CONTRATAPA

Superhéroes

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Voy a ver Watchmen. Película ideal para distraerme de las últimas fechorías de ese supervillano invisible, pero que está en todas partes, conocido como La Crisis. Pero –leído el comic hace tiempo– había olvidado que el asunto iba, justamente, de superhéroes en crisis, de superhéroes desocupados y sin trabajo. En cualquier caso, la película no está nada mal (aunque Unbreakable de M. Night Shyamalan sigue y posiblemente seguirá siendo el film definidor y definitivo de las naturalezas del superhéroe y de su némesis complementaria). Watchmen es –antes de todo y después de todo– una película triste cuyo mensaje es transparente: al final, ni los superhéroes podrán salvarnos; porque los superhéroes no pueden salvarse ni a sí mismos.

DOS En el soundtrack de Watchmen –disfrutarlo en la admirable secuencia de títulos de apertura– hay varios temas de Bob Dylan. Vuelvo a casa y me entero de que habrá nuevo disco de Dylan en abril. Una de las flamantes canciones se llama “Life is Hard”. En otra, se canta: “Estoy escuchando a Billy Joe Shaver / Y leyendo a James Joyce / Algunas personas me dicen que llevo la sangre de la tierra en mi voz”. Va a ser una hermosa primavera, pero ahora, en los últimos días del invierno, yo estoy leyendo por trabajo un espantoso best-seller y escuchando el último de U2. Y No Line on the Horizon no está del todo mal. En especial en los tracks compuestos junto a Brian Eno y Daniel Lanois, que recuerdan un poco –bastante– al sonido del proyecto Passengers. En el resto del álbum, U2 suena a U2: a los campeones de la justicia de lo que podría definirse como botox-rock. Y, por supuesto, hay algo llamado “Los cedros del Líbano”, porque se sabe que SuperBono jamás pierde la oportunidad de visitar líricamente toda zona de catástrofe. El problema de Bono y de sus vigilantes, pienso, es que se toman demasiado en serio sus uniformes sin saber que lo que, al final, acaba marcando la diferencia –ver a The Joker en The Dark Knight– es el poderío y la personalidad de tus rivales. Los superhéroes suelen tener doble personalidad pero, finalmente, poca personalidad. Bob Dylan –al igual que Batman– lo comprendió mejor que nadie y, desde el principio, siempre ha sido su mejor enemigo, su perfecto rival, su duelista siamés, su luminosa sombra. Porque, sí, nadie está a su altura, salvo él mismo.

TRES Y tal vez eso es lo que le falta a Watchmen: un monstruo con la estatura de semejante monumento que –digámoslo, ¿por qué será que nadie lo dice?– “homenajea” la trama de un muy buen relato de 1948, “Unite and Conquer”, de Theodore Sturgeon. Autor también de Más que humano, aquella obra maestra con superhéroes gestálticos y alternativos y mutantes que prenuncian, también, una reciente y superheroica serie de televisión. En Watchmen, el Mal se hace en nombre del Bien. Lo que cualquier día de estos hacen padres, jefes y políticos, ¿no?

CUATRO Y Súper Obama va incumpliendo o negando, una a una, las superpromesas que hizo en campaña. Paradoja: la victoria es la kriptonita de los líderes mundiales. El volar alto les quita, en la práctica, todos los superpoderes que aseguraron tener en teoría, cuando tomaban carrera.

CINCO Fatiga de materiales, la súbita comprensión de que una frazada no es una capa, el convencimiento de que Charles Atlas mentía y, en algún momento, uno dejó los superhéroes y se pasó a los héroes. A gente como el Corto Maltés y Juan Salvo, quienes, por entonces, no tenían ninguna necesidad de andar aullando por las calles: “¡Novela Gráfica! ¡Novela Gráfica!”. Y, de acuerdo, puede afirmarse –como leo por aquí y por allá– que Watchmen está envuelta en un panorámico aliento tolstoiano, en una proustiana búsqueda del cuadrito perdido, en joyceanos juegos con el idioma del comic. Pero no exageremos por más que Time la considere una de las cien mejores novelas del siglo XX. Cada cosa en su sitio y tener presente que la mayoría de los que aseguran este tipo de seguridades jamás han leído ni leerán a Tolstoi o a Proust o a Joyce. Saben, sí, que ellos han escrito libros con superpoderes. Y, parece, con eso alcanza y sobra y (to be continued...)

SEIS Lo que no impide –lo leo en El País, en una muy buena nota de Iñigo López Palacios– que el mundo esté lleno de personas y personajes que insisten en su vocación superheroica. Visitarlos en el World Superhero Registry (http://www.worldsuperheroregistry.com/) y allí están todos ellos y ellas. Gente como usted y como yo, pero enfundados en trajes ajustados de colores brillantes, insistiendo en que están aquí para mantener el orden detrás de nombres como el ya legendario y mexicano Superbarrio Gómez, Tothian, Green Scorpion, Mr. Silent, Terrífica (cuya misión es patrullar las fiestas y salvar a chicas alcoholizadas de hombres que pretenden “sacar ventaja”), Master Legend, Angle Grinder Man (y su sierra mecánica para liberar a los autos de los cepos) y Mr. Invisible, quien asegura ser transparente y presenta, como prueba incontestable, aquella noche en que un borracho lo meó encima porque “no me vio”. Está claro que esta gente –más allá de que se haya agrupado en ligas justicieras como la Black Monday Society de Salt Lake City o la Fighting Corporation de Detroit– están mucho más cerca de los Mistery Men,, de Ben Stiller, que de los Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons. Y mientras escribo esto suena el teléfono y al otro lado escucho la grabación...

SIETE ... de una voz misteriosa que me dice: “Soy Christian El Magnífico y te invito a unirte a mi grupo de elegidos, quienes, una vez magnetizados por mí, podrán hacer realidad todos sus sueños y vivir sus fantasías y...”

OCHO Entonces corto y me pongo a bajar e-mails que piden “paciencia y comprensión”, aducen “falta de liquidez”, se excusan por “factura traspapelada” y sollozan un “no sé cómo vamos a hacer”. Aquí y ahora, todos somos Crisisman y Crashwoman. La cosa va para largo pero, si se lo piensa un poco, es una oportunidad perfecta para –encerraditos en nuestras fortalezas de la soledad– ponerse a leer o a releer a Tolstoi, Proust y Joyce. Y descubrir o redescubrir qué era eso de ser invulnerable y conocer o reconocer –it ain’t me, babe– a quienes podrán defendernos.

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