En un mundo de insaciable hambre informativa, el rumor es el rey: con más fuerza que cien avalanchas, una teoría, una hipótesis o un dato deformado pueden llegar a avergonzar, ridiculizar o poner en aprietos al científico más austero. Así ocurrió hace setenta años –cuando la hipercomunicación aún era un sueño lejano– con el paleontólogo George Gaylord Simpson, cuyas investigaciones fueron tergiversadas hasta el ridículo; y ocurre cada vez que, para una pluma maliciosamente inspirada, el sensacionalismo y el retoque son más importantes que la verdad, árida y lacónica, pero verdad al fin.