EL PAíS › OPINION

El impacto cultural de la ley de medios

 Por Luis Alberto Quevedo * e
Ignacio Ramírez **

El 9 de octubre de 2009, el Congreso aprobó la nueva ley de medios, que se transformaría en una de las políticas distintivas del primer gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Desde entonces su plena implementación ha sido bloqueada “judicialmente” en un punto crucial: el de la desmonopolización. De cualquier manera, transcurridos casi cuatro años, pueden advertirse algunos cambios en los hábitos y actitudes de los argentinos a la hora de exponerse a los medios de comunicación. En las próximas líneas examinaremos lo que podríamos llamar “impacto cultural de la ley de medios”.

Rebobinemos un poco. Las primeras investigaciones y reflexiones acerca de la influencia de los medios sobre las opiniones y comportamientos de los ciudadanos partieron de un hecho elemental: habitualmente opinamos sobre fenómenos que están fuera del alcance, limitado y pedestre, de nuestra experiencia directa. Hasta aquí estamos examinando únicamente una de las dimensiones de los medios de comunicación, concerniente a la expresiva imagen que debemos a Marshall McLuhan de los medios como prolongaciones de nuestro cuerpo y de nuestros sentidos.

Sin embargo, los medios no sólo nos acercan escenarios que nuestra mirada no alcanza, sino que también, y especialmente, tiñen nuestra percepción de las cosas que quedan dentro del reducido perímetro de nuestra vida cotidiana. Esta segunda modalidad de influencia es menos perceptible, puesto que en general tendemos a confiar que nuestra percepción de la realidad... es la realidad misma. Tal es así que uno de los fundadores de esta línea de reflexiones, Walter Lippmann, sostenía con pesimismo que la opinión pública se encuentra envuelta por un seudoentorno, adulterado por estereotipos y recortes introducidos por la comunicación de masas.

En aquella época, tras la Primera Guerra Mundial, los medios fueron considerados omnipotentes, capaces de programar la dócil conducta de los ciudadanos. A medida que aparecieron las primeras investigaciones serias sobre el tema, el retrato de los medios todopoderosos entró en crisis. Mientras tanto, ganó posiciones una argumentación que puso el acento sobre las capacidades defensivas y críticas de los ciudadanos, quienes, si lo que dicen los medios no se ajusta a su pensamiento, eligen egocéntricamente a su pensamiento. En esta dirección, Paul Lazarsfeld, inspirador de la perspectiva que relativiza la influencia de los medios, desarrolló diferentes mecanismos por los cuales los ciudadanos “filtran” el contenido de sus consumos mediáticos, tales como la exposición y percepción selectiva, y las conversaciones en las redes sociales que integran. Es decir, Lazarsfeld confiaba más en la actividad global de los ciudadanos: los intercambios en su entorno familiar, el mundo del trabajo, los amigos.

Pensemos ahora sobre las últimas elecciones presidenciales: el cincuenta y cuatro por ciento votó por Cristina Fernández de Kirchner a pesar de tratarse de una opción abiertamente impugnada por el ecosistema mediático de mayor alcance y penetración. Conclusión evidente: los medios no son el único ingrediente que interviene en la conducta electoral. A la hora de decidir, el electorado administra insumos provenientes de tres fuentes: a) la experiencia directa (por lo que veo o percibo, ¿el Gobierno ha mejorado la calidad de vida de la gente?); b) los contenidos de los medios de comunicación (¿cómo caracterizan los medios la situación del país y la actuación del Gobierno?); c) las orientaciones políticas y valores (¿qué opino del rol del Estado y de la igualdad?).

Distintos estudios realizados en conjunto por Flacso e Ibarómetro nos han permitido detectar un cambio en los hábitos y actitudes de los argentinos a la hora de consumir medios de comunicación. En esta metamorfosis confluyen fundamentalmente dos factores: la generalización de las nuevas tecnologías y los efectos culturales desencadenados a partir de la ley de medios. En síntesis, tales estudios permitieron revelar que la mayoría de los argentinos (ya) no asocia a los medios con una descripción aséptica de la realidad, sino que los percibe como un actor que no mira desde afuera, como un testigo imparcial, la lucha por el poder en la Argentina.

A la sombra del debate por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la sociedad argentina tiene una relación con los medios menos inocente. La opinión pública parecería estar privilegiando otras fuentes al momento de formarse opiniones políticas: su experiencia directa y el contenido de sus valores y convicciones. Pero además sabe que el mejor menú de medios es el que combina varias miradas. En síntesis, actualmente el consumo de medios en la Argentina tiende a adoptar la forma de un consumo más crítico, menos ingenuo sobre los que emiten y más realista a la hora de analizar los intereses que están en juego.

* Sociólogo, investigador de Flacso-Argentina.
** Sociólogo, director de Ibarómetro.

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