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Cómo fue la primera vez (apuntes)

 Por Mario Wainfeld

Cuando Mauricio Macri, Sergio Massa y Daniel Scioli fueron al piso de ShowMatch se pudo decir que el primer ganador indudable fue Marcelo Tinelli, quien generó la convocatoria. Ayer se apuntaron un claro poroto la ONG Argentina Debate (AD) y los canales de televisión que decidieron emitir el acontecimiento, de emisión libre y gratuita. La experiencia inédita es un aporte a la discusión democrática y corresponde saludarla en ese sentido. Se comprende la emoción de los moderadores, que defendieron las reglas del juego y hablaron poco.

Millones de argentinos y argentinas miraron el programa y algunos habrán formado su juicio. Otros, ya con decisión tomada, lo habrán seguido como hinchas del gobernador o del jefe de Gobierno. Habrá quién defina su preferencia en función de otras variables que los discursos, la gestualidad, la tenida o el carácter de los competidores.

La opinión pública no es un ser fácilmente maleable con una sola cabeza, como suponen Goebbels de pacotilla que abundan en los medios y la política. Podría pensarse mejor en varias capas de televidentes y oyentes, según sectores sociales, nivel de politización, orientación política. Y, a esta altura de las campañas, por cuán fijada tienen su intención de voto.

Las normas son estrictas y, en un sentido contractual, inobjetables: ambos equipos las negociaron palmo a palmo. Hubo algunas diferencias con debates anteriores de acá o de otras comarcas, que lo hicieron más tieso. Nada de interrupciones, de momentos de diálogo más o menos libre. Cero aplausos del público. Esa parte es válida, interpreta este cronista. Las otras (el tiempo apremiante, la rigidez del formato) limitan el juego, les restan chances a la espontaneidad y a la franqueza. Incentivan las estrategias que eligieron Macri y Scioli, bastante más parecidas que lo que se oyó de sus discursos. Estas fueron: no apartarse del guión, machacar un par de ejes básicos y repetirlos a menudo. Contestar las preguntas no estaba entre los imperativos tácticos: podían aludirse, rondarse u obviarse. Tampoco rieron ni apelaron al humor, salvo envasado: no es el fuerte de ninguno.

Renunciar a lo que no se tiene o sabe es, acaso, sabio. Desde ya, prudente. Ambos dejaron de lado todo intento de repentización para no distraerse de su línea argumental. Tuvieron oportunidades porque hubo errores marcados. Para el cronista uno menor fue interesante: Macri dijo que el Hospital Elizalde está en la avenida 9 de Julio. No es así, está en la avenida Montes de Oca. Otro polemista hubiera remarcado la gaffe: Elisa Carrió, Daniel Filmus, Carlos “Chacho” Alvarez, Luis Juez, por dar ejemplos misceláneos y transversales. Scioli lo dejó pasar y no volvió sobre el punto. La compostura y el apego al libreto fueron notables.


La prehistoria de Richard Nixon o Vicente Saadi quedó atrás. Nadie se suicida delante de las cámaras por falta de estilo o de maquillaje ni por gritar o “sacarse”. Un objetivo primordial es no equivocarse, por ahí es el más relevante.

Con un abanico de públicos imaginables es imposible para este cronista discernir un ganador porque eso presupone “definir” un perfil único o dominante de la audiencia. En todo caso digamos que nadie se impuso por knock out y que una pléyade de jurados determinará su vencedor. Será, pues, por puntos y en fallo dividido.


Scioli vistió traje azul y camisa con corbata. Macri eligió el look Kicillof: saco azul (de otro tono), camisa abierta. Las diferencias de los planteos fueron significativas aunque cada cual atendió su juego. Francamente es difícil hacer otra cosa cuando se dispone de dos minutos para abordar temas vastísimos y complejos. Por ahí se puede concentrar en hacer propuestas o mejor dicho enunciar sus títulos. Macri optó por ese recurso cuando debatió contra Daniel Filmus y Jorge Telerman en 2007. No replicaba, empezaba cada bloquecito con el latiguillo: “Tengo una propuesta”. Esta vez mentó muy pocas, de modo híper sintético.

Su afán, al que se lanzó con vigor desde el primer segundo ayer, fue definir a Scioli y al kirchnerismo. No ahorró palabras ni apeló al consenso: les dijo mentirosos, cínicos a repetición. También se esmeró en “pegar” a Scioli con acciones de Gobierno (lo que es lógico) y con declaraciones de funcionarios (lo que es más forzado, si se quiere). El resto fue la venta del futuro promisorio sin ripios que es la clave del mensaje del candidato de Cambiemos. Eligió el tuteo para interpelar a Scioli y al público de entrada y no cambió el registro en ningún momento.

Jamás se tomó la molestia de responder lo que fue el caballito de batalla de Scioli. Pongámoslo así, se enunció de varios modos: cuando asuma Macri se liberará el cepo, habrá una devaluación enorme, se suprimirán subsidios al consumo. Esas medidas en conjunto, definidas como “ajuste”, van contra los intereses de los trabajadores y la industria nacional. De nuevo: se desiste de interpretar si Scioli transmitió esa convicción a una cantidad interesante de votantes en tránsito (su objetivo principal) pero es claro que la pronunció una cantidad suficiente de veces como que no pasara desapercibida.

Ese es un punto clave en lo que puede ser el próximo gobierno. Macri viene escamoteando pronunciarse, algunos de sus economistas de cabecera (anche ministeriables) contradicen el relato PRO y anticipan las medidas. Es una de las contadas divergencias que mostró la prolija y disciplinada campaña del macrismo: ayer su líder tomó partido por vía del silencio, por no menearlo.


El episodio en que más se parecieron los dos fue cuando abordaron “Seguridad y derechos humanos”. Se concentraron casi exclusivamente en el narcotráfico. Scioli ni metió un bocadillo sobre la política de derechos humanos, algo que reparó en un minuto dedicado a otro fin.

De cualquier modo, el candidato del FpV argumentó que la inclusión y las políticas económicas son el primer requisito para abordar delitos. Y diferenció al narcotraficante del adicto. Fuera de esa diferencia con un adversario buen punitivo, primó un paradigma represivo y una serie de guiños al sentido común más rancio. Macri sólo habló del paco como flagelo y principal problema. Hay otras drogas que se venden, hay otros estamentos sociales que los consumen. El paladín de Cambiemos los dejó de lado.


“AD” dejó su sello proponiendo subtemas en los cuatro ejes que se discutieron. La enunciación sola tomaba cosa de treinta segundos, lo que demuestra por contraste qué difícil es hablar en serio en dos minutos. Otra diferencia con debates anteriores fue que se cortaba el sonido a quien excedía su tiempo, a la manera de Intratables pero con ceño adusto, modales de juez y sin barullo.

Los moderadores fueron varones porque la ONG no acogió justos reclamos y propuestas para que hubiera representación de género. Lo establece la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y antes que ella las reglas de convivencia y de corrección política. Las ONG que predican apego a las normas no las honran o tercerizan su cumplimiento a la voluntad de los canales que pusieron moderadores viriles, que discriminaron sin rubor. Solo hubo dos mujeres que entraron al final: las parejas de Macri y Scioli, lo que los moderadores mostraron como un ejemplo del papel femenino. Un clásico de los debates norteamericanos y un deslizamiento del rol de la mujer poco estimulante.

Se aprovecha el párrafo para corregir un error de la columna “Varios debates en danza” publicada ayer en este diario. No es exacto que se excluyó a Canal 7 de la emisión del programa. Se presentan excusas por el error. Se aclara que AD no dejó que participara Adrián Paenza como moderador en representación de la TV Pública.


“Todo se hizo bajo escribano” remarcó y repitió uno de los moderadores. La frase no es muy precisa pero inteligible si se pone buena voluntad. Las normas, el reloj, las restricciones signaron el ejercicio que siempre suma. Ojalá se repita o hasta institucionalice legalmente.

Muchos de los dictámenes acerca de “¿cómo salió?” estaban escritos de antemano, podrán verse en medios de toda pertenencia. Para otros será más difícil expedirse o ser drástico.

El impacto cultural está logrado aún con los matices críticos que puede merecer el ejercicio. La influencia sobre el veredicto electoral es históricamente difícil de calibrar. Los estudios realizados en Estados Unidos, la cuna de esta disciplina política y de sus estudios, no arrojan conclusiones rotundas.

Una noche diferente, en un domingo sin fútbol. Quienes mejor sopesarán para qué sirve son millones de personas de a pie que eligieron o pegarle un vistazo o dedicarle atención plena. Las redes sociales ardieron, un microclima vibrante aunque restringido.

Un paso adelante, en promedio, aunque seguirá habiendo quien piensa que los dos proyectos que se enfrentan dan para más que un programa de una hora y media (quince minutos más que lo fijado, enhorabuena) al que habría que descontar dos pausas, las intervenciones de los moderadores y sus autoalabanzas, que (nobleza obliga) fueron módicas.

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