Aún hoy, cuando han pasado más de cien años de la creación del psicoanálisis, es necesario recalcar sus ventajas, su poder y efectividad para erradicar el sufrimiento psÃquico. Un siglo de construcción teórica, fundada por Freud y reorientada por J. Lacan, un ingente trabajo clÃnico y una amplia experiencia institucional avalan este método de cura.
La relación de adecuación y aparente armonÃa del mundo animal con su entorno natural, y del feto o el bebé con su madre, han inspirado el mito del paraÃso. El lenguaje y el inconsciente, estructurado como tal, nos hacen ajenos a dicha armonÃa desde que nacemos, conformando nuestro deseo como permanentemente insatisfecho y, su objeto, inalcanzable.
Los paraÃsos perdidos nos exilian definitivamente, y es en el desamparo humano cuando se inicia la búsqueda insaciable de ese oscuro e inaprehensible objeto del deseo que, supuestamente nos retornarÃa al edén inicial.
Los enfermos sufren el dolor de sus sÃntomas, sus inhibiciones o sus angustias. A diferencia de la tendencia neuropsiquiátrica actual que tapa y reniega de las causas con etiquetas diagnósoticas, impregnaciones neurolépticas o indicaciones conductistas que automatizan al sujeto, los psicoanalistas analizamos esas causas que el parÃso perdido y su exilio consecuente nos dejaron. No damos forma ni consistencia a la falta de ese oscuro objeto del deseo. El acto analÃtico se sostiene en dicha falta. Invitamos al sujeto que sufre, y pide ayuda, a enfocar el objetivo hacia adentro para fotografiar su enigma y su laberinto; lo invitamos a revisitar y reescribir, en las páginas de su subjetividad, su propia historia con las letras de su inconsciente; a enmarcar y a pintar, como si de un pictograma se tratara, los propios fantasmas; a asumir el goce de sus sÃntomas con el que está comprometido; a combatir su desasosiego y a defender su deseo.
*Psicoanalista.
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