Jamás supe de la veracidad de sus relatos, tampoco me interesaba saberlo, sólo los disfrutaba. Me llevó algún tiempo entender que allà vivÃan sus principios, convicciones, pareceres de la vida que me supo contar con la sabidurÃa de saber que nunca los olvidarÃa. Me bajaba lÃnea como quien no quiere la cosa, durante partidos de fútbol, paseos, pero sobre todo mientras practicábamos juegos de mesa, más precisamente el juego de damas.
Mi padre decÃa estar contra el ajedrez, por ser republicano. Que en las damas todas las fichas eran iguales y que la igualdad debÃa ser un punto de partida para cualquier partida. No le hallaba gracia que un alfil o una torre (a los reyes no los nombraba ni los seis de enero) tuvieran más poder por el sólo hecho de serlo. En nuestro juego se coronaba sólo al que llegaba a una meta después de haberlo conseguido entre todas. Me enseñó a ver todo el tablero, no sólo una parte, y de la importancia de saber decidir, que en este juego como en la vida misma no se podÃa volver atrás.
ParecÃa delirar cuando me contaba sobre unos indios que hacÃan fiestas orgiásticas con el fin de quemar todo el maÃz para empezar de cero, sin acumulación alguna, como en las damas. Por haber elegido pararse contra el poder, elegÃa las negras, para enfrentar al blanco. La vez que me dejó ganar, me enojé más que cuando perdÃa normalmente, por lo cual nunca más lo hizo y nunca más le gané, pero si entre mis amigos me sentà imbatible en algún juego, ése fue el de las oscuras diagonales.
El bar España parecÃa llevar ese nombre por ser una penÃnsula entre cuatro esquinas descampadas. Fue mi cafetÃn de Discépolo, entraba con la excusa de un vaso de agua, hasta que un dÃa la voz del dueño con un "ala, ala, chaval que vienes a cada rato..." me alejó hasta mi adolescencia. Me tomé todo el tiempo aquella tarde del Gancia con aceitunas y lupines para ver cómo un grupo de gente desafiaba a los griegos en eso del ocio creativo, que se podÃa estar por estar, de sentirse orgulloso de cada una de sus habilidades o dones, aunque la sociedad los viera como vicios despreciables. Comprendà que ese bar, igual que un amigo, no preguntaba, no aconsejaba y mucho menos juzgaba a sus concurrentes.
Entre estos personajes me llamó la atención un gordo bonachón, siempre sonriente y con una bolsa de lona colgada en su hombro derecho, que caminaba de mesa en mesa desafiando a quien quisiera jugar damas. Me impresionó cómo podÃa batirse contra cuatro contrincantes a la vez, en distintas mesas y con una rapidez en el movimiento de las fichas que nunca habÃa visto. Algo me llamó la atención en su forma de jugar, algo que le habÃa dado el mote de fanfarrón y que le habÃa sumado enemigos. El Gordo Luis siempre jugaba con una sola dama, sacrificaba las otras hasta quedarse y ganar con una sola, como si le sobrara capacidad.
Una tarde en la que se fue del bar temprano, después de ganarles a dos taxistas tres partidas al hilo, pude escuchar comentarios originados en el rencor de malos perdedores. "Este gordo me parece que no sólo juega, sino que también va al baño de damas", disparó uno de los choferes. "Y... que lo diga el Enrique que le sopló a la Marisa por no comer...", amplió el otro.
Me subestimó desde un principio, desde que me preguntó si sabÃa jugar, me dejó elegir las negras, y se lo vio distraÃdo toda la partida. No pensé que sacrificarÃa su doble ficha, en un juego que se le presentaba complicado, sin embargo lo hizo con serenidad y firmeza aunque esta decisión precipitara su derrota. Por un segundo se le borró la sonrisa de la cara, me dio la mano y me dijo que habÃa sido el único en ganarle en ese antro.
Me invitó a su casa para regalarme un juego de damas de madera que todavÃa conservo. Pude ver en la pared del comedor un cuadro con forma de corazón hecho con fichas blancas y negras que encerraban el rostro de Marisa, y en la cocina a su madre que en sillas de ruedas jugaba un solitario con cartas españolas. Sin que le pregunte nada pero con la sapiencia de aquel que sabe leer todo el tablero, me dijo que la vida lo habÃa puesto en ese lugar, que vivir es decidir, y que como hijo único habÃa elegido cuidar a su madre, aunque para ello habÃa tenido que sacrificar el amor de su vida, a quien querÃa tanto que sólo le importaba su felicidad, que por el momento no estaba a su lado.
La misma causa que me alejó de aquel boliche fue la que me hizo volver después de tantos años. En aquel momento mi vanidad quizás me hizo huir para no darle la revancha, habÃa sido como ganarle a mi padre, y el enigma de saber sobre su vida, si todavÃa estaba en ese lugar totalmente reformado fue lo que me hizo volver.
Fui al primer parroquiano que vi al entrar por la puerta que da a calle Córdoba. Una imagen fuerte para alguien que no quiere aceptar el paso del tiempo. Verlo sentado frente a un vaso lleno de vino, mirando fijo el lÃquido negro como un suicida mira el lomo del rÃo antes de arrojarse, como queriendo hundir en el fondo todo el lastre de su vida, me llevó a pedir un vaso de agua para tomar mi pastilla de las cuatro para después pasar al baño, donde intenté reponerme.
Al salir, me animé a mirar otra vez para aquella mesa, y a modo de despedida me llevé como una foto al viejo Luis con el vaso ya vacÃo mirando hacia una mesa contigua en donde un par de jóvenes jugaba una partida de ajedrez.
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