CONTRATAPA › HISTORIAS CON GALOCHAS

Chubasco, llamado el Tormentoso

 Por Juan Sasturain

En cierto modo, para los galochas todo era cuestión de tiempo. Pero no en términos metafísicos sino climáticos, cosa habitual en gente que vive sobre todo al aire libre. En su opúsculo “Los galochas y el tiempo loco” el profesor Augusto Mercapide –especialista en usos y costumbres del escurridizo pueblo oriundo de las fuentes del Orinoco– sostiene que los galochas son el único caso en la historia de la humanidad en que la meteorología, nacida como una rama de la especulación cosmogónica, terminó como una de las bellas artes. Una evolución singular a la que no fue ajena la influencia de un memorable personaje: Chubasco, no casualmente llamado el Tormentoso por lo cambiante de sus inquietudes.
Desde pequeño, Chubasco mostró especial sensibilidad en la observación y el desciframiento de los fenómenos celestes. Las nubes ejercieron en él una atracción singular. Así, pronto se destacó en la busca de figuras escondidas entre los globosos perfiles. Donde sus amiguitos veían o descubrían una discutible vaca, un perfil de mujer, una casita o una canoa, Chubasco podía contar una historia completa de piratas con tres barcos, un abordaje y el incendio a pura llama. Sus convincentes descripciones abarcaban la totalidad de la bóveda e incorporaban los cambios, progresando en la elaboración de complicadas historias. Ahí comenzó su fama, ya que cuando el cielo se encapotaba, los chicos, en lugar de recluirse en su casa a charlar o pedir cuentos junto al fuego, se tendían panza arriba al aire libre en derredor de Chubasco para que les “contara el Cielo”. Y así siguió el muchacho, mirando para arriba y atento a los rumores de abajo: el Cielo y la Tierra. Hasta que con el tiempo llegó el amor.
Mercapide supone que precisamente se debe al joven y enamorado Chubasco, si no la elaboración definitiva al menos el espíritu de la primera cosmogonía galocha, en cuyo origen no hay un Caos sino un Orden al que perturba la irrupción de la Pareja: el Cielo femenino y la Tierra masculina, en una atribución genérica inversa a la de otras culturas. Además, para Chubasco con el número dos no nace la pena por la Unidad perdida, como en Marechal, sino el conflicto. Porque la pareja Cielo-Tierra qué hace: discute, y esa discusión funda (es) el Clima.
Así, el Tormentoso plantea la existencia original de “cuestiones de arriba”, y las contrapone a los movimientos telúricos definidos como “respuestas de abajo”. Chubasco fue el primero en explicar, describir, clasificar y ordenar esos intercambios gestuales muy cercanos a una disputa de pareja: el Cielo, más inconstante, llora seguido, protesta, cambia de apariencia y suele ser imprevisible. La Tierra, naturalmente más estable y callada, se expresa menos frecuentemente pero, cuando lo hace, rompe todo, se muestra intolerante. Ambos polos se expresan, dialogan, discuten y (raramente) se aman a través de un auténtico repertorio de gestos naturales.
El Tormentoso partió de ese esquema, en apariencia machista avant la lettre, para elaborar su primer gran aporte teórico: “El granizo, ese desconocido”. Una auténtica genialidad, ya que, como habitante de un territorio de clima tropicalísimo, supuso y propuso por simple deducción lógica la necesaria existencia del granizo –no llegó a adivinar la nieve– porque se correspondía necesariamente con cierto tipo de reacción habitual pero inclasificable en su novia de entonces, la precipitada y versátil Centella, que solía hacerlo entrar en repetida erupción.
Lo paradójico es que tras ser el hazmerreír de su pueblo durante años al postular la existencia de algo que no podía mostrar ni describir, en una noche literalmente negra, Chubasco tuvo la revelación que daría un viraje total a su vida: Centella lo abandonó a él, y él abandonó la especulación cosmogónica. Y en esa nefasta noche, de terrible calor y espesas nubes, eldescorazonado Chubasco salió a la intemperie ya sin Centella ni esperanzas. Y ahí algo sintió, algo cayó del Cielo durante no más de treinta segundos sobre el paseante doblemente solitario. Era granizo, claro, pero nadie lo supo sino él.
Desencantado, el amainado Chubasco desde entonces siguió mirando hacia arriba y hacia abajo pero ya de otra manera. El profesor Mercapide dice haber recogido muestras de lava firmadas por el Tormentoso y una descripción de “melodía para dos palmeras y viento suave” que se le atribuyen. Pero su original visión del clima como Arte Insoportable merecerá, por su complejidad, volcarse en otra entrega.

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