EL MUNDO › JOHN EDWARDS, BILL RICHARDSON, EVAN BAYH, ENTRE LOS CANDIDATOS

Ya empieza a buscar vicepresidente

Por José Manuel Calvo *
Desde Los Angeles

El senador John Kerry dio ayer el paso definitivo para conseguir ser el candidato demócrata en las presidenciales de noviembre. El foco se traslada ahora a dos asuntos diferentes: la fría relación entre Kerry y John Edwards, que no le garantiza a este último la candidatura a la vicepresidencia, y el comienzo de la campaña por parte de la Casa Blanca antes de que haya, oficialmente, un candidato rival.
Kerry es visto por el Partido Demócrata como el candidato con más probabilidades de ganar: esto es lo que le ha permitido desbancar a Howard Dean, el hombre que prendió la mecha de la movilización antiBush. Pero Edwards es el que ha aportado el optimismo y el gancho para los independientes que algunos analistas creen que son elementos fundamentales para ganar las elecciones. Kerry es experiencia; Edwards es personalidad. Kerry tiene más peso; Edwards gusta más. Hasta ahora se daba por hecho que si Kerry –como ha ocurrido– afirmaba su liderazgo, ofrecería a Edwards acompañarlo en el “ticket” demócrata.
Los dos se complementan: un patricio y un hombre hecho a sí mismo, un maestro del politiqueo de Washington y un encantador de serpientes forjado en los tribunales de justicia, un progresista del este y un conservador del sur. Pero a medida que han avanzado las primarias, se ha puesto de manifiesto una frialdad evidente entre los dos, una tirantez que personas que los conocen bien confirman públicamente. Kerry desprecia la inexperiencia de Edwards –dijo que cuando él volvió de Vietnam, en 1969, “probablemente iba aún con pañales”– y ha recibido mal la crítica que éste le ha lanzado de hablar con “el mismo viejo lenguaje de los políticos de Washington”.
Edwards cree que su mensaje llega más lejos que el de Kerry, que sólo él puede traspasar las fronteras partidistas y llegar a los independientes y moderados que permitieron el triunfo de Clinton, con el que le gusta compararse. Eso no determina automáticamente la imposibilidad de que sean pareja electoral (John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson no se soportaban mutuamente y Dwight Eisenhower despreció siempre profundamente a Richard Nixon), pero lo complica. El candidato quiere tener a alguien a su lado en el que pueda confiar plenamente. Y la historia electoral indica, además, que no es frecuente que un candidato elija a un rival. La última vez que ha ocurrido eso, en tiempos recientes, fue en 1980, cuando Ronald Reagan seleccionó a George Bush padre.
Ayer, Kerry no quiso definirse: “Si consigo la nominación, buscaré al mejor para ser vicepresidente”, dijo a la ABC. Los nombres que circulan incluyen al gobernador de Nuevo México, Bill Richardson –que aporta un indudable atractivo para el importante voto hispano–, el senador Evan Bayh, de Indiana (centrista), la senadora Dianne Feinstein y los antiguos candidatos Wesley Clark, Bob Graham y Dick Gephardt.
Mientras los demócratas están ocupados en concluir las primarias para poder dedicar la atención y los recursos a combatir a Bush, éste ha tomado nota de las alarmas que han saltado en las últimas semanas, los sondeos que le colocan en el punto más bajo desde que está en la Casa Blanca y que indican –aunque es muy pronto– que Kerry ganaría hoy las elecciones. La credibilidad de Bush ha sufrido con su dudoso historial de servicio militar la manipulación informativa sobre los arsenales en Irak, la anémica creación de empleos y la irresponsable acumulación del déficit presupuestario. Lo que hace unos meses parecía un paseo militar –la reelección– es ahora una competición abierta sobre la que pesa el fantasma de Bush padre: ganar una guerra y perder en las urnas.
Por eso, la Casa Blanca ha adelantado la ofensiva: la campaña de anuncios por televisión de Bush empieza mañana mismo. Los millones de dólares recogidos –más de 140 hasta ahora– se ponen a trabajar en el medio más eficaz; en una primera fase, para tratar de rehabilitar la imagen de Bush como comandante en jefe en tiempos de guerra contra elterrorismo y líder preocupado por la recuperación económica. Y en una segunda, para socavar a Kerry, describiéndolo como un liberal de principios débiles y opiniones cambiantes que quiere subir los impuestos y volver al multilateralismo. La primera fase, de tres semanas, supone una inversión de 5 millones de dólares en anuncios en las grandes cadenas, pero también en el cable y las emisoras hispanas.
Además, los republicanos han puesto en pie un arma fundamental que hasta ahora sólo utilizaban los demócratas: los grupos de base. Su papel será vital en los 18 Estados en los que, en el 2000, hubo escasa diferencia de votos entre Bush y Gore. El partido que mejor sepa aprovechar el sacrificado trabajo de los voluntarios –hablar personalmente con los votantes y llevarlos a las urnas– ganará en esos Estados y, por tanto, ganará las elecciones.
* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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