ECONOMIA

Cuando 114 años tampoco es nada

El default de la venerada Generación del 80 fue proporcionalmente mucho mayor que el actual. Se salió de él 16 años después cuando la Revolución Cerealera permitió pagar, aunque con una enorme quita. Hay increíbles parecidos.

 Por Julio Nudler

Nadie sabe si este default argentino será el último, pero lo seguro es que no se trata del primero. Abundante en quiebras soberanas, el siglo XIX, gracias a la venerada Generación del 80, tuvo su default record en 1890. En él quedó atrapada una deuda externa próxima a los 950 millones de dólares de aquel momento. El historiador Israel Cacho Lotersztain la calcula como equivalente a unos 250 mil millones de hoy, actualizando la cifra con un índice de salarios públicos y ajustándola por población (en aquel momento, ese monstruoso endeudamiento pesaba sobre una población de 2,8 millones de habitantes). Lo que parece indiscutible es que la dirigencia política de aquel tiempo y la clase social a la que servía superaban en audacia a las que manejaron el país en las décadas recientes, por delirante que suene.
–¿Cómo pudo salirse de aquel default?
–Es asombroso, pero se logró. A punto tal de que en 1933, en plena crisis mundial, cuando 14 países latinoamericanos estaban en cesación de pagos, la Argentina cumplía en tiempo y forma con sus obligaciones. Era el único en toda la región. Esto movió al gobierno estadounidense a encomendarle al investigador Henry Shepherd que estudiase el caso. El informe que produjo no tiene desperdicio.
–¿Adónde fue el dinero de esa fabulosa deuda?
–Shepherd concluye que la mayor parte fue utilizada por los bancos argentinos para otorgar créditos a la elite política y a empresarios amigos. Esto financió una feroz especulación y un enorme consumo ostentoso. Fue cuando en París se acuñó la expresión “rico como un argentino”. Por Palermo se paseaban dos mil carruajes tirados por caballos rusos, de la misma raza predilecta de los Romanov. Otra parte menor de la deuda se destinó a financiar un gasto público nacional y provincial rápidamente creciente, orientado con sentido clientelista. Y menos de una cuarta parte se dirigió a inversiones productivas: ferrocarriles, terminar el puerto, alambrados, maquinaria agrícola.
–¿Cómo podían contraerse deudas tan impagables?
–Shepherd lo atribuye al optimismo ilimitado de la elite dirigente, a la que llamamos Generación del 80. Ellos pensaban que este país nunca podría gastar demasiado, o endeudarse demasiado, porque sus riquezas eran inconmensurables.
–¿Todo lo explica el “optimismo”?
–Ciertamente no. Shepherd cita al prestigioso Bankers Magazine, de Londres, que escribía que “La pandilla de (el presidente Miguel) Juárez Celman saqueó el oro de los bancos”. El Times afirmaba a su vez que “Juárez Celman y su partido se alzaron con 500 millones de dólares”, más de la mitad de la deuda externa. Pero lo que asombra más aún a Shepherd es que los acreedores le hubieran prestado tan alegremente a un país que presentaba sistemáticamente un serio déficit comercial, emitía cantidades insólitas de papel moneda sin respaldo alguno, mientras en casi todo el mundo regía el patrón oro, y cuyo déficit presupuestario superaba el 50 por ciento. Con esos números, la Argentina recibió en 1889 la mitad de todas las inversiones externas de la Bolsa de Londres, que era el Wall Street de entonces.
–¿Por qué le prestaron tanto?
–Shepherd lo atribuye a las bajísimas tasas de interés que prevalecían en Europa entre 1884 y 1890 (un 2 por ciento anual). Los bonos argentinos rendían casi el triple. Por otro lado, los banqueros y los brokers los promovían con entusiasmo porque les dejaban grandes ganancias. Es la misma película que volvimos a ver hace poco. Y además con una crisis también parecida en la Argentina, donde el esquema sólo podía sostenerse en la medida en que el país siguiera recibiendo financiamiento. Pero cuando comenzó la desconfianza, se desató un proceso conocido: corrida bancaria, devaluación, default, desocupación en masa, hambre en la ciudad, ahorros perdidos.
–¿Cómo negociaron el default?
–La renegociación fue muy larga, concluyendo en 1906, tras 16 años en default. Tras la fallida revolución del 90, Juárez Celman fue remplazado por su vicepresidente, Carlos Pellegrini, quien obtuvo un préstamo puente de 75 millones de dólares a tres años. Fue un préstamo muy criticado porque estaba garantizado con los derechos aduaneros, que eran el único ingreso fiscal relevante. Además, seguía el criterio de saldar deudas viejas contrayendo nuevas.
–¿Cuál fue el resultado de esa política?
–Shepherd lo juzga muy malo: el oro batía records, seguía la fuga de capitales. Así que al asumir la presidencia Luis Sáenz Peña, su secretario de Hacienda, Juan José Romero, le informó que en el Tesoro sólo quedaban, a fines de 1892, 17.004 dólares.
–¿Qué política siguió Sáenz Peña?
–Fue un presidente raro, puesto en el cargo gracias a la muñeca política de Roca y Pellegrini para evitar el retorno de Juárez Celman y los suyos a través de un candidato tan popular como Roque Sáenz Peña, hijo de Luis. Pensaban que a éste podrían manejarlo fácilmente, pero les dio una sorpresa desagradable. Y siguen las similitudes con el presente. Esto incluye a Romero, que les decía a los acreedores cosas muy parecidas a las que les dijo Roberto Lavagna. Fijó en 7,5 millones de dólares anuales el máximo que podía pagar el país. Recién en el décimo año empezaría a amortizar capital.
–¿Cómo lo recibieron los acreedores?
–Muy mal, y averiguaron discretamente si el gobierno inglés estaba dispuesto a enviar unos buques de guerra al Río de la Plata para hacer entrar en razones a los argentinos. Pero el premier Gladstone no veía “razones para intervenir en favor de súbditos que invierten imprudentemente en el extranjero”. Por ende, no les quedó otro remedio que aceptar la propuesta, firmándose el llamado “Acuerdo Romero”. Pellegrini lo calificó de concordato compulsivo, acusando al gobierno de “haber matado a la gallina de los huevos de oro”, incurriendo en un grave error de concepto, ya que “todo el mundo paga deudas con otras deudas”.
–¿Cómo le fue a Luis Sáenz Peña?
–Tuvo mala suerte, pues hubo una fuerte caída en los precios de la lana, que era la principal exportación. Además, seguía la fuga de capitales y la presión sobre el peso papel. El presidente tenía muy poco apoyo partidario, y además mostraba una especial vocación por crearse conflictos. Esto puede parecer un chiste por sonar tan conocido, pero era así. Finalmente renunció, peleado con todos.
–¿Cambió la actitud hacia los acreedores?
–Al asumir José Evaristo Uriburu varió sobre todo el discurso, porque plata no había. Pellegrini, gran negociador de blindajes y megacanjes, podía volver a defender criterios como aquel de que “el honor de los argentinos exige que se pague hasta el último centavo”. Pero Shepherd se pregunta quién le prestaría a la Argentina a tasas razonables para que cancelase deudas anteriores. La respuesta es que sólo quienes por estar en el país –como son hoy las AFJP y eran entonces las empresas ferroviarias con garantía estatal– no tenían más alternativa que aceptar a la fuerza la cancelación de deudas con títulos.
–¿Cómo pudo salirse del default?
–Cuando en 1899 comenzó la gran Revolución Cerealera, que con el trabajo de miles de inmigrantes logró duplicar las exportaciones en cinco años y triplicarlas en diez. Se alcanzó en un lustro un superávit comercial de 120 millones, de modo que ya podía hablarse en otros términos con los acreedores. Se renegoció título por título hasta 1906. En el caso de las muy extendidas Cédulas Hipotecarias, los tenedores perdieron 16 años de intereses y aceptaron una quita de capital promedio del 30 por ciento, más la licuación provocada por la devaluación cuando estaban nominadas en pesos. La quita fue por tanto enorme.
–¿Cuánto devolvieron quienes habían recibido los créditos bancarios concedidos como contrapartida de la deuda?
–Prácticamente nada. En el mayor banco, el Nacional, ya fundido, a los diez años se había recuperado un 13 por ciento, devaluado y sin intereses. Los contribuyentes pagaron la deuda de la “burguesía nacional”. Como se verá, la historia se repite.

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Miguel Juárez Celman, el presidente del gran fraude.
 
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