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OPINION

Por Eduardo Galeano

Al anochecer de un sábado del año 1766, en París, en la Place des Victoires, ocurrió un atasco de tránsito. Eso no tenía nada de raro, pero un noble señor se puso furioso. Su carruaje había sido bloqueado por otro carruaje, que en vano intentaba dar la vuelta entre muchos carruajes más. El noble señor perdió la paciencia, bajó, desenvainó su espada y despanzurró al caballo atravesado en su camino. Aquel noble señor enojado era el Marqués de Sade.
Mucho más sádico se ha puesto el tránsito urbano, más de dos siglos después. Aquellos tapones parecen un paseo campestre, comparados con los atolladeros de nuestros días en las grandes ciudades. El exceso de automóviles no sólo impide que la gente ejerza los dos derechos humanos más elementales de todos, el derecho de respirar y el derecho de caminar, sino que, además, hace la vida imposible a los propios automovilistas.
En América latina, por regla general, el transporte público es más bien un desastre. Y poca o ninguna atención se presta a la muy buena idea que tuvo Leonardo da Vinci, hace cinco siglos, cuando inventó la bicicleta. Las ciclovías brillan por su ausencia, como no sea por excepción, y sin espacios protegidos andar en bicicleta resulta una manera práctica de suicidarse.
¿Por qué no se tienden ciclovías, de una buena vez, en las avenidas y en las calles anchas? ¿Por sometimiento a la religión norteamericana del automóvil? ¿Por colonialismo mental? Al menos para los viajes cortos, y también para los no tan cortos, la bicicleta es un medio de transporte que no tapona las calles, ahorra petróleo, ahorra pasajes, no envenena el aire, no contamina el silencio, es barata, implica un buen ejercicio y no mata a nadie.

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