EL PAíS › OPINION

Peronismo confederal

 Por Mario Wainfeld

A mediados de junio, atisbando una elección ardua para el oficialismo, se pronosticaba creíblemente el advenimiento de una “mesa” de peronistas ganadores, en la que tallarían alto los gobernadores con muchos votos. Con el diario del lunes (29 de junio, se entiende) el pálpito se redondeó: Carlos Reutemann se sentaría a la cabecera de ese cónclave. Era un presidenciable clavado, tanto para la dirigencia justicialista cuanto para el establishment. El devenir de Lole parecía no encontrar escollos, a cubierto de los avatares de gobernar, los medios dominantes lo mimaban. Fueron los días dorados de Chauncey Gardiner. Una sola persona podía desbaratar ese escenario, Lole lo hizo. Incurrió en errores pueriles, se peleó hasta con Roxana Latorre, dio sobrada cuenta de su irresolución, que ya lo había privado una vez de llegar a la presidencia. El peronismo antikirchnerista perdió a su paladín sin conseguir suplirlo desde entonces.

La atonía es tan grande que Eduardo Duhalde alardea: promete no sacarle la cola a la jeringa si llega a ser candidato dentro de dos años. A su vez, Francisco de Narváez se ve con la pinta de Carlos Gardel y comienza a suponer (y a verbalizar) que la provincia de Buenos Aires le queda chica.

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“La sesión preparatoria (de Diputados) fue un desastre. Le hicimos de comparsa al radicalismo, que nos condujo y la capitalizó. ¿Cuándo vio que el radicalismo nos condujera?” El interlocutor de este diario tuvo cargos ejecutivos altos en su provincia y es figura relevante en el Parlamento. Es primera línea del “peronismo federal” aunque sin piné para fantasear con la Casa Rosada. Le disgusta el contexto actual, con el kirchnerismo que no ceja y el radicalismo que crece. De ahí su relato y su pregunta, que Página/12 contesta en parte en serio, en parte en solfa: “En los primeros tiempos de Alfonsín. Si hasta la Renovación peronista tomó el nombre de su línea interna en la UCR”.

“Eso fue hace mucho, mucho. Y Alfonsín gobernaba.”

“En cambio, ahora gobierna el peronismo.”

“El peronismo, no. Gobiernan ellos.”

“Ellos”, es el kirchnerismo. El hombre lo acompañó durante años pero, jura (y perjura) nunca fue kirchnerista. “Soy peronista”, remacha. Antes, nunca fue menemista ni duhaldista.

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Muchos tienen en su mochila el bastón de mariscal. El General preconizaba esa dispersión, seguramente no por democratismo sino porque favorecía su liderazgo. Cuando de construir una alternativa se trata, la horizontalidad dista de ser funcional. Los pretensos mariscales portan, además, un serrucho en su mochila, para los compañeros que sobresalgan. Hay varios en carrera, ninguno cuenta con la empatía de los demás.

Un gobernador bien implantado en su provincia poco conocido a nivel nacional y con bajo nivel de rechazos es, todavía, un prospecto posible para el 2011. Piso bajo pero techo ilimitado o con virtualidad de elevarse, como Carlos Menem en 1989 o Néstor Kirchner en 2003. Ese era un plan B entre algunos kirchneristas, ahora traspapelado. También puede serlo para el peronismo disidente. Hay gobernadores que incursionan en la liga nacional: Mario Das Neves (muy apagado últimamente), Alberto Rodríguez Saá. Nadie relevante, fuera de sus terruños, les tiende una mano o les abre una unidad básica.

Juan Manuel Urtubey es el pollo de Alberto Fernández y un plan C de Duhalde. El ex jefe de Gabinete está prendado con el joven mandatario salteño a quien compara con Marco Enríquez-Ominami. Tal vez el parangón no entusiasme a los dirigentes peronistas: Ominami se lució pero terminó tercero, la Concertación está en riesgo extremo de dejar La Moneda tras veinte años ininterrumpidos. Desde 1989, el peronismo gobernó dieciocho años, con el interregno de Fernando de la Rúa.

José Alperovich, a quien Kirchner pondera como el mejor de “sus” gobernadores, especula con dejar el Ejecutivo tucumano y recalar en la Cámara alta. Es senador suplente, ganó al galope dos bancas. Tres meses atrás, su entorno daba por hecho el pase de jurisdicción, ahora hay más dudas.

“Felipe (Solá) tiene garra pero no construyó nada en el territorio. Y, además es porteño”, inventaría el contertulio del cronista, quien precisa que el ex gobernador es bonaerense. “Buenos Aires, la Capital... es lo mismo”, se pone federal atávico el hombre a quien esperan unas largas vacaciones para roscar y cabildear, durante el receso parlamentario. No es el único que recela de los bonaerenses (De Narváez, Solá y Duhalde lo son) y que espera el verano para desensillar hasta que aclare.

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Nadie luce dispuesto a acercarle una jeringa a Duhalde ni a confiar en De Narváez. Los popes federales computan que el ex presidente y su esposa Hilda González de Duhalde ya mordieron el polvo en tres elecciones cruciales: con De la Rúa él, con Graciela Fernández Meijide y Cristina Kirchner ella. Jamás un piantavotos jamás, ésa es la verdad veintidós y los compañeros honran a la doctrina.

La verdad veintitrés concierne a De Narváez: estipula que un presidenciable del PJ debe ser peronista-peronista, con historia. Lo contrario es (al menos interinamente) tan indigesto como ser conducido por los radicales. Tal vez ocurra porque todo cambia y porque París bien vale una misa.

Quién sabe, por ahí hará falta comulgar porque el segundo semestre ha sido menos que mediocre para el peronismo federal. El Gobierno no se desmoronó, mantuvo el control de la agenda, se garantizó recursos para el año próximo, que (todo lo indica) será de razonable crecimiento. El FpV es primera minoría en ambas cámaras, el liderazgo de Kirchner es firme. En el movimiento obrero, el esquema se repite: Hugo Moyano está menos holgado que hace un par de años pero conserva capacidad de movilización y liderazgo entre sus representados. Los Gordos esperan que caiga pero no garantizan nada parecido.

Un diputado que (rara avis) se sigue reconociendo duhaldista imagina un contrafactual: “Si Macri no se hubiera caído, éste sería el momento de ir a buscarlo”. Un sueño compartido con y el propio jefe de Gobierno, siempre ilusionado con que los votos del PJ (cuanto menos sus conducciones) vayan a buscarlo a su mansión. Pero los dioses son esquivos: entre los espías, Abel Posse y los zigzagueos de su gestión, Mauricio Macri no es la gran esperanza blanca del peronismo alternativo.

Nada es definitivo cuando falta más de un año y medio (un siglo, medido en parámetros domésticos) para las elecciones, la historia tiene final abierto y continuará. Por ahora, el PJ federal (o las distintas confederaciones que lo integran) no unifica personería, no encuentra conducción y dejó pasar sin mayor provecho la segunda mitad del año.

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