CONTRATAPA

Lhabilidades

 Por Juan Gelman

Una labilidad política insistida no extraña en esta época. Predomina la de izquierdistas que pasan a la derecha sin mayores trámites. Curzio Malaparte recorrió el camino inverso: el joven de 24 años que en 1922 se sumó al fascismo dos meses antes de la marcha sobre Roma, pedía en el lecho de muerte un carnet del Partido Comunista italiano a su secretario general, Palmiro Togliatti. Claro que también solicitó y obtuvo la bendición papal, aunque su decepción fue grande porque no la recibió de Pío XII en persona. El 1924 Malaparte predicaba en su recién fundado periódico La conquista del Estado la imposición de “un fascismo integral”. En 1956 visitó China y elogiaba a Mao Tsé-tung por “su falta de sectarismo y de fanatismo” y por “su sentido profundo de equilibrio y humanidad”.
No fue, sin embargo, un recorrido exento de sinuosidades o accidentes que le acarrearon vistosos embarazos. En 1931 firma una biografía de Italo Balbo, entonces ministro del Aire y antes jefe de los grupos paramilitares de “Camisas Negras”, a quien presenta desde la visión romántica y populista que Malaparte tenía presuntamente del fascismo. Un año después anuncia al Duce que Balbo es de “la madera de los tiranos provinciales”. Mussolini desconfiaba ciertamente de la popularidad y el creciente prestigio de su ministro en tanto que promotor sin tregua de la aviación militar y civil italiana, pero quien fuera “la pluma más vigorosa del fascismo” había calculado mal y fue confinado unos meses en la isla de Lípari. Balbo terminó peor. Para hacerlo a un lado, Il Duce lo designó gobernador de Libia y pero el avión que lo llevaba a su nuevo destino nunca aterrizó en Tobruk: lo derribó una batería antiaérea italiana dizque porque no se había identificado correctamente. En l948 Malaparte publica un artículo anticomunista feroz y Togliatti le recuerda que años antes, en plena resistencia antifascista, había querido afiliarse al partido proclamándose “comunista de nacimiento”.
Meandros políticos aparte –o no–, Malaparte nunca ocultó su preferencia por los poderosos. Tampoco le quitaban el sueño pensamientos acerca de la lealtad y la coherencia personales. El conde Ciano lo financiaba con abundancia, pero cuando el yerno de Mussolini conoció la desgracia Malaparte sólo tuvo para él comentarios despectivos y sarcásticos. Su ideología era reflejo de las curiosas mezclas de los comienzos del fascismo: elogiaba a Mussolini como líder de la rebelión del espíritu italiano contra el seco rigor de la Reforma y a la vez predicaba que los sindicalistas revolucionarios eran los legítimos herederos de los hombres del Risorgimento. En 1932 dio a conocer en Francia Técnica del golpe de Estado, un libro que hasta no hace mucho inspiraba a la oposición en Kosovo y que le trajo cierta notoriedad europea y un barniz de fascista poco ortodoxo. En esa obra expresa admiración por Trotsky y trata a Hitler de alumno incompetente del Duce. El rechazo que sentía por el Führer y los nazis se transparenta en Kaputt, novela basada en sus experiencias como corresponsal de guerra en el frente ruso. Mucho de lo que allí escribe y describe resulta repugnante, estridente, con tufo a necrofilia chic a la D’Annunzio. Pero no todo es sensacionalismo: el narrador, dramatugo y periodista supo acuñar imágenes alucinantes, como la descripción de las cabezas ya de mármol de los caballos congelados en el lago Ladoga; o retratos de dura ironía como el del gobernador nazi de Polonia, Hans Frank, y su corte con pretensiones típicas de “la magnificencia fría, insolente y estúpida” del Tercer Reich.
Hijo de un técnico alemán asentado en Prato, Toscana, Malaparte –o más bien Kurt Erich Suckert– se consideraba depositario de “todo el romanticismo y la locura de los alemanes” y afirmaba que el origen de sus “errores” radicaba en su voluntad constante “de ser (no parecer) un italiano como todos”. Tales contradicciones se apoyaban en el eje nada incierto de su oportunismo sin tacha. El primer borrador de Kaputt era más antibritánico que antialemán, pero esos sentimientos se revirtieron en la versión final publicada en 1944, cuando era claro que los Aliados iban a ganar la guerra.
Malaparte sobresale en el ejercicio de los discursos de la abyección, como si reprochara a los vencedores el haberlo convertido en paciente de la ignominia. Es uno de los rasgos que recorren Kaputt y más tarde La piel (1949), una serie de episodios casi surrealistas sobre las penurias y degradaciones padecidas por los napolitanos bajo la ocupación aliada. Las hubo, desde luego, pero en esos relatos Malaparte extrema el efectismo hasta el aburrimiento: no deja hablar a los hechos, los hechos son hablados por él. Su biógrafo Giordano Guerri lo ha calificado de precursor de las evaluaciones supuestamente objetivas del fascismo y del antifascismo que hoy circulan. Es improbable que Curzio Malaparte haya sido precursor de algo innovador o valioso. Cuando mucho es un guía lábil y hábil de giras por ciertas profundidades del Infierno europeo.

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