EL PAíS › OPINION

Derechos humanos

Por Julio Alak *

El 24 de marzo es una fecha de dolor y memoria para los argentinos. También, una alegoría de la resistencia y la certidumbre de un grito. Nunca más. Hace 28 años sufrimos por primera vez las consecuencias del terror organizado. Un holocausto que se llevó miles de vidas, arrasó con las instituciones del estado de derecho y sembró miedo, parálisis y mordaza en el resto de la sociedad. Todo el país se volvió un campo de exterminio. La ciudad de La Plata, de tradición universitaria y vocación rebelde, fue una de las más golpeadas por las bandas paramilitares. Un grupo de chicos secundarios se transformó para siempre en un icono de la barbarie más cruel de aquellos años. Ellos alumbraron una leyenda. Fue la de “La noche de los lápices”. El reclamo de un boleto estudiantil, es decir el ejercicio de un derecho casi elemental, los llevó a la tortura y la muerte. Por aquellos años trágicos los argentinos incorporamos al vocabulario político una palabra que hasta entonces tenía otro significado. Surgieron los “desaparecidos”, metáfora cruel del asesinato impune ejecutado por el terrorismo de Estado. Sin embargo, el sacrificio no fue en vano. Sobre la sangre y la muerte, en homenaje a sus memorias, generamos una innovación creativa en nuestra cultura política. Así fue como los derechos humanos, que no tenían registro práctico hasta entonces en nuestra sociedad, irrumpieron en la escena y modificaron para siempre los contenidos y esencias de la política. En 1916 habíamos conquistado los derechos cívicos con el radicalismo yrigoyenista. A partir de 1945, con el peronismo histórico, fue el tiempo de los derechos sociales. El régimen feroz de la dictadura creyó que con la matanza bastaba para cercenar las conquistas populares de medio siglo. Error de cálculo. Los genocidas no contaron con la memoria como arma de la resistencia popular. No contaron con el coraje pacífico de las Madres. Ni con el poder de fuego de sus pañuelos blancos acusadores. Y aquí están ellas ahora. No las anima la venganza, sino la justicia. Y no en su versión formal sino amplificada como justicia social. Su escudo no es el rencor, es el de la reparación histórica de una generación. Hoy podemos decir que los derechos humanos son materia cotidiana de los argentinos. Son miles y miles que ya no están, pero que sin embargo han vuelto. Van primeros en la fila. Llevan las banderas de la vida y de la libertad. Y que, como el Cid Campeador, el Nunca Más ha ganado batallas después de las sombras de la muerte. Esas almas militantes ya no son NN. No están desaparecidas. Han vuelto a la vida cívica como símbolo de los derechos humanos ultrajados un 24 de marzo de hace 28 años. Ahora tienen nombre propio. Se llama Esperanza.

* Intendente de La Plata.

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