CONTRATAPA

El samovar de plata

 Por Leonardo Moledo

En el año de gracia de 1905, los cosacos decidieron festejar el cumpleaños del Zar de todas las Rusias con una ejemplar matanza de judíos en la ciudad de Kisiniev. Los judíos huían despavoridos del pógrom buscando un refugio ante la embestida de los valerosos cosacos a quienes no asustaba que sus víctimas fueran inferiores numéricamente y además estuvieran desarmados. Uno de ellos, de nombre Iván o Dimitri, entró en el patio de una casa, donde había quedado, sola, una niña de seis años, a la que, según cualquier lógica, debía dar muerte. Pero conmovido por la poca edad de su víctima, en vez de matarla, agarró un fino samovar de plata que había sobre una mesa y golpeó con él la cabeza de la niña, que quedó tendida en el suelo. Era, en verdad, un hombre muy piadoso. Así fue.
La niña, que se llamaba Clara, despertó horas más tarde, llorando en los brazos de su madre, mientras comentaba con su esposo que el propio obispo de la ciudad, espantado ante el salvajismo de los cosacos, se había comunicado con el mismísimo Zar Nicolás II, quien dio la orden terminante de interrumpir el pógrom. Eso, al menos, decían. Ni el obispo, ni la madre de Clara, ni Clara supieron nunca que el pógrom se había producido por orden del mismo Zar, y creyeron hasta el fin de sus días que el Zar Nicolás II era un hombre amante de la paz y de los judíos. Así fue.
Doce o trece años más tarde, Clara conoció a un joven tenedor de libros, oriundo de la aldea de Vertke, cerca de Kisiniev y que había sido soldado en la guerra ruso-japonesa. Se llamaba David y le habló de un país increíblemente lejano, que quedaba en América del Sur, donde el dinero se recogía por las calles y donde los judíos no eran perseguidos. Clara no pudo repetir correctamente el nombre de ese país, muy ajeno al idisch, y no pudo nunca pronunciarlo del todo bien, pero pensó que se parecía al sonido de la vajilla tintineante: Argentina. Muy poco tiempo después, un rabí, venerado en Kisiniev por su sabiduría talmúdica, consagraba el matrimonio entre David y Clara. Al año nacía una niñita rubia.
Casi sin miedo, Clara y David se embarcaron en el puerto de Odessa hacia el país que tenía el nombre como la vajilla tintineante. Tenían la dirección de un tal tío Arche, que había prometido esperarlos en el puerto y durante el viaje recordaron que los Spanier, viejos conocidos de Kisiniev, vivían hacía mucho tiempo en un lugar impreciso de Buenos Aires, lugar de destino del barco que los llevaba y que tenía el nombre del bondadoso Zar Nicolás II.
Sin embargo, cuando llegaron, no encontraron al tío Arche (que se había olvidado por completo de ellos) y deambularon desesperados durante unas horas en medio del estrépito de un puerto ruidoso y sucio, donde no entendían el idioma en que se hablaba, donde todo les era extraño y donde David intentaba, sin éxito, descifrar los carteles escritos con letras sin sentido. Cuando no pudieron más, se acercaron a un funcionario de la aduana y David trató de preguntarle por señas dónde estaba el tío Arche. El empleado le dijo impaciente: fuera de aquí, judío roñoso. Pero David (que obviamente no entendió), creyendo que era un gesto de amabilidad le tendió la mano. El empleado, a su vez, se conmovió hasta tal punto por la actitud y el desamparo de David y Clara, que estrechó con verdadero afecto la mano de David y los condujo hasta el hotel de inmigrantes con la promesa de buscar al tío Arche. Pero como no tenía la menor idea de cómo hacerlo, se olvidó, aunque David lo evocó siempre con verdadera gratitud.
Mezclados con una enorme multitud, siempre cambiante y que hablaba mil idiomas distintos, David y Clara esperaron durante cinco días interminables, hasta que Clara, que no resistía más ese hacinamiento, se hartó y decidió salir a probar fortuna en la ciudad que estaba a sus espaldas. David sacudió la cabeza como diciendo que lo único que podía hacerse era sentarse allí y esperar que llegaran el tío Arche o el Armagedón: alguno de los dos llegaría primero. Pero Clara insistió y se fue. A las cuatro horas, cuando David, pese a su paciencia milenaria empezaba a intranquilizarse, Clara volvió radiante y le contó que se había perdido en medio de un fragor de coches de plaza y que después de caminar sin rumbo durante un rato, había sucedido el milagro más increíble: se había encontrado en una esquina con Sara Spanier, su vecina de Kisiniev. Esta era, en verdad, la tierra prometida. David no podía creerlo. Pero dos días más tarde, después de fatigosos trámites, se encontraban sentados en un patio adornados con plantas que Sara y Samuel Spanier llamaban malvones, bebiendo un rarísimo brebaje que se aspiraba mediante un artefacto que sólo habían visto usar en los hospitales, por ronda y en riguroso turno. Cuando le tocó a Clara, lo probó con reticencia, pero le gustó. Y todo esto ocurrió realmente.
Después de dos o tres rondas, Clara comprobó con desagrado que este nuevo mate ya no era tan rico como el otro que había tomado antes, porque estaba frío. Miró la pava con disgusto, pensando que era perfectamente natural que el agua de una pava se enfriase, y entonces tuvo una idea luminosa. Se levantó sin decir nada, subió a la habitación que los Spanier les habían prestado y volvió radiante, trayendo en sus manos el samovar de plata. Todos se rieron, pero aprovecharon la idea y tomaron mate hasta bien entrada la noche con el agua caliente del samovar, mientras comentaban vida y milagros del pueblo judío y del pueblo de Kisiniev.
El invento de Clara no prosperó, pero quedó en el recuerdo como uno de los puntos originarios, como una de las formas que revistió el comienzo.

Y ésta es la historia tal como me la contó alguna vez Clara, mi abuela.

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