CULTURA › HOY SE LANZA EN LA ARGENTINA LA ULTIMA NOVELA
DE GABRIEL GARCIA MARQUEZ, MEMORIA DE MIS PUTAS TRISTES

En qué se convierte el deseo en la recta final

En su novela tan esperada, el escritor ha dado con un gran tema. En Colombia ya se venden mil libros por hora.

 Por Silvina Friera

La sexualidad en la vejez está cubierta por un velo de pudor que la consagra al silencio. De eso no se habla. Pero Gabriel García Márquez se anima a descorrer ese velo pudoroso, glorificando la senectud y burlándose, a su manera, de los riesgos de estar vivo. Quizá tenga razón el nonagenario protagonista de Memoria de mis putas tristes, la novela del escritor colombiano que desde hoy está disponible en las librerías de Buenos Aires y que ya está primera en ventas en Colombia: “El primer síntoma de la vejez es que uno empieza a parecerse a su padre”. Consciente de que a su edad cada hora es un año, el anciano solterón, que durante 40 años trabajó como “inflador de cables” en El diario de La Paz y como profesor de gramática, decide celebrar sus noventa con una adolescente virgen. Nada más que una noche libertina. Acaso el último placer carnal frente a la inminencia de la muerte. Mientras espera que la dueña de un burdel le consiga “una novedad disponible” –una chica analfabeta de 14–, el anciano, que trata de apaciguar su ansiedad escuchando a Bach, Wagner o Debussy, efectúa una suerte de ajuste de cuentas con su pasado. Nunca se ha acostado con ninguna mujer sin pagarle, nunca participó en orgías, y hasta los 50 llevaba su propio registro contable: 514 mujeres con las cuales había estado por lo menos una vez.
Con estos ingredientes iniciales, no sorprende que se haya tenido que anticipar el lanzamiento del libro, previsto para el próximo 27. En Colombia estuvo circulando una edición pirata, a muy bajo precio y de mala calidad. Además, hacía diez años que el Premio Nobel de Literatura no publicaba una novela. “No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido.” En este epígrafe de Memoria de mis putas tristes, García Márquez plantea un homenaje al autor de La casa de las bellas durmientes (1961), Yasunari Kawabata, primer Premio Nobel de Literatura de origen japonés. Eguchi, el viejo japonés de 67 años que acude a una posada en las afueras de Tokio, frecuentada por ancianos que buscan pasar la noche con jóvenes narcotizadas, se parece al personaje del escritor colombiano. Los dos viejos descubren el placer de contemplar el cuerpo desnudo de una mujer dormida, sin ir más allá del goce visual. Ambos desean estar con ¡vírgenes prostitutas!, dos fantasmas que, para Freud, degradan la vida erótica de los hombres.
Ese nonagenario que se asume como “feo, tímido y anacrónico”, que nunca se preocupó por su edad sexual (“porque mis poderes no dependían tanto de mí como de ellas”), después de su fallida noche de amor, descubre el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una joven morena, a quien llama Delgadina, “sin los apremios del deseo y los estorbos del pudor”. Aunque ese “fracaso” le hiere su orgullo masculino –la dueña del prostíbulo, Rosa Cabarcas, una sagaz celestina moderna, le reprocha: “Una mujer no perdona jamás que un hombre le desprecie el estreno”–, lo que asoma como la historia de una derrota irreversible o el epílogo sexual de un hombre, pronto se transforma en la crónica de un anciano enamorado. Y el amor modifica las rutinas de este viejo solitario, que empieza a descifrar el lenguaje del cuerpo de su bella durmiente, y que percibe los estados de ánimo de Delgadina por el modo de dormir o por su manera de respirar.
Este goce ante la contemplación nocturna es una obsesión literaria del colombiano. En el cuento Muerte constante más allá del amor (del libro La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada), el senador Onésimo Sánchez duerme abrazado a Laura Farina, la joven más bella del mundo, sin amenazar la virginidad de la chica. La rendición amorosa del anciano de Memoria de mis putas tristes es incondicional: él no quiere que ella hable, la prefiere dormida. Su metamorfosis resulta radical porque el hálito de juventud de Delgadina alterará la vida de este anciano mezquino para siempre. Las visitas a ese burdel fantasmal se prolongan hasta que el asesinato de un banquero interrumpe los encuentros. La narración se tiñe de un romanticismo un tanto desmesurado y el humor amargo pero lúcido, que prevalecía en las reflexiones y en los recuerdos del viejo, declina frente a la ausencia de la amada. Si morirse de amor no era más que una licencia poética, el anciano toma conciencia de su vejez debido a esa pasión amorosa que finalmente triunfa sobre la muerte.
Con un estilo depurado y más despojado, en comparación con otras novelas como Cien años de soledad o El coronel no tiene quien le escriba, García Márquez entrega una novela límpida de 109 páginas, escrita en primera persona, que recrea la historia escrita por el japonés Kawabata, pero en clave colombiana. “García Márquez vuelve añicos el reloj biológico que nos hace viejos y, a través de su personaje, el cumpleañero pregona que la edad no es la que uno tiene sino la que uno siente”, señaló el escritor colombiano Jorge Ramos. Gabo optó por escribir de lo que no se suele escribir, acaso para demostrar que la vejez no representa la degradación inexorable o el ocaso de la existencia. Al contrario, en esta novela la senectud es esa instancia vital en la que está permitido decir todo.

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Gabriel García Márquez publica una novela después de una década.
 
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