CONTRATAPA

Feliz Año Nuevo

 Por Guillermo Saccomanno

Salvador, nuestro vecino del octavo, vino al edificio a ocupar el departamento de su hijo que se fue a vivir a Estados Unidos. A los setenta, después de haber vivido lo que se dice toda una vida, no tiene problemas en pasar solo las fiestas. Está acostumbrado a la soledad. Hace cinco años que trabaja en una casa de sepelios de Almagro. Su único hijo vive en Boston. Y Salvador se acuerda cuando murió la madre, poco después del parto. Quizá cuando su hijo le anunció que se iba a Estados Unidos fue uno de los momentos más confusos de su vida. Por un lado, se alegraba. Por otro, se entristecía. Cuando vino a la Argentina, Salvador pensaba que, además de armar una familia, acá amasaría una pequeña fortuna. Si algo lo puede confortar esta noche del treinta y uno es saber que allá en los Estados Unidos su hijo está bien y él acá, entre ramos, palmas, coronas y ataúdes, se las puede rebuscar.

En la planta alta de la casa de sepelios hay tres salas. En una velan a un viejo que murió de cáncer. Hay pocos parientes. Casi no se oyen llantos ni lamentos. Los parientes, parece, optaron por una ceremonia discreta. En otra sala es el velorio de un chico que se mató con una moto. Esta sala es la más concurrida. Gente de todas las edades, jóvenes más que nada. Aquí sí hay gritos de dolor, estallidos de desesperación, desmayos. Salvador medita sobre los dos velorios, dos comportamientos diferentes. Quizá cuando una muerte está prevista, la espera le resta magnitud. Cuando una muerte es inesperada, piensa, la sorpresa despliega en cada uno la necesidad de manifestar la pena y el sufrimiento con exasperación. La sala restante está vacía.

Si una conclusión ha sacado Salvador de su trabajo es que la muerte no es igual para todos. Cuando se dice que los ricos y los pobres cagan, por ejemplo, se miente. Los primeros disponen de una serie de artilugios que los protege, sin ir más lejos, de contar las monedas para velar un ser querido. Los pobres, en cambio, como si la muerte no fuera tragedia suficiente, deben ser meticulosos en lo que gastan. Los pobres están castigados de por vida. Y también les toca la muerte.

Esta noche Salvador no tiene ganas de comer. Ni siquiera un pan dulce y una sidra que tiene guardados en un armario. Saca una foto de su hijo. Está sonriendo una mañana de sol en la puerta de su casa en Boston. Está con su mujer y sus hijos, una nena y un nene. Uno puede acostumbrarse a la idea de la muerte de una persona mayor, se dice. Pero no cuando se trata de un hijo. La peor de las muertes debe ser la muerte de su hijo. Escucha los llantos de arriba, del velorio del chico que se mató con la moto. Salvador destapa la botella de sidra cuidando que el corcho no dispare un estampido. Mira la foto de su hijo. Mira el reloj. Faltan minutos para las doce.

Mientras se oyen las sirenas, los petardos y las risas en el barrio, el silencio se vuelve denso en la casa de sepelios. Es un silencio profundo, opresivo, macizo. Una voz lo sobresalta: ¿Puedo brindar con usted?, le pregunta. El hombre que entró en la trastienda debe tener algo más de cuarenta. Salvador lo reconoce. Es el hijo del viejo que velan en la primera sala. De allí se han retirado los escasos familiares y amigos. Y quedó sólo el hijo. A mi padre le gustaba la vida, dice. Salvador saca un vaso de plástico del armario. Y se lo pasa al hombre. A mí me gustaría brindar con mi hijo, cuenta Salvador. Feliz año, le dice el hombre. Salvador, brindando, se acerca para besarlo. Felicitá, figlio mio. Ahora, como si le hubiera vuelto el ánimo, Salvador saca ese pan dulce guardado y lo pone sobre la mesa.

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