EL MUNDO › OPINION

El Mal es un asunto difícil

Por Robert Fisk *

Cuando George Bush se deslizó en el aeropuerto de Bagdad para su cena de Acción de Gracias, estaba de fiesta. Los estadounidenses no habían llegado a Bagdad para “replegarse ante una banda de asesinos y criminales”. El Mal anda rondando, parece, listo para atacar las fuerzas del Bien. Y si sólo un puñado de los insurgentes en Irak son ex baazistas ¿quién se quejaría si llama criminales a los secuaces de Saddam? Pero el Mal es un asunto difícil. Está aquí un día, al día siguiente se fue. Y si no miren a Japón. A mí me gustan los japoneses. Trabajadores, sinceros, cultos –basta ver sus colecciones de impresionistas franceses– hasta tuvieron el buen sentido de no involucrarse en la “guerra contra el terrorismo” de George Bush. Y Japón, recuerden, es uno de los ejemplos que George siempre trae a colación cuando promete la democracia en Irak. ¿Acaso no convirtió Estados Unidos a ese Japón nacionalista y amante de su emperador en una nación amante de la libertad después de la Segunda Guerra Mundial?
De manera que no hace mucho en Tokio me puse a andar por el camino de la memoria. No de mi memoria, sino la cruelmente corta memoria de un royal marine adolescente llamado Jim Feather. Jim era el hijo de Freda, la hermana de mi padre, y estaba en el “Repulse” cuando fue hundido por la aviación japonesa el 10 de diciembre de 1941. Jim se salvó y fue llevado a Singapur, sólo para ser capturado cuando los británicos rindieron su gran fortaleza asiática a los japoneses.
Muerto de hambre y maltratado, fue puesto a trabajar construyendo el ferrocarril de Burma para el ejército japonés. Cualquiera que recuerde la magnífica película de David Lean, El puente sobre el río Kwai tiene una idea cabal de lo que pasó Jim Feather. Uno de sus amigos le contó a Freda que en sus últimos días de vida podía ponerse al hombro al prisionero de casi dos metros, como si fuera un niño. Liviano como una pluma, se podría decir. Murió en un campo de prisioneros japonés en algún momento de 1942.
No estaba pensando en Jim cuando entré al gran santuario shintoísta del centro de Tokio donde se honran a los muertos de guerra, no sólo a los pobres infelices “banzai-banzai” de la infantería, sino a los “kamikaze”, los aviadores suicidas que estrellaban sus cazabombarderos Zero sobre los portaaviones estadounidenses. Los suicidas iraquíes pueden no saber mucho sobre el “Viento Divino” japonés, pero hay una narrativa histórica que arranca en la guerra del Pacífico, pasa por los terroristas suicidas de Sri Lanka y llega a Medio Oriente. Si los “asesinos y criminales” de Bush piensan en Alá cuando mueren, los aviadores japoneses pensaban en su emperador.
En el santuario shintoísta, en el área que tiene las fotografías de la campaña japonesa en el sudeste de Asia, hay algunos epígrafes en inglés. Pero desde el momento en que se entra al cuarto de las fotografías de los kamikaze, incluyendo un devastador óleo de un ataque suicida sobre un portaaviones americano, los epígrafes están sólo en japonés. No me sorprendió para nada.
Lo que sí me asombró, a sólo unos pocos metros del santuario, fue ver un trecho de vía con una gran locomotora de vapor verde brillante. Unos adolescentes japoneses pulían los pistones y daban una última mano de verde a la caldera. De niño yo también quise manejar una locomotora de vapor, de manera que me subí. ¿Alguien habla inglés?, pregunté. ¿Qué está haciendo esta locomotora en un santuario? Un joven con anteojos de marco finito me sonrió. “Esta fue la primera locomotora que llevó el tren militar japonés por el ferrocarril Burma”, me explicó. Y entonces comprendí. El marine Jim Feather, víctima de uno de los mayores crímenes de guerra japoneses, había muerto para que este precioso trencito cruzara la jungla de Burma. El primer deber de esta misma locomotora fue llevar las cenizas de los muertos japoneses al norte del campo de batalla.
Los japoneses son amigos, por supuesto. Son el fruto de nuestra democracia. Pero ¿qué significa esto? Aún ahora, el gobierno japonés no reconoce todos los detalles de los crímenes de violación y masacre contra las mujeres en su conquistada “Gran Esfera de Coprosperidad del Sudeste Asiático”. Después del Tribunal Militar Internacional de posguerra –27criminales de guerra japoneses fueron procesados y siete de ellos fueron colgados– ni un solo japonés ha sido procesado por crímenes de guerra en las cortes japonesas. Los hombres que admitieron haber tomado parte en la violación masiva de muchachas chinas, por no hablar de las mujeres chinas y coreanas que fueron obligadas a trabajar en prostíbulos militares japoneses, están todavía vivos. Pero están a salvo de ser procesados.
¿Estos hombres no representaban el Mal? ¿No es esta locomotora de vapor en el jardín del santuario en Tokio un símbolo del Mal? ¿No murió Jim Feather tan cruelmente como los soldados del presidente Bush están muriendo en Irak? ¿Cuál es la diferencia entre los jóvenes honrados por estrellarse contra los portaaviones estadounidenses y los jóvenes que se estrellan contra las bases estadounidenses en Irak? Seguro, los insurgentes iraquíes no respetan la Cruz Roja. Tampoco lo hacían los japoneses. Supongo que se trata de quiénes son nuestros amigos. Tomemos la exhibición de “crímenes contra la humanidad” que se abrió hace un año en el Museo Imperial de Guerra en Londres. Hay una sección del holocausto armenio de 1915, el genocidio de un millón y medio de armenios por los turcos otomanos que le enseñaron a Hitler cómo llevar a cabo el mayor genocidio del siglo XX, el holocausto de seis millones de judíos europeos. Pero la exhibición del Museo Imperial de Guerra incluía una negación del gobierno turco, que todavía declara que los armenios no fueron asesinados en un genocidio cuidadosamente planeado por los líderes turcos de ese entonces –lo que es la verdad– sino meramente víctimas del caos de Turquía durante la Segunda Guerra Mundial.
Andy Kevorkian, cuya familia paterna fue asesinada por los turcos en 1915, escribió una carta a Robert Crawford, el director general del museo. En ningún lugar de la exhibición hay una negación del holocausto judío del historiador de derecha David Irving o de los neo nazis, se quejó Kevorkian. Ni debiera haberla. Pero que el museo ceda ante la presión turca o de su Cancillería y niegue lo que todo el mundo acepta como el primer genocidio del siglo XX es un insulto para los armenios que sobrevivieron. Que el museo acepte que los turcos digan que no sucedió es una burla a la justicia y a la verdad. Por supuesto, la negación turca no fue removida.
El New York Times, que originalmente publicó la historia del holocausto armenio –holocausto fue exactamente la palabra usada por Winston Churchill–, ahora se pasa sembrando dudas sobre las matanzas masivas, diciendo que son “supuestas”. No hace mucho tiempo, el diario publicó una fotografía muy conocida de 1915, tomada por un alemán, de una fila de armenios camino a su ejecución. Pero el epígrafe del New York Times fraudulentamente declaraba que los armenios “marchaban a prisión comandados por soldados turcos”. ¿Qué más? ¿Acaso el New York Times publica fotografías de los judíos de Europa apretujados en trenes para ganado y dice que están camino a campos de refugiados en Europa oriental?
Es el mismo viejo problema. La locomotora de Tokio, la negación en el Museo Imperial de Guerra y el epígrafe de la foto son mentiras para tranquilizar a los que fueron enemigos y ahora son amigos. Japón es una democracia, una nación occidental. De manera que se ignora el Mal. Turquía es nuestro aliado secular, un amigo de Estados Unidos, una democracia que quiere unirse a la Unión Europea. De manera que se ignora el Mal. Pero no teman. En la medida en que los estadounidenses traten cada vez más desesperadamente de escapar de Irak, los asesinos y criminales se convertirán nuevamente en buenos muchachos y los malvados de Irak estarán trabajando para nosotros. Las autoridades de ocupación ya admitieron haber recontratado algunos de la maldita policía secreta de Saddam para darle caza al malvado de Saddam.
Asunto difícil, el Mal.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.

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