LeÃa a Bomba, el Hijo de Tarzán de Roy Rockwood, en unos libros de tapas duras y amarillas. TenÃa dos sirvientes: Gibo y Wafi, que le debÃan la vida, lo protegÃan y admiraban como solo se reconoce a un rey albión, hijo nada menos que de otro gigante majestuoso de la jungla. Por delante interponÃa el papel araña azul de mi cuaderno de clases para que crean de mi a un alumno aplicado, repasando la tarea, bajo el entramado de hojas del fondo de mi casa. Los albañiles, cercándome como a Bomba encerrado en un claro de la selva por los traficantes de marfil, raspaban con la pala la mezcla e impedÃan concentrarme. Por eso me iba arriba, a la copa del árbol de pomelos y en una horqueta dura me aposentaba. Los morochos eran de una tribu tempranera que llegaba a casa con el amanecer y se dedicaban a hacer ruidos infernales con sus picos, sus martillos furibundos, sus lanzas y sus arcos tensando el aire tórrido. Dos de ellos hacÃan de sirvientes, dejándome subir al techo donde acechaba algún leopardo para vigilar no ser atacado por la espalda. El más reconcentrado y fuerte me habÃa fabricado una gomera de hierro con la que espoleaba a los gatos de los muros, mientras esperaba cambie el viento para acercarme sigiloso a los elefantes gerontes que dormÃan en el patio embaldosado, padres de la Alicia, con sus parálisis y sus trompas desganadas. Siempre, como escudo protector y enseña patria, llevaba mi cuaderno de colegio. Si alguno me veÃa, observarÃa a un pibe trepador repasando la tarea en las alturas. En eso estaba cuando algo salió volando como una mariposa y vino a caer en la falda de uno de los rumiantes. Era un estampilla de ahorro. El viejo animal la retuvo con sus dedos, miró al cielo despaciosamente para luego observarla detenidamente. Yo di un paso atrás. PodÃan haberme olido y una estampida serÃa incómoda por más altura que me protegiese. Estos animales son capaces de derrumbar un bosque enero. El macho, de colmillar gastado, repasaba mi sello de correo. Lo precisaba para el colegio y era imprescindible quitárselo. Hice entonces la maniobra: descendà por la enredadera y me acerqué frontal. Tienen muy buena vista. Cuando lo tuve a tiro de escopeta, me agaché y reptando decidà llegar hasta las patas mismas y apropiarme de lo mÃo Te vi, dijo el mastodonte. Hijo, ¿Que hacés, hijo?. Me habÃa confundido con Tulio, el vástago taxista muerto hacÃa un año.
Nada, vine a visitarte, papá -alargué.
Dame eso que tenés en la mano -gruñó. Sopesaba el viento, el ruido lejano en la casa; estaba en zona de tiro pero desarmado, gomera al cuello sin proyectiles y en terreno inapropiado. La hembra dormÃa.
Vine a visitarte, papá -susurré.
El viejo animal buscaba los lentes que yo habÃa corrido de su alcance. Miré hacia los muros de mi casa y allà estaban los de mi tribu presenciando la escena divertidos. Yo por el contrario estaba muy serio.
Dale, papá, dame la estampilla y me voy.
No, irrumpió el elefante, no te vayas todavÃa, te la doy tomá, pero solo decime como es.
¿Como es que? -dije rencoroso y por lo bajo para que ninguna voz me delatase.
Como es el Cielo, hijo.
Arriba los negros escuchaban. Uno quiso fumar y el raspar de su cajita de fósforos sonó como un disparo. Pero la pareja no se movió. Estaba atribulado ahÃ, mientras la hembra roncaba y el macho viejo me volvÃa a preguntar que como era aquello. Gibo y Wafi me hicieron señas que regresara: habÃan detectado movimientos en la cocina de la casa. Despaciosamente reculé y trepé la escala de tronco hasta que sus brazos me izaron por completo. Me miraron sin sonrisas. Abajo el elefante mayor buscaba a su retoño que habÃa desaparecido en la bruma de sus ojos fallidos. Se calzó los lentes y miró en derredor. Ya no estaba su hijo. Cuando regresé al claro, la tribu retomó el trabajo con su repiquetear de clavos y martillos. Solo Wafi se me acercó y muy respetuosamente me aconsejó que no era prudente jugar con esos animales porque se volvÃan más peligrosos cuando les han matado la crÃa.
Al rato pegué la estampilla de ahorro: estaba manchada del verde de la enredadera y conservaba aún la humedad de una lágrima gigante desprendida de la pupila del mastodonte.
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