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Un encuentro para aproximarse a una historia de nuestra izquierda

El jueves y viernes se realizó en la Universidad de Quilmes un encuentro de historiadores para hablar de la izquierda. El tema se recalentó, sobre todo si se acercaba en el tiempo.

 Por Luis Bruschtein

“Cuando tratamos de acercarnos a la historia de la nueva izquierda en la década 1965-’75, encontramos asombrosas similitudes entre aquella época y ésta,” apuntó el historiador Alfredo Pucciarelli en la mesa final del “Encuentro sobre nuevas aproximaciones a la historia de la izquierda en la Argentina”, organizado por la Universidad Nacional de Quilmes el jueves y viernes pasados. “Los tiempos de construcción contrahegemónica son más lentos que los de la construcción política y al forzar la construcción política se aborta el otro tipo de construcción, como sucede ahora”, agregó Pucciarelli.
Para el historiador, en los años ‘60 se daba un proceso revolucionador en distintas áreas, desde las fábricas y las organizaciones de pequeños productores agrarios, hasta la organización de los abogados y otras profesiones “eran movimientos contrahegemónicos que surgían en todos los ámbitos. Cuando se reconstruye esa época –señaló– todo se remite al problema del poder político y no al de esa construcción contrahegemónica. Para construir poder político, la izquierda necesita construir formas contrahegemónicas, pero como los tiempos son distintos, tuvo la incapacidad para pensar un proyecto de poder político que no implicara la anulación de ese proceso de construcción contrahegemónico”.
La exposición de Pucciarelli fue la que más rozó la actualidad, quizás porque la temática se prestaba. En general, los demás historiadores fueron más específicos sobre el período que les tocó abordar. El sociólogo Carlos Altamirano, coordinador del encuentro, había señalado que no era nueva la idea de meterse en la historia de la izquierda, que lo nuevo era la forma “más secularizada” de hacerlo. Se preguntó entonces si esta nueva actitud anulaba la idea de una historia militante. Y sugirió que esto podría deberse a algunos elementos de la realidad que lo permitirían, como “la caída de las expectativas del potencial histórico del peronismo y la superación de la polémica sobre la posición de la izquierda en 1945, que fueron el eje de toda la discusión que se hizo anteriormente”.
Los tres historiadores de la mesa pusieron de manifiesto que, por lo menos, no existía unanimidad con relación al lugar del historiador. Si la exposición de Pucciarelli había sido muy política en lo explícito, Luis Alberto Romero había separado muy claramente al historiador profesional del historiador militante que “muchas veces busca en el pasado una justificación a su política del presente” y “no maneja las reglas del oficio”, aunque matizó su posición señalando que ahora hay historiadores profesionales, que también pueden ser militantes. Horacio Tarcus, del Centro de Documentación e Información sobre la Cultura de Izquierda (Cedinci) había citado a Hobsbawm sobre “la simpatía y el distanciamiento” que necesitaba el historiador con relación al objeto histórico a investigar, para no repetir historias oficiales”. Tarcus explicó la poca historiografía de la izquierda que había en la Argentina, comparada con otros países latinoamericanos, como Brasil o México, por el hecho de que las fuentes son celosamente guardadas por los partidos, que miran con recelo al historiador profesional. Y también a una actitud elitista desde el sector académico, lo que motivó una ríspida intervención de Romero.
En su exposición, Romero había señalado que su materia de estudio no era la izquierda, pero que tenía alguna similitud con ésta, ya que se dedica a investigar la historia de la Iglesia. En este sentido se limitó a hacer algunas sugerencias metodológicas. En principio recordó que otros historiadores de la Iglesia habían afirmado que alguien que no fuera de la Iglesia no podía entender su historia “porque no entienden el misterio”. “Es una reflexión para que no se repita el prejuicio de pensar que alguien que no es de izquierda no puede hacer una historia de la izquierda”.
Apuntó otros llamados de atención: “La reconstrucción del discurso no alcanza para hacer esa historia, porque el discurso tiene un contexto y un diálogo con otros discursos. El discurso de izquierda remite a una matrizinternacional y sin embargo el anarquista argentino no fue igual al italiano. El discurso de la izquierda se centra en la clase obrera, por lo que se necesita primero, investigar de qué se trata esa clase obrera y si existe realmente así. Finalmente hay que definir la utilización de la palabra izquierda, que se usa en forma arbitraria porque en la historia militante nadie acepta que aquello con lo que no está de acuerdo sea de izquierda”.
La reflexión de Altamirano sobre la importancia de la actitud de la izquierda frente al peronismo se debía a que en la mesa anterior, referida sobre todo al período 1940-1960, el eje había sido ese casi en forma excluyente, en tanto que parecía menos importante en la actualidad.
El historiador Samuel Amaral había relatado su investigación sobre las posiciones del fundador del Partido Comunista Argentino, el italiano Vittorio Codovila. Recordó que en el séptimo Congreso de la Tercera Internacional se había impulsado la formación de frentes antifascistas y que los esfuerzos de Codovila tras ese objetivo coincidieron con la formación de la Unión Democrática antiperonista. Señaló que el veterano caudillo definía al peronismo como “nazi-peronismo” y que diferenciaba a los sectores obreros “con conciencia de clase”, que militaban en el PC, de aquellos “menos politizados” por ser “migrantes recientes”.
“Cuando Perón ganó las elecciones en un discurso de 1946 Codovila dijo que había sido ‘un error de las masas’ que se habían dejado atraer por el programa peronista”. Explicó que si bien el análisis sobre las características del peronismo nunca fue preciso y quedó en la ambigüedad, se aclaraba que había que estar cerca de las masas peronistas para cuando estallara el conflicto entre el “discurso demagógico del régimen” y los reclamos de las masas, lo que nunca se produjo. Amaral subrayó que nunca hubo una revisión de estas posiciones, ni siquiera en 1962 cuando se difundió un documento sobre “el giro a la izquierda del peronismo”. “En ese tiempo se habían producido dos expulsiones: la del grupo de Rodolfo Puiggrós, que en 1947 planteó priorizar el frente antiimperialista, y el de Juan José Real, segundo de Codovila en el PC, que había impulsado en 1953 una aproximación más tímida al peronismo”.
Julio Bulacio había buceado en la producción cultural del PC en esa época, para encontrar a través de la figura de Héctor P. Agosti líneas de apertura del discurso partidario dogmático que recogía también la herencia del liberalismo argentino. Apunta en esa línea la publicación de la obra de Gramsci “que Codovila nunca le perdonó a Agosti” y matices en Nación y cultura y El mito Liberal, dos libros de Agosti “más en sintonía con el marxismo latinoamericano” que con la línea oficial partidaria. Pero según Bulacio, la revolución cubana produjo una crisis en el PC “que terminó de la peor manera, abortando ese intento de apertura y con la expulsión de los grupos de Pasado y Presente y de La Rosa Blindada”.
En un intervalo del encuentro el sociólogo Juan Carlos Portantiero, expositor en una de las mesas, daba detalles sobre su participación en la revista Che, mencionada en la intervención de Cecilia Torti. El sociólogo Oscar Terán, otro de los participantes, señaló que las primeras mesas habían sido menos polémicas. “A medida que nos acercamos al presente, se hacen más controvertidas” reflexionó. Y al final quedó la duda de si esa aproximación a la historia de la izquierda se podía hacer ahora “porque la historia se enfrió”, como señaló Romero, o como dijo Pucciarelli “porque ahora está más caliente que nunca”. La historia lo dirá.

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La mesa que compartieron Tarcus, Romero, Pucciarelli y Altamirano, que tocó el tema profesional.
 
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