turismo

Domingo, 13 de diciembre de 2015

SUIZA > PUEBLOS DE MONTAñA Y VUELOS EN GLOBO

El país de “allá arriba”

El arte de construir en madera. El arte de recortar en papel. El arte de volar en globos aerostáticos: tres curiosidades en el corazón de los Alpes, donde el Pays-d’En-Haut se muestra como una región cuidadosa de sus tradiciones y de los sabores nacidos a la sombra de las altas cumbres nevadas.

 Por Graciela Cutuli

Si no hay nada más suizo que un pueblo de chalets de madera, con balcones llenos de flores en verano y banderas en invierno, entonces el Pays-d’En-Haut es la región más suiza de todas. En francés, su nombre indica que se trata de un valle de altura, por encima de los 1000 metros. A pesar de estar muy cerca de las célebres Montreux y Gstaad, es de difícil acceso y hasta la llegada del tren, en 1904, permanecía aislado del resto del mundo cada invierno.

Por eso en la región y sus tres pueblos principales -Rougemont, Rossinière y Château-d’Œx- la vida no cambió mucho y se conservó prácticamente el mismo aspecto del siglo XIX. Estas pequeñas localidades exhiben el mayor patrimonio de arquitectura en madera tradicional de los Alpes.

Como cada diciembre, hace ya varios días que una gruesa capa de nieve está cubriendo los techos. Si antes aislaba el “valle de allá arriba”, ahora es la razón por la cual se lo va a visitar, especialmente en en este período: antes de las fiestas por sus decoraciones y luces de Navidad, y al comenzar el año por el mayor festival de globos aerostáticos de Europa, un evento convertido en la carta de visita de Château-d’Œx.

Una obra maestra del découpage, realizada por el artesano Louis Sagy (fragmento).

RECORTANDO PAPELES Todavía faltan varias semanas para que el cielo del Pays-d’En-Haut se llene de grandes globos de colores. Mientras tanto, luego de pasear por los mercados de Navidad en la plaza de la pequeña cabecera regional, un grupo de niños tiene cita en la sala municipal: en tiempos de Whatsapp, Facebook y smartphones, van a pasar la tarde... recortando papeles. Pero no es un anacronismo: participan en un taller de la artista Corinne Karnstädt y mantienen viva una tradición que nació en los largos días de invierno, cuando los campesinos no podían salir de su chalet para dedicarse al cultivo del campo. La técnica se llama découpage, es decir “recorte”. Y más que un pasatiempo, se convirtió en un verdadero arte para crear motivos y paisajes con hojas de papel, tijeras y un cutter. Algunas de las obras de los dos maestros del género, típico del valle, se exponen en el Museo del Antiguo Pays-d-En-Haut. Se llamaban Jean-Jacques Hauswirth y Louis Saugy. Es llamativo el contraste entre la delicadeza de sus creaciones y la vida rústica que llevaron en las granjas alpinas. No se sabe mucho sobre el primero, que vivió en el siglo XIX, salvo que apenas sobrevivía como obrero agrícola. Por lo general realizaba sus obras con papel negro, pero en varias utilizó colores distintos para crear composiciones florales. Sus frágiles trabajos hoy son buscados y conservados por los coleccionistas. Saugy, por su parte, vivió hasta mediados del siglo pasado. Segunda gran figura de la muestra del museo, era cartero y carpintero. Sus obras forman composiciones alegóricas de la vida y los paisajes de la región.

Mientras tanto, por el momento los chicos están aprendiendo los rudimentos de este arte particular. Tratan de recortar con el máximo cuidado una figura que preparó Corinne Karnstädt sobre hojas blancas de un lado y negras del otro. Además de realizar piezas de diseño y obras a pedido para negocios o particulares, con su taller móvil Corinne da también clases de iniciación. Cuando la nieve cae suavemente sobre los techos empinados de los chalets, es una actividad que requiere total abstracción y dedicación, ideal para despejarse después de una salida de esquí de fondo por los caminos del valle o de un paseo por la calle principal de Château-d’Œx y sus emblemáticos chalets. El más antiguo fue construido en 1551, como lo indica la fecha de la fachada. Por lo general son de varios pisos y la entrada principal está en el primero: hasta ahí se llega por escaleras de madera prolongadas en balcones en la mayor parte de los casos. Además de la fecha, las fachadas tienen muchos adornos, los nombres de los primeros propietarios y de los carpinteros de los construyeron.

El mayor festival de globos aerostáticos de Europa pone color sobre el blanco.

MIRANDO DESDE ARRIBA El pueblo y el valle entero son como un mundo en miniatura. Luego de haber vivido en autarquía durante tanto tiempo, forjaron sus propios códigos, arte y arquitectura: sin embargo, hay que mirar hacia la cresta de las montañas para recordar que detrás de un lado está Gstaad, la estación de esquí de los ricos y famosos; y del otro Montreux, donde seguramente brilla el sol. El mundo circundante son las cumbres de los Alpes, tanto del lado suizo como francés, donde surge el famoso Monte Blanco, el mayor pico de la cadena. Habrá que estar allí entre el 23 y el 31 de enero para animarse a subir a bordo de uno de los globos que participan en la 38° edición del Festival Internacional. Si bien se realizan salidas a lo largo de todo el año, cuando las condiciones lo permiten (casi siempre debido a un microclima especial), a lo largo de esa semana se concentrarán decenas de pilotos para llenar los cielos con los colores y formas de sus globos. Algunos son famosos incluso fuera de este ámbito: el año pasado por ejemplo participaron el explorador Bertrand Piccard (que está dando la vuelta al mundo este año a bordo del Solar Impulse, un avión que funciona únicamente con energía solar); y el francés Roland de Montgolfier, descendiente de los hermano Joseph y Étienne de Montgolfier, los inventores de los globos en el siglo XVIII (y los primeros humanos en protagonizar un vuelo, en 1783).

Por esta razón Château-d’Œx se considera la capital mundial de la actividad. El pueblo cuenta con sus propios globos, que promueven su nombre a lo largo de todo el año, pero también en otras competencias y eventos en el resto del mundo. El primer globo del municipio tuvo su vuelo inaugural en 1979 con una campeona de esquí de aquella época, Marie-Thérèse Nadig.

Durante los vuelos se ve también el valle vecino, famoso en todo el mundo gracias a su queso emblemático, el gruyère. Se divisa el caserío, con una sola calle principal que desemboca en la puerta de un castillo plantado encima de una cumbre. Los quesos, sin embargo, no son exclusivos de Gruyères (el pueblo tiene una “s” final que le falta a su producto más famoso). A unos pasos del centro y de la estación de Château-d’Œx, no hay que perderse un almuerzo o una cena en Le Chalet: al lado de las mesas donde se sirven tablas con los mejores quesos y fiambres de la región (el queso de Estivaz, un pueblito vecino tiene denominación de origen protegido) se puede ver cómo un maestro quesero elabora una gran horma y pide ayuda a los comensales a lo largo de un proceso idéntico al que se viene realizando desde hace siglos. Se necesitan 200 litros de leche para conseguir una horma de 20 kilos, que luego será almacenada durante medio año en los sótanos del chalet antes de ser degustada.

El establecimiento se ha convertido en una de las principales atracciones del pueblo, al igual que los paseos en globo y el museo donde se muestran piezas de découpage y se recrea la vida del valle en el siglo XIX.

Chalets de madera –la típica construcción de los Alpes suizos– en el valle del Pays-d’En-Haut.

EL GRAND CHALET Viniendo de Montreux, el primer pueblo del valle es Rossinière, y yendo hacia Gstaad el último es Rougemont. Son dos paradas más para conocer el País de Allá-Arriba en su totalidad. El primero se caracteriza por el Grand Chalet, que los vecinos mencionan con orgullo como una de las mayores construcciones hechas de madera en el mundo. Originalmente fue realizado para fabricar y almacenar quesos, a mediados del siglo XVIII. También fue convertido en hotel durante buena parte del siglo XIX y entre sus huéspedes recibió a Victor Hugo y el capitán Dreyfus. En 1976 fue comprado por el pintor francés Balthus, junto a su esposa japonesa -conocida como la Condesa Setsuko- y su hija, que hoy todavía vive buena parte del año en el pueblo y se puede ver paseando en kimono, en una suerte de atajo entre el Japón y la Suiza más tradicionales.

En el otro extremo del valle, Rougemont es otro museo de arquitectura al aire libre. Su calle principal concentra aún más chalets de madera de los siglos pasados que los otros dos poblados, y los más antiguos son de principios del siglo XVII. El conjunto de edificios de ambas partes de la calle forma una vista excepcional. Su iglesia románica fue construida a fines del siglo XI y desde el dominio de Berna sobre el valle se transformó en templo reformado. Los emblemas de los burgueses de Berna (un oso) o de los señores de Gruyères (una grulla), que también dominaron la región, se encuentran en algunos edificios, como el Palacio Comunal. Hasta la estación de ferrocarril ha sido construida como si fuese un chalet histórico. Varias veces por día el GoldenPass, el tren panorámico que va de Montreux a Lucerna, hace una parada cuando pasa con sus vagones Belle Époque, de los tiempos en que fue puesto en funcionamiento, cuando era el primer tren panorámico del mundo.

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