DIALOGOS › EL ENSAYISTA FRANCES HERVE KEMPF, SOBRE EL FUTURO DE LA DEMOCRACIA ACTUAL

“La autoridad pública está en manos del sistema financiero”

Periodista y autor de los exitosos libros Cómo los ricos destruyen el planeta y Para salvar el planeta, salir del capitalismo, Kempf acaba de completar la trilogía con La oligarquía, ya basta, viva la democracia, donde plantea que las sociedades occidentales van camino a la dictadura y los modelos que rigen a las sociedades democráticas de Occidente sólo obedecen al sistema financiero. El papel de la oligarquía. La ecología y las desigualdades.

 Por Eduardo Febbro

Desde París

–Usted demuestra con innumerables ejemplos cómo el mundo se va deslizando hacia una suerte de régimen autoritario cuyo único propósito es mantener los privilegios de una casta, la oligarquía. Ello lo lleva a una conclusión social y políticamente dramática: el posible fin de la democracia.

–La oligarquía es la definición de un régimen político. La oligarquía es un concepto inventado por los griegos en los siglos IV y V antes de Cristo. Los griegos definieron las formas según las cuales las sociedades humanas podían ser gobernadas: la dictadura, el despotismo, la monarquía, la tiranía, la democracia, que es el poder del pueblo para el pueblo y por el pueblo, y luego definieron otra forma de gobierno que es precisamente la oligarquía. La oligarquía es el poder en manos de pocos. Lo que yo digo entonces es que, al menos en Europa, estamos deslizándonos hacia la oligarquía. El sistema político actual hace que un grupo de pocos imponga sus criterios al resto de la sociedad.

–Usted sugiere que estamos en una fase de posdemocracia en la cual, con el objetivo de mantenerse en el poder, la oligarquía mantiene la ficción democrática.

–Desde luego. La oligarquía repite sin descanso que estamos en democracia y que todo es perfecto. Es una ficción. Hasta los intelectuales se olvidaron del concepto de oligarquía y contribuyen a alimentar la ficción. Todos los intelectuales en sintonía ideológica con el capitalismo mantuvieron la idea según la cual sólo existían dos alternativas: o la democracia o el totalitarismo. Eso se podía entender al principio con dos ejemplos: en los años ’30 con Hitler, o en los años ’50 o ’60 con la Unión Soviética, se podía decir que era preciso optar entre la democracia y esas dos dictaduras. Pero eso se acabó: desde la caída del Muro de Berlín en 1989 y el hundimiento de la Unión Soviética pasamos a otro orden. Pero los intelectuales que están al servicio del capitalismo persistieron en la idea según la cual sólo hay dos caminos: o la dictadura o la democracia. Por eso es importante que el concepto de oligarquía esté bien presente para entender que, progresivamente, la democracia nos fue robada. Los países europeos, y mucho más Estados Unidos, se están deslizando hacia un régimen oligárquico donde el pueblo ya no tiene más poder. La democracia europea está enferma, se ha debilitado mucho, y se orienta cada vez más hacia la oligarquía. En cambio, Estados Unidos ha dejado de ser una democracia: es una oligarquía, porque es el dinero el que determina las orientaciones de las decisiones políticas. En realidad, la oligarquía es una democracia que sólo funciona para los oligarcas. Una vez que se pusieron de acuerdo entre ellos, imponen las decisiones. Nuestros sistemas no pueden llamarse más democracia, porque la potencia financiera detenta un poder desmedido. La autoridad pública está en manos del sistema financiero. Los poderes públicos nunca tomarán una decisión que perjudique a los intereses económicos, a los intereses de la oligarquía financiera. Debemos aceptar la idea de que quienes tienen las riendas del poder político del Estado no toman decisiones en beneficio del interés general. Sus decisiones pueden ir en contra del interés público.

–Este razonamiento implica que la soberanía popular ha desaparecido, como idea y como práctica.

–Efectivamente. Ya no hay más soberanía popular. Cuando el pueblo llega a reflexionar, a discutir y a deliberar en conjunto y toma una decisión, la oligarquía va a contradecir la decisión popular. En 2005 hubo en Europa un gran debate en torno de un referéndum que al final se organizó en Francia y luego en Irlanda y Holanda sobre un proyecto para un tratado de Constitución europea. Durante seis meses, la sociedad francesa discutió sobre ese tema como no lo hacía desde hacía muchos años. Los medios, que expanden la filosofía capitalista, decían “hay que votar por el sí, hay que votar a favor del tratado”. Pero el pueblo francés votó “no”. ¿Y qué pasó después? Pues dos años más tarde los gobiernos de Europa impusieron ese tratado con algunas modificaciones leves bajo el nombre de Tratado de Lisboa. Hubo entonces una extraordinaria traición de la voluntad popular. Este ejemplo lo encontramos en otros lugares. Sin ir más lejos, en 1991, en Argelia, los islamistas ganaron las elecciones legislativas, pero los militares interrumpieron el proceso con un golpe de Estado que acarreó una guerra civil espantosa. Otro ejemplo: en 2005 los palestinos votaron para elegir a sus diputados. Ganó el Hamas. Sin embargo, todos los Estados, desde Estados Unidos hasta Europa, pasando por Israel, optaron por marginar al Hamas porque la consideran una organización terrorista. No se respetó el voto del pueblo palestino. El pueblo como tal es el corazón de la democracia, es decir, el principio a partir del cual todos compartimos algo. El pueblo no es usted, Michel o yo, sino todos juntos. Compartimos algo y debemos tomar una decisión conjunta. Formamos un cuerpo, por eso se dice “el cuerpo electoral”. Pero lo que lo pasó en Europa en 2005 marca una ruptura profunda con el pueblo.

–Sin embargo, entre la idea de oligarquía que existía a principios del siglo XX y ahora también ha habido un corte radical en ese grupo.

–Sí. Hubo una evolución de la oligarquía. Ahora podemos hablar de los desvíos de la oligarquía impulsada por la propia evolución del capitalismo. En los últimos treinta años el capitalismo se transformó. Todo empieza en 1980, cuando Ronald Reagan gana las elecciones presidenciales en Estados Unidos y Margaret Thatcher llega al poder en Gran Bretaña. A partir de allí no sólo se plasmó un capitalismo orientado hacia la especulación financiera, sino que también se produjo una transformación cultural, antropológica. La filosofía capitalista se expandió con este mensaje: “La sociedad humana no existe”. Para los capitalistas, la sociedad es una colección de individuos que se encuentran en una bola y su única misión consiste en sacar un máximo de provecho. Para los capitalistas, el individuo está separado de los otros, está en permanente competencia con los demás. En esa visión, lo común no es más el pueblo, sino el mercado. Por esta razón la gente tiene tantas dificultades para sentirse un ciudadano que participa en un proceso común a todos. El sistema ha ocultado un dato: el fenómeno fundamental que se produjo dentro del capitalismo en los últimos treinta años ha sido el aumento de las desigualdades, en todos los países, incluidos los países emergentes.

–Estamos en una fase de cruce de crisis. Ya no hay una sino múltiples, y todas se concentran al mismo tiempo. La respuesta de las oligarquías es proporcional a la intensidad de las crisis: el autoritarismo y la represión como respuesta.

–Estamos en un momento muy delicado de la humanidad. La crisis ecológica se agrava cada vez más y las crisis sociales se acrecientan: Europa, Estados Unidos, países árabes, China, India. Y frente al incremento de las protestas populares, la oligarquía tiende a ir hacia una dirección cada vez más autoritaria, represiva, militar. Esto es así en Francia, en Italia, en Inglaterra, en Estados Unidos, en Canadá. En cada uno de esos países hemos visto el desarrollo impresionante de las tecnologías policiales (cámaras de vigilancia, ficheros, etc.). Enfrentamos un peligro doble: no sólo que la democracia se dirija hacia la oligarquía sino, también, que la oligarquía, el capitalismo, entren en una fase autoritaria insistiendo en temas como la xenofobia, la inseguridad o la rivalidad entre las naciones. La oligarquía no quiere adoptar medidas para paliar la crisis ecológica o disminuir las desigualdades. No. Lo que la oligarquía quiere es conservar sus privilegios fundamentales. Es una oligarquía destructora. Creo que no entiende la gravedad de la situación. En vez de evolucionar, la oligarquía es cada vez más reaccionaria.

–Hoy hay un elemento nuevo, que será sin dudas determinante: la crisis ecológica, la crisis climática. Sin embargo, pocos son los que están dispuestos a asumir los retos.

–Estamos en un momento esencial de la historia humana, por dos razones. En primer lugar, atravesamos un momento de nuestra historia en el cual la humanidad llega al límite de la biosfera. La especie humana se expandió y desarrolló a través del planeta apoyada en una naturaleza que nos parecía inmensa e inagotable. Pero ahora el conjunto de la especie humana descubre que el planeta tiene límites y que es preciso encontrar un nuevo equilibrio entre la actividad y la creatividad humanas y los recursos. Debemos cambiar de cultura y pasar de la idea según la cual la naturaleza es inagotable a la realidad de que estamos poniendo en peligro esos recursos. Nos queda por aprender a economizarlos y utilizarlos con sabiduría y prudencia. En esto se juega un cambio de cultura. Lo segundo en importancia está en que nos encontramos en el momento en que formamos una sociedad humana. Antes éramos como extranjeros los unos con los otros. Ya no. Incluso si en Río de Janeiro se vive de forma distinta que en París, Londres o Shanghai, hay muchos elementos comunes que nos llevan a tomar conciencia de que pertenecemos al mismo mundo. La globalización no sólo compete a la globalización de la cultura o de la economía, no, también atañe la población humana. Descubrimos que tenemos intereses comunes. La problemática de las oligarquías o de la democracia se juega también en América latina, en Asia y en Europa. Somos una misma sociedad. Eso es un elemento nuevo en la historia de la humanidad. Pero esa nueva sociedad debe reescribir, inventar una nueva forma de vivir con la biosfera y los recursos naturales. Si no llegamos a hacerlo, esa sociedad humana irá hacia el caos, la competencia y la violencia. No sólo habrá desorden sino que se detendrá la aventura humana.

–Para usted, no puede haber una renovación de la democracia si no se toma en cuenta la cuestión ecológica.

–La ecología y la democracia son inseparables. Si miramos hacia los años ’70, cuando el movimiento ecologista tomó su impulso, lo hizo con una crítica a la democracia. La democracia siempre estuvo en el corazón de la ecología. Pero luego el capitalismo derivó hacia la oligarquía y ya no estamos en una situación democrática. El capitalismo y la oligarquía empujan siempre hacia el crecimiento económico. Pero hoy sabemos que ese crecimiento económico acarrea daños importantes en el medio ambiente. No sabemos tener crecimiento económico sin destruir el medio ambiente, sin emitir gases con efecto de invernadero, sin destruir los bosques como en el Amazonas, o sin producir enormes cantidades de soja como en Argentina, para lo cual se utilizan toneladas de pesticidas. El crecimiento permite que se olvide la enorme desigualdad que existe. El crecimiento permite calmar las tensiones sociales. El desarrollo de la oligarquía, o sea, el delirio de una pequeña cantidad de personas por enriquecerse de manera colosal, empuja al crecimiento y, al mismo tiempo, a la destrucción de la naturaleza. Por eso la cuestión democrática es esencial. Tenemos que llegar a una situación donde podamos discutir y lograr disminuir la desigualdad y, así, poder redefinir juntos una economía justa que no destruya el medio ambiente.

–En suma, toda reformulación de la idea y del principio de democracia pasa por la ecología.

–Efectivamente: es imposible pensar el mundo si nos olvidamos de la cuestión ecológica. Este tema no es exclusivo de los europeos o los occidentales, no, es una cuestión mundial. El tema del cambio climático, el tema del agotamiento de la biodiversidad o de la contaminación son temas mundiales. Es imposible pensar en la emancipación humana, en la dignidad humana, en la justicia social, en la evolución hacia una humanidad realizada en la cual cada persona podrá expresar sus potencialidades en relación con los otros, en lo concreto, nada de esto puede pensarse si se deja de lado la naturaleza y la relación con la biosfera. La situación actual es grave a causa de la crisis ecológica pero también llena de esperanzas. Tenemos diez o veinte años por delante para organizar la transición y permitir a los jóvenes del futuro que imaginen una sociedad armoniosa. Si de aquí a 10 años no controlamos la contaminación, si de aquí a 10 años no logramos impedir la evolución dictatorial del capitalismo, vamos derecho hacia situaciones muy difíciles.

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