CONTRATAPA

En la selva

 Por Adrián Abonizio

Leía a Bomba, el Hijo de Tarzán de Roy Rockwood, en unos libros de tapas duras y amarillas. Tenía dos sirvientes: Gibo y Wafi, que le debían la vida, lo protegían y admiraban como solo se reconoce a un rey albión, hijo nada menos que de otro gigante majestuoso de la jungla. Por delante interponía el papel araña azul de mi cuaderno de clases para que crean de mi a un alumno aplicado, repasando la tarea, bajo el entramado de hojas del fondo de mi casa. Los albañiles, cercándome como a Bomba encerrado en un claro de la selva por los traficantes de marfil, raspaban con la pala la mezcla e impedían concentrarme. Por eso me iba arriba, a la copa del árbol de pomelos y en una horqueta dura me aposentaba. Los morochos eran de una tribu tempranera que llegaba a casa con el amanecer y se dedicaban a hacer ruidos infernales con sus picos, sus martillos furibundos, sus lanzas y sus arcos tensando el aire tórrido. Dos de ellos hacían de sirvientes, dejándome subir al techo donde acechaba algún leopardo para vigilar no ser atacado por la espalda. El más reconcentrado y fuerte me había fabricado una gomera de hierro con la que espoleaba a los gatos de los muros, mientras esperaba cambie el viento para acercarme sigiloso a los elefantes gerontes que dormían en el patio embaldosado, padres de la Alicia, con sus parálisis y sus trompas desganadas. Siempre, como escudo protector y enseña patria, llevaba mi cuaderno de colegio. Si alguno me veía, observaría a un pibe trepador repasando la tarea en las alturas. En eso estaba cuando algo salió volando como una mariposa y vino a caer en la falda de uno de los rumiantes. Era un estampilla de ahorro. El viejo animal la retuvo con sus dedos, miró al cielo despaciosamente para luego observarla detenidamente. Yo di un paso atrás. Podían haberme olido y una estampida sería incómoda por más altura que me protegiese. Estos animales son capaces de derrumbar un bosque enero. El macho, de colmillar gastado, repasaba mi sello de correo. Lo precisaba para el colegio y era imprescindible quitárselo. Hice entonces la maniobra: descendí por la enredadera y me acerqué frontal. Tienen muy buena vista. Cuando lo tuve a tiro de escopeta, me agaché y reptando decidí llegar hasta las patas mismas y apropiarme de lo mío Te vi, dijo el mastodonte. Hijo, ¿Que hacés, hijo?. Me había confundido con Tulio, el vástago taxista muerto hacía un año.

Nada, vine a visitarte, papá -alargué.

Dame eso que tenés en la mano -gruñó. Sopesaba el viento, el ruido lejano en la casa; estaba en zona de tiro pero desarmado, gomera al cuello sin proyectiles y en terreno inapropiado. La hembra dormía.

Vine a visitarte, papá -susurré.

El viejo animal buscaba los lentes que yo había corrido de su alcance. Miré hacia los muros de mi casa y allí estaban los de mi tribu presenciando la escena divertidos. Yo por el contrario estaba muy serio.

Dale, papá, dame la estampilla y me voy.

No, irrumpió el elefante, no te vayas todavía, te la doy tomá, pero solo decime como es.

¿Como es que? -dije rencoroso y por lo bajo para que ninguna voz me delatase.

Como es el Cielo, hijo.

Arriba los negros escuchaban. Uno quiso fumar y el raspar de su cajita de fósforos sonó como un disparo. Pero la pareja no se movió. Estaba atribulado ahí, mientras la hembra roncaba y el macho viejo me volvía a preguntar que como era aquello. Gibo y Wafi me hicieron señas que regresara: habían detectado movimientos en la cocina de la casa. Despaciosamente reculé y trepé la escala de tronco hasta que sus brazos me izaron por completo. Me miraron sin sonrisas. Abajo el elefante mayor buscaba a su retoño que había desaparecido en la bruma de sus ojos fallidos. Se calzó los lentes y miró en derredor. Ya no estaba su hijo. Cuando regresé al claro, la tribu retomó el trabajo con su repiquetear de clavos y martillos. Solo Wafi se me acercó y muy respetuosamente me aconsejó que no era prudente jugar con esos animales porque se volvían más peligrosos cuando les han matado la cría.

Al rato pegué la estampilla de ahorro: estaba manchada del verde de la enredadera y conservaba aún la humedad de una lágrima gigante desprendida de la pupila del mastodonte.

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