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Domingo, 30 de abril de 2006

FRAGMENTOS DE SU POEMA AUTOBIOGRáFICO.

Silvina en el espejo

Descalzo
silbaba, como un pájaro, Angel.
Para ella ser pobre era una virtud,
por eso se llamaba Angel
el niño pobre que la seduciría.
Las cúpulas de vidrio
perpetuamente vívidas
relumbraban abajo
sobre el muro en que jugaba
a la pelota, solo, aquel niño vendedor
de limones, naranjas coloradas
y jazmines del cabo,
en el verano
con gusto a pétalos de chirimoya.

Molesta de pronto no saber el nombre de algo,
o saberlo sin descubrir lo que nombra.
No saber en este caso el de la primera niñera molesta,
pero sé que tenía un nombre
con ojos azules como alas de libélula;
como la sopa, cutis de tapioca;
olor a naftalina y a jabón de España,
como los vestidos de invierno a veces,
o las camisas de lino.
Debía de quererla mucho,
pues recuerda la confianza y el orgullo
con el cual su madre pronunciaba su nombre,
que ha olvidado,
y luego su ausencia y la presencia de Rita, la intrusa
que la reemplazó, como una puñalada en el corazón.
En el largo corredor de servicio,
con grandes ventanales altísimos,
donde sólo se veía el cielo,
buscaba a la niñera un día de calor y de sol.
La casa parecía vacía,
tan vacía y silenciosa que creyó asistir al fin del mundo.
Tal vez pasaban por la calle el afilador
o el vendedor de botellas, pero no los oía.
Nada oía salvo el latido del corazón.
Encontró bruscamente en aquel apocalipsis a la intrusa
que estaba remendando medias negras.
Se le antojó que las remendaba con su pelo,
que era grueso y negro
y no con suaves hebras del carretel habitual.
Aquél era el sitio de la verdadera niñera:
la acogedora silla de costura,
bajita, con asiento de paja
y el respaldo de madera sobada
por las manos diarias que la acariciaban,
era de ella.
Para evitarle una pena, seguramente, su madre
le dio más pena por no anunciarle el cambio.
Pero sin el voluptuoso llanto
su madre o su primera niñera sabían consolarla:
pasaban agua fresca por sus ojos
o un pañuelito por su frente.
Se puso a llorar.

París era blanco y frío,
frío como un escalón de mármol.
Los gorriones mansos,
las puertas de vidrio giratorias,
las escaleras mecánicas ¿existían?,
los redondeles de manteca que servían en el hotel, la nieve,
la bañera metida adentro de un ropero,
las figuras de cera de un museo,
algunas estatuas,
cuadros tristes le gustaron,
y más que todo una muñeca rusa que le regalaron.
La muñeca era de madera pintada de azul,
de rojo y de verde, y se destornillaba;
adentro tenía otra muñeca que a su vez se destornillaba
y tenía otra muñeca que también se destornillaba,
con otra muñeca adentro
y otras y otras y otras
iban apareciendo hasta llegar a la última
que era tan chiquita que no se destornillaba ni tenía cara.
No convenía dejar la chiquita afuera mucho tiempo:
podía desvanecerse, podía sufrir o hacerla sufrir.
Eso era París.

Recuerda los vidrios coloreados, como un caleidoscopio,
de las mamparas del hotel de París,
cuando volvió.
También las clases de dibujo,
a las que asistían sus hermanas,
en un cuarto ubicado no sabe muy bien dónde.
Se escondía debajo de una mesa
para espiar ávidamente
y para recoger papeles destinados a la basura.
Recuerda bocas, ojos,
orejas, narices griegas,
que sus hermanas copiaban de otros dibujos
hechos sobre láminas limpias, blancas.
Le gustaban las gomas de borrar,
a veces comía un pedacito.
Le gustaba el papel para que alguien le hiciera un barco
o una flecha o un saltaperico, como lo llamaba su padre.
No recuerda a ninguna persona
que enseñara dibujo,
de modo que podía hacer de cuenta
que el profesor de sus hermanas era una mano sola,
una mano que manejaba el lápiz y la goma
con destreza.
Ni siquiera recuerda cómo eran los puños del traje
por donde emergía aquella mano solitaria,
con un anillo tan impersonal,
que también parecía salido de un dibujo.
El gusto por las artes plásticas
nació en ella junto con el de la música.
Lloraba al oír a su hermana tocar en el piano a Chopin,
a Schumann, a Schubert, a Reynaldo Hahn,
pero ¿en dónde estaba ese piano?
¿En qué continente, en qué país, en qué ciudad, en qué casa?

Y aquel terror de irse al infierno a veces,
a un infierno de hielo
y no de fuego
dentro del mosquitero de su cama,
envuelta
como un postre preparado
por los demonios para Lucifer,
oyendo el canto enardecido,
agudo,
del benteveo cruel
entre las madreselvas
de un florero de vidrio complicado
con racimos violetas,
hojas de vid
que cubrían el sexo de Adán y Eva,
brillante
en el espejo del armario
que era el emblema de su desventura,
y alguna cara que le robó a Dios.

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