La Real Academia Española miente. En su entrada sobre sentido común define: "Modo de pensar y proceder tal como lo harÃa la generalidad de las personas". No. El sentido común es un sentir común, una sensación compartida e impenetrable que se mantiene a distancia de cualquier reflexión; el sentido común es una reacción espontánea (y aquà con espontáneo pretendo significar exactamente lo contrario de lo que esa palabra significa) que en nuestros dÃas se construye fundamentalmente desde las empresas de comunicación periodÃsticas con un claro objetivo: determinar quiénes son los buenos y quiénes los malos en una sociedad.
I
La inseguridad; inseguro es un lugar plagado de peligros, una acción insegura es aquella que nos pone en riesgo; con inseguro queremos indicar la inminente posibilidad de que algo malo (nos) suceda. Las eventualidades son infinitas (nuestra existencia humana es insegura, inquietante, y, por si fuera poco, absurda): obras en construcción que incumplen las reglas mÃnimas de protección, empresarios que negrean a sus empleados, bombardeos de pesticidas que envenenan pueblos enteros (en los últimos años se han multiplicado las malformaciones y los casos de cáncer, daños colaterales producidos por Monsanto), "accidentes" de tránsito que en Argentina, tomando en cuenta el perÃodo 1992-2012, se llevaron 175.000 vidas, etc. Sin embargo, cuando uno escucha la palabra inseguridad siente una sensación unÃvoca: robo a mano armada perpetrado por un joven pobre y negro (villero).
En el libro "La irrupción del delito en la vida cotidiana" (Martini-Pereyra), puede leerse: "La inseguridad es un significante salido de las entrañas del discurso periodÃstico sobre el crimen, que terminó reemplazando metonÃmicamente a delito". Traducido: los medios de comunicación lograron atrapar un significante flexible y orientarlo hacia una única fórmula: inseguridad igual delincuencia; "las otras inseguridades han quedado relegadas, directamente invisibilizadas". Esta invisivilización explicarÃa por qué la "gente" nunca habla de las 21 personas que mueren por dÃa en las calles por causas evitables, pero sà se obsesiona con las 7 personas asesinadas.
Un detalle (obtenido del diario La Nación). Del total de homicidios ocurridos el año pasado en Argentina, el 70% aproximadamente pertenecen a la categorÃa denominada interpersonal (la vÃctima conocÃa al victimario): amante, padrastro, portero, etc. En consecuencia, el número de muertos por episodios de inseguridad (ocasión de robo), en el 2014, fue de 2 por dÃa, 770 en total (vale aclarar que la mayorÃa de ellos sucede en las zonas marginales, bien alejadas del centro donde vive la "gente" que más insegura se siente), casi diez veces menos que los producidos por "accidentes" de tránsito (otro detalle llamativo; el 60% de las infracciones por alta velocidad la producen autos de alta gama, siendo estos el 10% del total del parque automotor).
¿Entonces?
La respuesta apunta a la ideologÃa. Según el filósofo esloveno Slavoj Zizek la ideologÃa es una relación inmediata con el entorno social, "lo espontáneo", es lo primero que siento ante la realidad que me circunda (una realidad sostenida en la fantasÃa). Por eso inseguridad se convierte en un significante netamente ideologizado, que responde, en última instancia, al objetivo fundamental de la criminologÃa mediática: construir un ellos, un otro peligroso, y, a la vez, proyectar la existencia efectiva de un nosotros. Lo que hace la ideologÃa, y por extensión el sentido común (para Jacques Rancière el sentido común forma parte del poder de policÃa, el conjunto de leyes e instituciones que debe cuidar el estado de cosas) es excluir. Pensemos en las cámaras de seguridad, las rejas, los cerrojos, los barrios cerrados (luego allÃ, los que buscan seguridad, terminan matándose entre ellos), zonas de exclusión (Zizek considera que la ideologÃa es mantener al otro a distancia) en las que se promete recuperar el paraÃso perdido: de un lado los buenos y de otro los malos (la inseguridad, aquÃ, se vuelve paradojal, nos confirma una lÃnea de demarcación: estamos de un lado, cómodos, seguros). Y justamente esta lógica de la exclusión impide que se visibilicen las 175.000 muertes en veinte años; ¿por qué?, porque en los accidentes de tránsito resulta imposible construir un ellos, un otro peligroso puesto que los victimarios, potencialmente, somos nosotros.
II
Asà como el término inseguridad nos conduce inevitablemente al joven pobre y negro, la palabra corrupción también tiene un actor exclusivo: los polÃticos. Parafraseando el libro citado: las otras corrupciones han quedado relegadas, directamente invisibilizadas. El trabajo cotidiano de las empresas periodÃsticas ha rendido sus frutos. Nadie piensa en la corrupción privada (individual o grupal): en el médico que cobra plus y acepta obscenas dádivas de laboratorios para recetar medicamentos (inseguridad), en los supermercados que remarcan con 1000% productos de la canasta básica (inseguridad), en el empresario que se guarda los aportes de sus empleados (inseguridad), en la obra en construcción que para ahorrar pone en peligro (inseguridad) a sus obreros, en el auto en doble fila (inseguridad), etc. En el diario La Nación, una nota del 2011 afirma: "La corrupción privada tiene menor repercusión polÃtica, social y mediática que la del sector público, pero su importancia moral es similar. Por otro lado, no puede haber corrupción pública si no hay un actor privado que la materialice [...] Pero la corrupción privada también comprende a los negocios entre privados, cuando se manipula la contabilidad para evadir impuestos, cuando se realizan auditorÃas fraudulentas o cuando un gerente obtiene ventajas personales a espaldas de los accionistas de su empresa". Por eso voy a escribir una frase incómoda: la corrupción no le importa a nadie (Mauricio Macri se convierte en el sÃmbolo inequÃvoco de esta indiferencia). Es simplemente una excusa para ningunear al enemigo de turno, al que despreciamos, siempre desde una improbable pureza y transparencia que nos endilgamos para sentirnos satisfechos. Y por si fuera poco, inmersos dentro de una lógica mercantil desquiciada, les pedimos a los polÃticos que actúen como si fueran ajenos a los avatares históricos (y esto no pretende ser una exculpación, sino un freno al sentido común). ¿Con qué autoridad nos paramos frente a un semejante y le reclamamos una transparencia y una pureza que sólo existe en sueños?
La nota de la Nación (nadie sospechará de un giro a la izquierda en este periódico) finaliza: "Los argentinos nos debemos un profundo examen de conciencia. La preeminencia de objetivos materiales sobre los valores morales y éticos (aquà deberÃa decir capitalismo) es el alimento básico de la corrupción. Su extensión a los negocios públicos es una consecuencia".
Ahora bien. El sentido común construido a través de las empresas periodÃsticas (la polÃtica es sucia, los polÃticos son ladrones, lo privado es mejor que lo público) constantemente intenta destruir la confianza que sentimos frente a la única herramienta de cambio social que está a nuestro alcance (quizás un marxista se rÃa de esto dentro de una democracia formal burguesa), la polÃtica, y nos obligan a navegar en un escepticismo que sólo beneficia a los poderes fácticos de turno (un conglomerado de capitales financieros cuyos representantes visibles son las grandes cadenas informativas).
Vemos que la lógica de la exclusión se repite: el corrupto siempre es el otro. Convertimos al polÃtico en un peligro social, cuando en realidad deberÃa ser la condición de posibilidad de la transformación o, al menos, más humilde, cierto lÃmite impuesto a aquellos poderes. Es asà como surge la antipolÃtica mediática, conservadora por naturaleza, que sirve para mantener a distancia cualquier intento de cambio.
III
Hace unos dÃas me convocaron para dar una charla sobre la pregunta "¿qué es la filosofÃa?". Mi recorrido tendÃa puentes hacia otro interrogante que yo soy incapaz de deslindar del anterior, ¿para qué sirve? Bueno. Si de verdad nos comprometemos con nuestras lecturas, si no es mera pose lo del pensamiento crÃtico (recordemos al célebre Luis Majul y la fórmula con la que finalizaba su programa televisivo), si incorporamos, hacemos cuerpo, nuestras reflexiones, no nos queda otra opción que comenzar una guerra contra el sentido común. O, en términos de Zizek, pensar de nuevo, volver a pensar, como ejercicio de rescate y ampliación. No existe una salida diferente para un tiempo contaminado por un leguaje comunitario dispuesto a proteger la visión de mundo más conservadora.
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