CONTRATAPA

Hombre de una sola dama

 Por Víctor Maini

Jamás supe de la veracidad de sus relatos, tampoco me interesaba saberlo, sólo los disfrutaba. Me llevó algún tiempo entender que allí vivían sus principios, convicciones, pareceres de la vida que me supo contar con la sabiduría de saber que nunca los olvidaría. Me bajaba línea como quien no quiere la cosa, durante partidos de fútbol, paseos, pero sobre todo mientras practicábamos juegos de mesa, más precisamente el juego de damas.

Mi padre decía estar contra el ajedrez, por ser republicano. Que en las damas todas las fichas eran iguales y que la igualdad debía ser un punto de partida para cualquier partida. No le hallaba gracia que un alfil o una torre (a los reyes no los nombraba ni los seis de enero) tuvieran más poder por el sólo hecho de serlo. En nuestro juego se coronaba sólo al que llegaba a una meta después de haberlo conseguido entre todas. Me enseñó a ver todo el tablero, no sólo una parte, y de la importancia de saber decidir, que en este juego como en la vida misma no se podía volver atrás.

Parecía delirar cuando me contaba sobre unos indios que hacían fiestas orgiásticas con el fin de quemar todo el maíz para empezar de cero, sin acumulación alguna, como en las damas. Por haber elegido pararse contra el poder, elegía las negras, para enfrentar al blanco. La vez que me dejó ganar, me enojé más que cuando perdía normalmente, por lo cual nunca más lo hizo y nunca más le gané, pero si entre mis amigos me sentí imbatible en algún juego, ése fue el de las oscuras diagonales.

El bar España parecía llevar ese nombre por ser una península entre cuatro esquinas descampadas. Fue mi cafetín de Discépolo, entraba con la excusa de un vaso de agua, hasta que un día la voz del dueño con un "ala, ala, chaval que vienes a cada rato..." me alejó hasta mi adolescencia. Me tomé todo el tiempo aquella tarde del Gancia con aceitunas y lupines para ver cómo un grupo de gente desafiaba a los griegos en eso del ocio creativo, que se podía estar por estar, de sentirse orgulloso de cada una de sus habilidades o dones, aunque la sociedad los viera como vicios despreciables. Comprendí que ese bar, igual que un amigo, no preguntaba, no aconsejaba y mucho menos juzgaba a sus concurrentes.

Entre estos personajes me llamó la atención un gordo bonachón, siempre sonriente y con una bolsa de lona colgada en su hombro derecho, que caminaba de mesa en mesa desafiando a quien quisiera jugar damas. Me impresionó cómo podía batirse contra cuatro contrincantes a la vez, en distintas mesas y con una rapidez en el movimiento de las fichas que nunca había visto. Algo me llamó la atención en su forma de jugar, algo que le había dado el mote de fanfarrón y que le había sumado enemigos. El Gordo Luis siempre jugaba con una sola dama, sacrificaba las otras hasta quedarse y ganar con una sola, como si le sobrara capacidad.

Una tarde en la que se fue del bar temprano, después de ganarles a dos taxistas tres partidas al hilo, pude escuchar comentarios originados en el rencor de malos perdedores. "Este gordo me parece que no sólo juega, sino que también va al baño de damas", disparó uno de los choferes. "Y... que lo diga el Enrique que le sopló a la Marisa por no comer...", amplió el otro.

Me subestimó desde un principio, desde que me preguntó si sabía jugar, me dejó elegir las negras, y se lo vio distraído toda la partida. No pensé que sacrificaría su doble ficha, en un juego que se le presentaba complicado, sin embargo lo hizo con serenidad y firmeza aunque esta decisión precipitara su derrota. Por un segundo se le borró la sonrisa de la cara, me dio la mano y me dijo que había sido el único en ganarle en ese antro.

Me invitó a su casa para regalarme un juego de damas de madera que todavía conservo. Pude ver en la pared del comedor un cuadro con forma de corazón hecho con fichas blancas y negras que encerraban el rostro de Marisa, y en la cocina a su madre que en sillas de ruedas jugaba un solitario con cartas españolas. Sin que le pregunte nada pero con la sapiencia de aquel que sabe leer todo el tablero, me dijo que la vida lo había puesto en ese lugar, que vivir es decidir, y que como hijo único había elegido cuidar a su madre, aunque para ello había tenido que sacrificar el amor de su vida, a quien quería tanto que sólo le importaba su felicidad, que por el momento no estaba a su lado.

La misma causa que me alejó de aquel boliche fue la que me hizo volver después de tantos años. En aquel momento mi vanidad quizás me hizo huir para no darle la revancha, había sido como ganarle a mi padre, y el enigma de saber sobre su vida, si todavía estaba en ese lugar totalmente reformado fue lo que me hizo volver.

Fui al primer parroquiano que vi al entrar por la puerta que da a calle Córdoba. Una imagen fuerte para alguien que no quiere aceptar el paso del tiempo. Verlo sentado frente a un vaso lleno de vino, mirando fijo el líquido negro como un suicida mira el lomo del río antes de arrojarse, como queriendo hundir en el fondo todo el lastre de su vida, me llevó a pedir un vaso de agua para tomar mi pastilla de las cuatro para después pasar al baño, donde intenté reponerme.

Al salir, me animé a mirar otra vez para aquella mesa, y a modo de despedida me llevé como una foto al viejo Luis con el vaso ya vacío mirando hacia una mesa contigua en donde un par de jóvenes jugaba una partida de ajedrez.

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