EL PAíS

La Comuna, Rosas y Cané

 Por José Pablo Feinmann

Planteo



Uno puede preguntarse: ¿no se escribió ya bastante sobre la Comuna de París? Uno puede preguntarse: ¿no se escribió demasiado sobre Rosas? ¿No hay temas más urgentes en el país? Difícil saberlo. Hay algunas certezas: nunca se habrá escrito lo suficiente sobre nada. Cada época impone una relectura. Cada situación mira desde su ineludible, irreemplazable punto de vista. Además, aquí no se escribirá sobre la Comuna, sobre Rosas y sobre Cané: se escribirá sobre todo eso a la vez; raro que se haya hecho muy habitualmente. En cuanto a la urgencia de los temas, ¿quién los establece? Creo que leer sobre la Comuna llevará al lector a recordar las asambleas del 2002, sobre todo la de Parque Centenario. Leer sobre Rosas –sobre el Rosas anciano, el farmer de Southampton– nunca viene mal, ya que son pocos quienes trataron bien ese tema. Y escribir sobre Cané será útil porque fue un mal bicho y los malos bichos existirán y hasta sobrarán eternamente.

Se verá que asumimos estas líneas con cierto aire culposo. ¿No desviaremos la atención del lector con estas cuestiones? Una certeza nos alienta: nada del otro mundo está sucediendo en el país. ¿Lo de las papeleras? Ufa con las papeleras. Ya se arreglará. Y si arruinan el Mercosur por esa cuestión será mejor que guardemos bajo siete llaves la utopía de la unidad latinoamericana. Está el tema del señor K y la oposición. Sería un tema si hubiera oposición. Al no haber oposición, sólo queda el señor K y al señor K todo le sale bien. Hasta Morales Solá (ahora) lo quiere y le pone en cursivas palabras que parecieran brotar del más hondo pozo de la sabiduría. Bien por Morales Solá: es, en rigor, casi imposible hablar con el señor K y no ser seducido. O sea, el periodista de La Nación fue –como lo es– honesto. Queda, sí, como tema, el señor K. ¿Qué decir sobre él? Que todo está bien, pero el ingreso no se distribuye. Si esto no sucede lo que sucede es el hambre, la pobreza, la asombrosa desigualdad; aunque bajen los índices de desocupación. Cierto es que el señor K está harto de que uno le diga estas cosas, que, acaso abusivamente, le decimos desde hace tres años. ¿Qué pasará que esto no se hace? No es nada del otro mundo: se trataría de meter la mano en los bolsillos saturados de los muy- muy-muy ricos para darles algo a los muy-muy-muy pobres. ¿Cómo? Muy simple: hay que reimplantar el impuesto a la herencia que eliminó Martínez de Hoz, gravar la renta financiera, las transferencias de capital, modificar el IVA para los consumos populares (reducirlo drásticamente) y, entre otras cosas, subir el mínimo no imponible. ¿Que habría inflación? No: la inflación la produce la ausencia del proyecto redistributivo. ¿Que esta política económica le daría una causa a la oposición? ¿Qué oposición? Y si apareciera (una oposición en serio: los grupos económicos), ¿qué se pretende? ¿Gobernar sin oposición? ¿Hacer tortilla sin romper huevos? En suma, todo esto está muy claro. (Bastará, a lo sumo, ahondarlo en otra nota.) ¿Qué queda? La Comuna de París, Rosas y Cané. Que es lo que queríamos demostrar.

La Comuna de París



La batalla de Sedan resuelve la guerra franco-prusiana a favor de Prusia. Napoleón le petit (nombre que le adosó Victor Hugo) es apresado por Bismarck y el canciller de hierro se dedica a pulverizar la Francia. En principio, toma prisioneros a la casi totalidad del ejército francés. ¿Entrará a sangre y fuego en el París de las cocottes y los bohemios que alimentarán la imaginación de Verdi y de Puccini? Bismarck parece decidido a todo. Alemania ha logrado muy tardíamente su unidad nacional y la guerra habrá de consolidarla. Ya lo decía el viejo Hegel (a quien Bismarck conocía lo suficiente): la guerra une a los pueblos. Los griegos se consolidaron con la guerra de Troya y los poemas homéricos. Así las cosas, Bismarck se dispone a devorarse París. ¿Qué habrá de hacer Thiers, el ilustre político que ha quedado al frente de la defensa nacional? (¿Vio que esta nota era interesante?) Desesperado, Thiers distribuye armas a todos los ciudadanos. La medida le parece heroica. ¡Ya verán hasta qué glorioso extremo el pueblo de París sabrá defender su amada ciudad! Pero Thiers no demora en advertir un grave problema: al entregarle armas al pueblo de París ¡ha armado al proletariado francés! Marx lo dice: “París no podía ser defendida sin armar a su clase obrera (...) Pero París en armas era la revolución en armas. El triunfo de París sobre el agresor prusiano habría sido el triunfo del obrero francés sobre el capitalista francés y sus parásitos dentro del Estado” (Marx, La guerra civil en Francia, 30 de mayo de 1871).

Thiers huye de París y se refugia con los suyos en Versalles. De Thiers, suelen decir los libros de historia: “Louis Adolph Thiers fue uno de los grandes estadistas franceses del último siglo. Era pequeño, despierto, infatigable. Elegido presidente de la República se consagró apasionadamente al restablecimiento ‘de este noble herido que se llama Francia’”. De Thiers, dice Marx: “Thiers, ese enano monstruoso” (ibíd). En la Francia anterior a la Comuna “la miseria de las masas se destacaba sobre la ostentación desvergonzada de un lujo suntuoso, falso, envilecido” (Marx, ibíd.). (¿No es ésta una descripción del menemismo?) Para terminar con esta situación es que los comuneros se apropian del Estado, arman sus milicias y todos (hombres y mujeres) “toman el cielo por asalto”, según –bellamente– dice Marx en una carta a Kugelman de abril de 1871. Entretanto, Thiers, desde Versalles, le dice a Bismarck que le devuelva los soldados que ha tomado prisioneros. ¡París está en manos del proletariado! clama. Y Bismarck entiende: ¿qué significa una guerra entre naciones ante el peligro de una república obrera? Hay que extirpar ese tumor, aniquilar esa peste, ese horrible ejemplo para los restantes proletarios, del mundo. La guerra nacional entre Francia y Alemania se deja de lado y ambas naciones emprenden la guerra social contra la Comuna. Bismarck le devuelve a Thiers sus prisioneros y ahora Thiers tiene un ejército. Mientras, en París, en el París de la Comuna, se viene el “zurdaje” en serio. Los comuneros eligen consejeros municipales por sufragio universal en los distintos distritos de la ciudad. Son responsables y revocables en todo momento. Se despoja a la policía de sus atributos políticos. Se la convierte en instrumento de la Comuna, también revocable en cualquier circunstancia. Escribe Marx: “Una vez suprimidos el ejército permanente y la policía, que eran los elementos de la fuerza física del antiguo gobierno, la Comuna estaba impaciente por destruir la fuerza espiritual de la represión, el ‘poder de los curas’, decretando la separación de la Iglesia del Estado (...) Los curas fueron devueltos a la vida privada, a vivir de las limosnas de los fieles, como sus antecesores, los apóstoles. Todas las instituciones de enseñanza fueron abiertas gratuitamente al pueblo” (Marx, ibíd.). “El día 6 de abril (se) sacó a la calle la guillotina y se la quemó públicamente, entre el entusiasmo popular. (...) El 16 de abril, la Comuna ordenó que se abriese un registro estadístico de todas las fábricas clausuradas por los patrones y se preparasen los planes para reanudar su explotación por los obreros que antes trabajaban en ellas” (Friedrich Engels, Introducción a La guerra civil en Francia). Y los comuneros siguen: declaran abolido el trabajo nocturno, ordenan la clausura de las casas de empeño y el 5 de mayo disponen abolir la Capilla Expiatoria, que se había erigido para expiar la ejecución de Luis XVI, ejecución que los comuneros, retomando lo más álgido y extremo de la Revolución Francesa, no tenían interés alguno en expiar. Thiers estalla de furia. ¡Hagamos algo, ya!, le dice a Bismarck. Y Prusia y la Francia de Thiers se unen para aniquilar a sangre y fuego a la Comuna. “El hecho sin precedentes (escribe Marx) de que en la guerra más tremenda de los tiempos modernos, el ejército vencedor y el vencido confraternicen en la matanza común del proletariado, no representa, como cree Bismarck, el aplastamiento definitivo de la nueva sociedad que avanza sino el desmoronamiento completo de la sociedad burguesa” (ibíd.). No fue así. La historia no fue por estos caminos que Marx anhelaba en medio de su entusiasmo por las luchas obreras de su tiempo. Como sea, la Comuna queda como un hecho social y político fascinante y parte de esa fascinación se debe a la prosa encendida, brillante de ese viejo y venerable “zurdo” del siglo XIX, el entrañable hombre del British Museum.

La Comuna, por decirlo brevemente, es aniquilada hasta la raíz. El ejército de Thiers despliega un sadismo nunca visto. Una mujer, desesperada, clama por su vida ante el sanguinario general Gallifet (impecable antecesor del coronel Varela de nuestra Patagonia) y Gallifet le dice: “Madame, conozco todos los teatros de París: no se moleste usted en hacer comedias”. Eric Hobsbawm escribe: “¿Quién sabe la cantidad de miembros de la Comuna que murieron durante la lucha? Los mataron ferozmente a millares después de ella: los de Versalles (Thiers) dijeron 17.000, pero la cifra no es posible que sea más que la mitad de la verdad” (La era del capital) Crítica, p. 178). O sea: 34.000 muertos. La Comuna había durado desde el 28 de marzo, cuando se proclamó, hasta, pongamos, el 21 de mayo, día en que las tropas de Thiers entraron en París.

La fuerza del Restaurador



Desde su refugio en Southampton, el farmer (leer ya, quien aún no lo haya hecho, la novela de Andrés Rivera que lleva ese nombre) monta en cólera: “La plebe sigue su camino insolente”. La existencia de “La Internacional” le resulta abominable: “Sociedad de guerra y de odio que tiene por base el ateísmo y el comunismo”. ¿La solución? Una “Liga de las naciones cristianas, del tipo de la Santa Alianza, y presidida por el Papa”. Sin embargo... Sin embargo, el viejo estanciero pampeano, protector de los pobres del Plata, asoma en algunas reflexiones del anciano farmer: luego de calificar de insolente a la plebe reconoce que “los gravámenes continúan terribles. Los labradores y arrendatarios sin capital siguen trabajando sólo para pagar la renta y las contribuciones. Viven así pidiendo para pagar, pagando para pedir” (las citas son del Rosas de Ibarguren). No hay caso: Rosas era un maldito populista, un distribucionista, un tipo que eliminaba el conflicto de clases, un estanciero al fin. Pero era más piadoso con “la plebe” que ese “moderno” hombre de la “organización nacional” que fue Cané.

Cané y la ola roja



Desde París, ya otra vez el París de las cocottes, los bohemios y los flâneurs, Cané escribe a su madre: “Lo que me revienta es el populacho canalla vociferando en las calles”. Y en un conocido texto que lleva por más que expresivo título La ola roja vocifera contra los avances del movimiento socialista. De esta forma, este cavernícola del Plata, este dulce autor de las páginas inmortales de Juvenilia, ese texto que todos hemos leído en nuestros años escolares, sin sospechar ni saber nada del paranoico que lo había escrito, “se inclina instintivamente hacia soluciones policiales que no excluyen las implementadas por Thiers en la sangrienta represión de la Comuna de París” (Oscar Terán, Vida intelectual en el Buenos Aires de fin de siglo (1880-1910) FCE, p. 46). No creo, como Terán, que la admiración de Cané por Thiers sea “instintiva”. Hay una elección lúcida por la represión de Thiers. ¿O no se prolonga la represión de la Comuna en la Ley de Residencia que Cané busca imponer (y luego lo logra) desde 1899? No sólo se reprime con las armas. Los hombres del ’80, que detestaban a la “chusma ultramarina”, a los “pestilentes anarcosindicalistas”, hicieron leyes para someterlos y cuando fue necesario dejar las leyes a un lado, no vacilaron en hacerlo.

Final



Se agotó el espacio. Significa esto que no podré sacar las conclusiones de todo lo escrito en esta nota. Algunas están en el texto; otras, entre líneas. Y tal vez esto sea bueno. Las conclusiones quedan en manos del amable lector que ha llegado hasta aquí. Por ahora, sólo esto: hay que redistribuir, la Comuna intentó acaso mucho y la ahogaron en sangre, no habrá que proponerse “tomar el cielo por asalto sino avanzar de modo gradual”, pero avanzar. Rosas tenía más piedad por la plebe que Cané y, por esta vez, nada más.

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