ECONOMíA › PANORAMA ECONOMICO

El caparazón

 Por Alfredo Zaiat

Las crónicas exhiben una temporada exuberante, con playas colmadas, ocupación hotelera y alquileres de vivienda a pleno, comercios llenos de consumidores ávidos por gastar y una movida de verano a lo largo y ancho del país camino a romper record de facturación y de turistas. Durante las fiestas las imágenes también se presentaron de excepción, con shoppings y locales en los principales centros comerciales urbanos atendiendo un frenesí de consumo extraordinario. En las sociedades de consumo, las modernas y occidentales, estos meses de excesos son habituales y decodificados como síntomas de vitalidad. Incluso son indicadores que esperan ansiosos los operadores y analistas bursátiles para auscultar la salud de la economía y así decidir apuestas especulativas sobre activos financieros. Frente al antecedente de muchos fines de año traumáticos y crisis recurrentes a lo largo de varias décadas, ese tipo de expresiones de una comunidad opulenta genera en algunos una distorsión sobre el cuadro general de bienestar de la cofradía, mientras que en otros les provoca cierto rechazo al no comprender cómo es posible semejante exposición de prosperidad. Resulta más sencillo alejarse de ambas posiciones prejuiciosas y descubrir que así funciona una sociedad dual, que se exterioriza con vigor por el escenario de estabilidad y crecimiento, ya que en períodos de crisis ese festín de consumo precipitado es reprimido u ocultado. En momentos de auge, además, en un bienvenido proceso de reparación de bienestar, se van sumando pasajeros a ese tranvía de satisfacción que brinda el trueque de dinero por bienes y diversión pasajera.

La política se va construyendo con símbolos y actos que los van convalidando. La presencia de Cristina Fernández de Kirchner, después de Navidad y antes de Fin de Año, en la villa La Cava, de San Isidro, rescató la existencia de esa sociedad dual. En un pequeño espacio territorial convive, en palabras suyas, “la inmensa riqueza y la infinita pobreza”. En San Isidro se desarrolló en décadas de políticas económicas del ajuste el suntuoso barrio La Horqueta y la miserable villa La Cava, constituyéndose así en un distrito emblemático de una sociedad dual. La Presidenta prometió que buscará medidas para quebrar ese caparazón que divide dos mundos, uno pegado al lado de otro, con el objetivo de desterrar a una sociedad a la que no le ahorró definiciones: dual, injusta, hiriente e injuriante.

Plantear ese objetivo resulta un importante avance, tanto por su enunciación como por el lugar elegido para hacerlo. De esa forma se va edificando consenso social para abordar esa asignatura pendiente, que para ciertas clases medias adormecidas por la recuperación económica y en un clima relajado y de entusiasmo veraniego se generan condiciones que orientan a minimizar esa tarea. En esa construcción, el discurso y la vocación son un potente movilizador y factor de ruptura, aspectos necesarios y que merecen aprobación. Pero lo más difícil de esa meta no es la palabra, sino el diseño de un modelo que permita rescatar de la pobreza a millones y, fundamentalmente, disminuir la vulnerabilidad que tiene un amplio sector de la población de regresar a ese estado de exclusión social, por ejemplo con un golpe inflacionario en los alimentos.

El proceso de crecimiento a tasas chinas como estrategia para disminuir la pobreza que caracterizó al gobierno de Néstor Kirchner tuvo relativo éxito, al descender del record de 57,5 al umbral del 30,0 por ciento de las personas con ingresos insuficientes para comprar una canasta básica de alimentos y servicios. Esos porcentajes permiten observar la magnitud de la crisis por la que atravesó el país, pero a la vez revelan que el espectacular comportamiento de las principales variables macroeconómicas no ha podido regresar a niveles previos a la convertibilidad al indicador de pobreza. Apostar a una estrategia similar en la gestión de Cristina Fernández de Kirchner se presenta con elevadas probabilidades de concluir con resultados decepcionantes. Se requiere de políticas un poco más complejas, lo que no implica sofisticación tecnocrática. Acciones focalizadas en cuestiones que se han convertido en nudos de generación y consolidación de pobreza.

El interesante blog homoeconomicus propone la lectura de un documento que colabora para analizar esos problemas. En Reducción de la pobreza y mercado de trabajo en Argentina post-convertibilidad se afirma que “la continuidad en el proceso de mejoramiento de las condiciones del mercado de trabajo resulta una condición necesaria para seguir avanzando en la reducción de los niveles de pobreza que viene experimentando el país desde 2003”. Sin embargo, las investigadoras Roxana Maurizio, Bárbara Perrot y Soledad Villafañe responsables de ese paper señalan que “si bien dicha reducción ha sido muy significativa, los niveles de privación continúan siendo elevados”. Apuntan que, además de un régimen macroeconómico que continúe generando un volumen importante de empleos y, especialmente, de calidad, “es necesario continuar y profundizar la política de ingresos y la política social por parte del gobierno nacional”. Esa troika de expertas propone “continuar con el apuntalamiento del crecimiento de los salarios a través de la mejora del salario mínimo y de las jubilaciones”. Pero a la vez destacan que “es necesario reforzar la política de transferencia hacia los hogares más necesitados dado que las mejoras que se vienen registrando en materia laboral probablemente no sean suficientes”.

En relación con un posible diseño de políticas sociales, Maurizio, Perrot y Villafañe definen, en base a la evidencia obtenida del análisis de la Encuesta Permanente de Hogares, que la mayor incidencia de la pobreza y dificultad para salir de esa situación se encuentra en los hogares con presencia de menores, con jefe desocupado o con una persona inactiva mayor de 65 años que no percibe jubilación. Sugieren, entonces, para abordar cada uno de esos casos un paquete que incluya un aporte monetario a los hogares con hijos menores que no perciben asignaciones familiares, un subsidio por desempleo y una asignación no contributiva a los mayores sin jubilación ni pensión.

Además de esa estrategia focalizada a los grupos más vulnerables, una de las claves en la actual etapa para abordar la cuestión de la pobreza se juega en dos frentes dentro del mercado laboral. Con la continuidad de la estabilidad económica, fuerte crecimiento del Producto y, fundamentalmente, precios de alimentos contenidos, la discusión salarial y la informalidad laboral pasan a ser centrales. En un voluminoso informe del Banco Interamericano de Desarrollo, ¿Los de afuera? Patrones cambiantes de exclusión en América Latina y el Caribe, se confirma no sólo para Argentina, sino para toda la región, la elevada correlación entre los empleos de baja remuneración (en negro) y las personas afectadas por la pobreza. “La evolución de la pobreza responde, en gran medida, al desempeño del mercado laboral y, en particular, a la evolución de los salarios”.

Por ese motivo, cuando se discuten salarios con la pretensión de ponerles límites, o cuando se despide o se amenaza con echar alegremente a miles de trabajadores del Estado con contratos precarios (en este caso, en la ciudad de Buenos Aires), o cuando el empleo en negro sigue en niveles elevadísimos pese a los anuncios de fiscalización y de crecimiento del empleo en blanco, o cuando el salario del informal se ubica varios escalones por debajo del formal creando así la categoría de trabajador pobre, se está interviniendo en la problemática de la pobreza. Y no precisamente para romper el duro caparazón de la sociedad dual.

[email protected]

Compartir: 

Twitter

 
ECONOMíA
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2022 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.