vacas, el ordeñe”, dice Victoria, que se mudó a la ciudad cuando su tercer hijo “vino a la secundaria”. “A la mañana, ahora, me despierto y siento a la vaca llorar”, confiesa mientras saboreamos un guiso de fideos hecho por Saúl.

No lejos de Concepción, la tradicional familia Arbó abre la estancia Abuelita Justa, construida en 1918 por un antepasado a orillas de la Laguna Limpia, una “puerta de entrada a los esteros”. “Es un proyecto que se está desarrollando”, explica el joven Francisco, y sus padres nos enseñan las reliquias de la casona, como un mapa del área de 1893 y una cocina económica a leña “que funciona perfectamente”. “Dentro de este predio se pueden hacer cabalgatas, caminatas, canotaje”, comentan mientras tomamos té y paladeamos chipacitos recién salidos del horno a leña y pan con mermelada de mamón casera. “Es un lugar de retiro y descanso, para apreciar la cultura local, lo autóctono”, sintetiza el dueño de casa.

Los rojos del atardecer se reflejan en la laguna cuando dejamos la estancia con el recuerdo de monitos, garzas y yacarés que vimos en el predio, donde su libertad se respeta y preserva.

La casa de Chopé, en el paraje Carambola, con toda la autenticidad del humedal correntino.

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Canoa a trineo, o el “sulky del estero”, tirada por un caballo rumbo al paraje Carambola.
Imagen: Alex Fellinger
 
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