Descalzo
silbaba, como un pájaro, Angel.
Para ella ser pobre era una virtud,
por eso se llamaba Angel
el niño pobre que la seducirÃa.
Las cúpulas de vidrio
perpetuamente vÃvidas
relumbraban abajo
sobre el muro en que jugaba
a la pelota, solo, aquel niño vendedor
de limones, naranjas coloradas
y jazmines del cabo,
en el verano
con gusto a pétalos de chirimoya.
Molesta de pronto no saber el nombre de algo,
o saberlo sin descubrir lo que nombra.
No saber en este caso el de la primera niñera molesta,
pero sé que tenÃa un nombre
con ojos azules como alas de libélula;
como la sopa, cutis de tapioca;
olor a naftalina y a jabón de España,
como los vestidos de invierno a veces,
o las camisas de lino.
DebÃa de quererla mucho,
pues recuerda la confianza y el orgullo
con el cual su madre pronunciaba su nombre,
que ha olvidado,
y luego su ausencia y la presencia de Rita, la intrusa
que la reemplazó, como una puñalada en el corazón.
En el largo corredor de servicio,
con grandes ventanales altÃsimos,
donde sólo se veÃa el cielo,
buscaba a la niñera un dÃa de calor y de sol.
La casa parecÃa vacÃa,
tan vacÃa y silenciosa que creyó asistir al fin del mundo.
Tal vez pasaban por la calle el afilador
o el vendedor de botellas, pero no los oÃa.
Nada oÃa salvo el latido del corazón.
Encontró bruscamente en aquel apocalipsis a la intrusa
que estaba remendando medias negras.
Se le antojó que las remendaba con su pelo,
que era grueso y negro
y no con suaves hebras del carretel habitual.
Aquél era el sitio de la verdadera niñera:
la acogedora silla de costura,
bajita, con asiento de paja
y el respaldo de madera sobada
por las manos diarias que la acariciaban,
era de ella.
Para evitarle una pena, seguramente, su madre
le dio más pena por no anunciarle el cambio.
Pero sin el voluptuoso llanto
su madre o su primera niñera sabÃan consolarla:
pasaban agua fresca por sus ojos
o un pañuelito por su frente.
Se puso a llorar.
ParÃs era blanco y frÃo,
frÃo como un escalón de mármol.
Los gorriones mansos,
las puertas de vidrio giratorias,
las escaleras mecánicas ¿existÃan?,
los redondeles de manteca que servÃan en el hotel, la nieve,
la bañera metida adentro de un ropero,
las figuras de cera de un museo,
algunas estatuas,
cuadros tristes le gustaron,
y más que todo una muñeca rusa que le regalaron.
La muñeca era de madera pintada de azul,
de rojo y de verde, y se destornillaba;
adentro tenÃa otra muñeca que a su vez se destornillaba
y tenÃa otra muñeca que también se destornillaba,
con otra muñeca adentro
y otras y otras y otras
iban apareciendo hasta llegar a la última
que era tan chiquita que no se destornillaba ni tenÃa cara.
No convenÃa dejar la chiquita afuera mucho tiempo:
podÃa desvanecerse, podÃa sufrir o hacerla sufrir.
Eso era ParÃs.
Recuerda los vidrios coloreados, como un caleidoscopio,
de las mamparas del hotel de ParÃs,
cuando volvió.
También las clases de dibujo,
a las que asistÃan sus hermanas,
en un cuarto ubicado no sabe muy bien dónde.
Se escondÃa debajo de una mesa
para espiar ávidamente
y para recoger papeles destinados a la basura.
Recuerda bocas, ojos,
orejas, narices griegas,
que sus hermanas copiaban de otros dibujos
hechos sobre láminas limpias, blancas.
Le gustaban las gomas de borrar,
a veces comÃa un pedacito.
Le gustaba el papel para que alguien le hiciera un barco
o una flecha o un saltaperico, como lo llamaba su padre.
No recuerda a ninguna persona
que enseñara dibujo,
de modo que podÃa hacer de cuenta
que el profesor de sus hermanas era una mano sola,
una mano que manejaba el lápiz y la goma
con destreza.
Ni siquiera recuerda cómo eran los puños del traje
por donde emergÃa aquella mano solitaria,
con un anillo tan impersonal,
que también parecÃa salido de un dibujo.
El gusto por las artes plásticas
nació en ella junto con el de la música.
Lloraba al oÃr a su hermana tocar en el piano a Chopin,
a Schumann, a Schubert, a Reynaldo Hahn,
pero ¿en dónde estaba ese piano?
¿En qué continente, en qué paÃs, en qué ciudad, en qué casa?
Y aquel terror de irse al infierno a veces,
a un infierno de hielo
y no de fuego
dentro del mosquitero de su cama,
envuelta
como un postre preparado
por los demonios para Lucifer,
oyendo el canto enardecido,
agudo,
del benteveo cruel
entre las madreselvas
de un florero de vidrio complicado
con racimos violetas,
hojas de vid
que cubrÃan el sexo de Adán y Eva,
brillante
en el espejo del armario
que era el emblema de su desventura,
y alguna cara que le robó a Dios.
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