Desde la epopeya de Gilgamesh en adelante, el sueño de la inmortalidad y de la eterna juventud aparece en los mitos, en los deseos y en las metas a conseguir, ya sea en el terreno de lo fantástico o de lo real. Así, desde la fuente de juvencia a los brebajes antioxidantes, siempre se ha puesto la esperanza en productos rejuvenecedores (ya que últimamente los “inmortalizadores” escasean bastante). La medicina, sin embargo, es más escéptica y no contempla –a corto plazo– la fabricación de pócimas mágicas (y ni siquiera remedios) que puedan calmar el ansia de eternidad, que por ahora parece reservada a los inexistentes dioses.