EL MUNDO › OPINION

Brasil, diez años de gobiernos del PT

 Por Eric Nepomuceno

El pasado martes, primer día de 2013, además de registrar los dos primeros aniversarios de gobierno de Dilma Rousseff (foto), se registraron diez años del Partido de los Trabajadores en el poder. Primer partido declaradamente de izquierda a elegir un presidente en Brasil, el PT eligió y luego reeligió el primer sindicalista, Lula da Silva, y la primera mujer, Dilma Rousseff, en el país más poblado y de economía más fuerte de América latina.

Es, por cierto, un partido bastante diferente del que era hace diez años. Y mucho más distante de hace veinte y tantos, cuando el discurso radical impidió que un voluntarioso Lula alcanzara el derecho de sentarse en el sillón presidencial. Ha sido su fase más moderada, y principalmente la estrategia aplicada por el entonces presidente del partido, José Dirceu, que le permitió al PT ganar las elecciones de 2002 e inaugurar una etapa que podrá, en su total, sumar 16 años de gobierno. Según los sondeos más recientes, el partido es el franco favorito para las elecciones de 2014, tanto si Dilma se presenta a la reelección como si Lula opta por volver.

En esos diez años, el PT sufrió un doble desgaste. Primero, el desgaste natural del poder. Y segundo, por las serias denuncias de corrupción. Pero pasada una década, el PT sigue exhibiendo una fuerza política sin rival. Desaparecidas las figuras de los grandes dirigentes de la izquierda, como Leonel Brizola, es la única referencia.

Es verdad que, en el poder, el PT cambió mucho, y en algunos aspectos para peor. Pero Brasil también cambió mucho, y para mejor. Esa es la explicación directa para que el PT siga como clara referencia de futuro para el país. Dilma Rousseff terminó su segundo año de gobierno con índices de aprobación superiores a sus dos antecesores, y encabeza todos los sondeos para las elecciones que ocurrirán en dos años más.

Cuando Lula asumió la presidencia, en enero de 2003, sabía que inspiraba pavor en analistas financieros, empresarios, inversionistas y especuladores. La primera gran sorpresa ha sido la manutención de la política económica heredada. Mantuvo las metas de inflación y de superávit primario, la estabilidad del cambio, pero congeló los ímpetus neoliberales del antecesor. Incentivó las exportaciones, buscó espacio para encontrar un nicho propio en el escenario global, cazó inversiones extranjeras, aseguró el cumplimiento de los compromisos externos.

Al mismo tiempo empezó una serie de acciones que dieron vuelta al país en un punto especialmente sensible: redujo de manera drástica la pobreza, la desigualdad, y adormeció de forma contundente el fantasma del desempleo. La inclusión social lograda en esos diez años son la principal marca del PT en el gobierno.

En una década, el salario mínimo significó, para los trabajadores, un aumento de 70 por ciento en su poder adquisitivo acumulado. Los programas sociales llevados adelante disminuyeron de manera contundente los bolsones de miseria.

La política externa inaugurada por Lula y seguida por Dilma cambió no sólo la imagen, también el peso político del país en el escenario internacional. En el caso específico de América latina, esa mudanza es palpable y evidente. Existe el peso económico, es verdad: en 2001, Brasil representaba 26,8 por ciento de la economía latinoamericana. En 2010, 46,6 por ciento. Pero de poco serviría ese peso si no hubiese, a la vez, una estrategia clara de favorecer la integración regional mientras el país encontraba espacio propio como impulsor de una relación sur-sur priorizada. Disminuir sensiblemente la dependencia –comercial y sobre todo política– de Washington ha sido una opción clara de Lula y reiterada por Dilma.

Hay un ejemplo que expone esa determinación. Luego de haber llegado a la presidencia, en marzo de 2003, Lula viajó a Davos, Suiza, para la tradicional reunión de los poderosos más poderosos del mundo: el Foro Económico. Estaban varios mandatarios reunidos en una sala cuando entró George W. Bush, con quien, por cierto, Lula luego desarrollaría buenas relaciones personales.

Los grupitos se deshicieron y todos los mandatarios se dirigieron, en conjunto, a saludar al presidente más poderoso del planeta. Muy nervioso, un asesor le dijo a Lula: “Vamos, vamos a saludarlo, presidente”. Y Lula, sentado en un sillón, contestó: “No, yo llegué antes. Que venga él a saludarme”.

La política externa brasileña empezó a cambiar en ese instante.

En el ámbito interno, el cambio se dio en el primer día de la llegada del PT al poder cuando, repitiendo una frase del antropólogo y educador brasileño Darcy Ribeiro, Lula dijo que no sosegaría mientras hubiese un único brasileño que no tuviera qué comer tres veces al día.

Bueno, todavía hay muchísimos. Pero al menos 50 millones de brasileños pasaron a comer tres veces al día. Y, más que eso, alcanzaron algo que por siglos les fue negado: la dignidad de ser ciudadanos en su propio país.

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