EL PAíS › EL 22 DE JUNIO SE OFICIALIZARAN LAS CANDIDATURAS PARA LAS PASO

Nietzsche en campaña

La centralidad de Cristina en un proceso electoral en el que no será candidata desconcierta y desalienta a quienes apostaron a matarla y terminaron por fortalecerla. Anteojeras ideológicas y errores tácticos se suman a la endeblez de las candidaturas opositoras, que compiten por los despojos del radicalismo, carente de liderazgo y voluntad de poder. La primera prueba, hoy en Salta, donde Massa y Macri enfrentan a Scioli.

 Por Horacio Verbitsky

Los empresarios de nuevo cuño, organizados para un ajuste republicano.

El viernes, cuando Cristina partió hacia Panamá, comenzaron los 60 días decisivos hacia las elecciones de octubre en las que será escogido quien la suceda. La primera fecha clave será el 22 de junio, cuando las juntas electorales de cada partido o alianza oficializarán las candidaturas. Pero además del cronograma nacional, cuentan las situaciones provinciales, que comenzarán a definirse hoy en Salta, donde el gobernador Juan Urtubey, del FpV, se medirá en las primarias con su antecesor en el cargo, Juan Romero, quien corre con los colores nacionales del Frente Renovador y lleva como postulante a vice a un empresario sojero de amarillo PRO, Alfredo Olmedo. En términos menos sofisticados: Sergio Massa y Maurizio Macrì contra Daniel Osvaldo Scioli. Los tres hicieron campaña allí, donde ya había llegado con sus trenes Florencio Randazzo. Pero Massa y Macrì apoyan a candidatos distintos en la ciudad capital de Salta, donde también emerge con fuerza un postulante trotskysta. El próximo domingo serán las primarias para gobernador en Mendoza y en Santa Fe, dos de los distritos más débiles del oficialismo. Así, lo que vaya a ocurrir depende tanto del más amplio contexto internacional evidenciado en Panamá como de las minucias locales, que no sólo se expresan a nivel provincial. En la provincia de Buenos Aires abundan los municipios de mayor relevancia electoral que varias provincias. Pero en cada una de esas facetas del prisma se refleja un rostro que pocos esperaban ver a esta altura del proceso electoral: el de la presidente CFK, quien sigue contrariando todos los vaticinios sobre la licuación del poder de un gobierno saliente luego de doce años y sin reelección.

La firmeza de las posiciones argentinas (contra los fondos buitre y el juez de Wall Street, contra el colonialismo británico, contra la injerencia estadounidense en asuntos de otros países, ya sea para declarar a Venezuela peligrosa para su seguridad nacional o cuestionar la política económica argentina), junto con las constantes medidas de estímulo al consumo y la expansión de derechos, que el gobierno impulsa como antídoto contracíclico a un momento muy difícil de la profunda crisis internacional, explican por qué la docena de precandidatos ya definidos, entre oficialistas y opositores, no ha empañado la visibilidad de Cristina. Por el contrario, casi todos se definen en relación con ella, que constituye el principal activo para unos, y para otros un problema que no saben cómo manejar. Una de las rutas por las que se llegó hasta este punto es la subordinación de la política a las construcciones mediáticas; otra, la unilateralidad de los ataques que el gobierno recibe desde ese frente. Desde el momento en que el Poder Ejecutivo acusó a los directores y accionistas de los principales diarios por crímenes de lesa humanidad, en la apropiación de la única fábrica productora de papel prensa, la respuesta de Clarín fue procurarle un escarmiento. Ese fue el rumbo que ya había elegido la Sociedad Rural ante el aumento de las retenciones y al que luego se sumaron otras cámaras y agrupaciones patronales y la quintaesencia del poder financiero internacional.

Del bosque al árbol

Desde la distancia geográfica e intelectual, el politólogo estadounidense Steven Levitsky trata de incluir el fenómeno electoral argentino dentro de un contexto regional. En un artículo publicado el último domingo en el diario limeño La República arriesgó que se asistía al “fin del giro a la izquierda latinoamericano”, al que le reconoce un legado positivo. En la Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, dice, gobiernos que él llama “izquierdistas aumentaron el salario mínimo, expandieron los sistemas de salud y seguridad social, ofreciendo pensiones y seguro médico a millones de personas –informales, desempleados y pobres rurales– que jamás los habían recibido, y mejoraron los ingresos de millones de familias a través de programas de transferencias condicionales. Las consecuencias de estos programas han sido enormes”. Este original intérprete del peronismo realmente existente atribuye a la continuidad democrática y al alto precio de las materias primas que entre 2000 y 2014 esos gobiernos fueran reelectos en 19 de 20 oportunidades. La única derrota que consigna fue en Chile en 2010, cuando el candidato fue el democristiano Eduardo Frei. La izquierda de Levitsky ganó cuatro veces consecutivas en Brasil, tres veces en la Argentina, Bolivia, Ecuador y Uruguay y dos veces en El Salvador. Debido al desgaste de tantos años en el gobierno, a la caída de los precios de las materias primas y a la recesión que ha comenzado en algunas economías y que genera descontento, Levitsky anuncia que “los electores descontentos no suelen reelegir a sus gobiernos” y considera probable que “la izquierda sufra una serie de derrotas electorales en los años que vienen”. Esa inversión del péndulo comenzaría por la Argentina, “donde ninguno de los candidatos presidenciales serios es kirchnerista”, ya que caracteriza a Macrì, Massa y Scioli como “pragmáticos del centro o centro-derecha”, descripción que coincide con la de Randazzo. Esta lectura de izquierdas y derechas y la indiferenciación entre los tres candidatos que menciona, relativizan el interés del análisis de Levitsky. Entre otras cosas, porque no explica el condicionamiento que el liderazgo de Cristina implica en el proceso electoral ni la tirria que produce en los poderes fácticos, muy conscientes de esta permanencia política al margen de cualquier posición institucional. No les basta con que sea reemplazada por un gobierno de signo opuesto. Necesitan que su gobierno termine en forma apocalíptica, como los de Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa y el senador Eduardo Duhalde, no sólo por castigar todos sus atrevimientos sino también como advertencia al entrante y como seguro de no repetición. Esto ha elevado las apuestas en forma temeraria, con las denuncias por encubrimiento del terrorismo del ex fiscal Natalio Alberto Nisman, y las alegaciones sobre cuentas en el exterior de Nilda Garré, Paula Abal Medina y Máximo Kirchner, lanzadas de apuro sin el mínimo respaldo probatorio, sólo en procura de estrépito y conmoción y pronto desmentidas incluso por los bancos mencionados. Estas elaboraciones mediáticas tienen varios problemas de distinto nivel. Al carecer de sustento objetivo, terminan por disiparse como fuegos fatuos y al mismo tiempo dejan fuera de foco a los candidatos con los que el electorado se encontrará en el cuarto oscuro. Producen así un paradójico efecto nietzscheano: todo aquello que no consigue matar a Cristina termina por fortalecerla. Esto que se vio con tanta claridad en el proceso electoral de 2011 se repite ahora y siembra el desconcierto entre quienes ni siquiera consiguen comprender lo que tienen ante la vista porque sus anteojeras de deseos y rencores se lo impiden.

Humpty Dumpty, Gepetto y Dailan Kifki

La Convención Radical de Gualeguaychú mostró el fracaso de dos alternativas: la construcción de una “alianza progresista” con la UCR como eje, por usar los términos en uso, y los intentos de Massa y Macrì por penetrar en las bases peronistas. Tanto el Frente Renovador como la PROpuesta Republicana son partidos distritales con gran dificultad para obtener proyección nacional. Macrì es fuerte en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde en dos semanas más se dirimirá el aspirante a sucederlo. Massa y su actual precandidato Francisco de Narváez vencieron en las convocatorias legislativas bonaerenses de 2009 y 2013, cuya lógica difiere de la que rige las elecciones ejecutivas, ya que una cosa es castigar al gobernante en ejercicio con una lista legislativa opositora y muy otra confiarle al crítico la gestión. De hecho, ninguno de ellos pudo consolidar esas victorias haciendo pie en el peronismo, que pese a todas las incitaciones no desconoció el liderazgo de Cristina. A lo sumo han conseguido flirtear con algunos desgajamientos, más vinculados con la lógica provincial. Es el caso de José De la Sota, quien de regreso de sus fantasías cordobesistas intentó acordar una fórmula con el kirchnerismo, por la cual Juan Schiaretti fuera acompañado como candidato a la vicegobernación por el intendente de Villa María, Eduardo Accastello. Pero Schiaretti prefirió al intendente de San Francisco, Martín Llaryora, porque si no “esta yarará se me va con Macrì”. Sin esa opción, Macrì optó por la candidatura testimonial del empresario Ercole Felippa, con la que aspira a succionar votos radicales. Para impedirlo, De la Sota respalda al intendente de la Capital, Ramón J. Mestre, quien rechaza el acuerdo. Su fantasía presidencial es la veta melancólica de esta historia. Para impulsarla debería ir a una Primaria contra Massa y Adolfo Rodríguez Saá, quien no tiene interés porque lo sindica como uno de los responsables del acortamiento a una semana de su interinato presidencial. Pero el principal obstáculo es el propio Schiaretti, quien luego de su consagración provincial, el 5 de julio, pronunciará su apoyo al candidato que señalen las Primarias del peronismo, es decir, del FpV. No debe olvidarse que De la Sota fue electo gobernador por tercera vez en 2011, pero apenas una semana después Cristina fue la primera candidata peronista desde 1983 que se impuso en las PASO presidenciales y su lista de diputados nacionales cuadruplicó a la que sostuvo De la Sota. Nada permite suponer un curso distinto ahora.

Javier González Fraga presidió el Banco Central durante el neoliberalismo menemista pero fue candidato del radicalismo a la vicepresidencia en 2011, lo cual sugiere la indiferenciación de ciertos sellos. En su rol de opinator radical afirma ahora que en Gualeguaychú ha resurgido una UCR con hambre de poder, que como mínimo puede ganar en seis provincias y de máxima hasta las presidenciales. Lo primero es posible, aunque no demasiado probable; lo segundo, una expresión de deseos que la conducción del partido torpedea con método. Como ya se mostró aquí, en las últimas cuatro elecciones generales la UCR superó al PRO por diferencias oscilantes: le sacó cinco puntos en 2007 y 2011, casi lo duplicó en 2009 y lo triplicó en 2013. Pese a ello, Sanz no parece interesado en derrotar a Macrì, sino en brindarle la estructura nacional que el hombre de negocios dudosos no tiene. Por eso no se le ocurre nada mejor que pedir un bozal para Nito Artaza, quien describió los desaires de Macrì a su partido en términos muy telegénicos: nos hicieron el amor y después nos metieron en un taxi. En el teatro de revistas no hubiera dicho nos hicieron el amor. El obstáculo para Sanz son los jefes provinciales que ya habían cerrado trato con Massa, un tironeo que aún no terminó. La perspicacia de otro pensador de la UCR, el hijo de José Luis Romero, le alcanza para advertir que las grandes corporaciones (y pone en un mismo plano a los sindicatos patronales y de trabajadores) se preparan para hacer oír su voz en el postkirchnerismo, que describe como un “ajuste de la economía”. Pero se ilusiona con enfrentar a “estos intereses sectoriales organizados” mediante un fortalecimiento de lo que llama el polo político y una concertación antiinflacionaria. Romero fantasea con empresarios y organizaciones patronales “animadas por un nuevo impulso. Entre ellos, el interés colectivo se está construyendo entrelazado con la cosa pública”, lo cual ya sale del terreno de la política para extraviarse en el de la literatura infantil: Humpty Dumpty a la conducción de AEA, Gepetto a la UIA y Dailan Kifki en la pista de la Sociedad Rural.

Con o sin, nunca contra

La misma medicina que bebió De la Sota sosegó a Daniel Scioli, quien en 2013 coqueteó con la idea de acompañar la ruptura de Massa. No lo hizo por la misma razón que explica su actual subordinación al liderazgo de Cristina: la experiencia de 2011, cuando fracasaron todos sus esfuerzos por superar en la provincia de Buenos Aires la votación de Cristina. Entonces, ella se impuso con el mayor porcentaje de votos y la mayor diferencia con la primera minoría en la historia postdictatorial. Venció en todas las provincias salvo San Luis, en todos los partidos de la provincia de Buenos Aires salvo Rivadavia (cuna del ex dictador Harguindeguy), en todas las grandes ciudades excepto Rosario y en todas las comunas porteñas salvo Recoleta, Palermo y Núñez-Belgrano-Colegiales. En la provincia de Buenos Aires, CFK obtuvo el 56,28 por ciento de los votos válidos emitidos para la presidencia y Scioli un poco menos, el 55,06 por ciento para la gobernación. Pero la distancia real es aún mayor, ya que para gobernador hubo más de un millón votos en blanco y para presidente apenas 300.000. Cristina fue votada por 4.704.016 bonaerenses, esto es 538.467 más que Scioli, y 48.502 más que la suma de Scioli (4.165.549) y Martín Sabbatella (489.965). Sobre el total de los votos emitidos, la diferencia entre la presidente y el gobernador alcanzó al 6,17 por ciento, la mayor desde 1983 en comicios donde ambos cargos se eligieran el mismo día. Con el asesoramiento del director de su campaña, el filósofo posmoderno y empresario de espectáculos Jorge Telerman, su alineamiento ha modificado incluso los detalles cromáticos de la cartelería, donde el naranja se ha reducido a un subrayado del texto. También se aprecia en el astuto mestizaje de sus consignas, que ahora son Scioli para la Victoria, y en el abandono en manos de la presidente de las nóminas de diputados nacionales (como ocurrirá en todo el país) e incluso el nombre de su candidato a vicepresidente (cosa que CFK no le pidió ni le pedirá, pero Scioli está desarrollando incluso dotes de adivinación).

Descartada cualquier veleidad rupturista, conserva tres preocupaciones. Una, que apenas cruzó su mente como una sombra, es que Cristina no lo habilite para competir por el FpV y sólo le deje la opción de someterse o presentar una batalla sin destino. Ese temor le fue instilado por el ex senador Eduardo Duhalde, quien además del veneno le ofreció el antídoto, con un fantasmal congreso del PJ que no fue reconocido por la justicia electoral y que debería suministrarle la base de operaciones desde la cual enfrentar a la presidente. Esto sólo muestra el grado de extravío del ex senador, quien esta semana usó su interinato de pocos meses al frente del Poder Ejecutivo para firmar junto con Aznar, Uribe, Piñera y Fernando Henrique, como si él también fuera un verdadero “ex presidente”, una declaración inspirada por la derecha europea en apoyo de las amenazas de Estados Unidos contra Venezuela. El segundo cuidado de Scioli es que una proliferación de precandidaturas del FpV pueda relegarlo en el cómputo de las PASO frente a Massa o Macrì. Lo más probable es que esas precandidaturas no pasen de tres, con lo cual lejos de debilitar al vencedor lo fortalecerían, ya fuera Randazzo, Scioli o Urribarri, sobre todo porque la magnitud del voto peronista excederá con mucho a la que puedan exhibir la alianza prorradicheta, el massismo residual o la empeñosa muchachada stolbizer-socio-tuminista, bendecida por la Pensadora de la República. La única esperanza de ese conglomerado puede ser alcanzar a una segunda vuelta, en la que Humpty Dumpty, Gepetto y Dailan Kifki forzaran un acuerdo de salvación corporativa para vencer por una uña. Con eso se ilusiona también una infaltable Mesa de Convergencia Republicana, formada por diecisiete microorganismos de militares de la dictadura y su periferia familiar y religiosa, que iniciaron contactos tendientes a conseguir un nuevo punto final a los juicios por crímenes de lesa humanidad. El tercer recelo de Scioli es que Cristina se pronuncie en forma explícita por otro precandidato. Cualquiera que conozca, aun en forma somera como Scioli, la historia del peronismo podría apostar a ciegas que la presidente no hará tal cosa, que preservará su liderazgo por encima de todas las facciones y que ganará con Aníbal Fernández, Randazzo, Agustín Rossi, Scioli, Jorge Taiana o Sergio Urribarri, por riguroso orden alfabético. Y si por milagro eso no ocurriera, habrá consolidado poderosos bloques legislativos propios para cruzar el de-sierto de las corporaciones, en un país que suele ser duro pero nunca aburrido. O por decirlo con las palabras que ella usó: cómodo para la gente pero incómodo para los dirigentes.

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