EL PAíS › OPINION

Mucho conflicto, poco problema

 Por Eduardo Aliverti

La sensación política dejada por el último par de semanas es la de un país con crecientes grados de conflictividad. Pero si nos ponemos de acuerdo en que “conflicto” no tiene la misma estatura que “problema”, veremos que no hay tal cosa.

El clima viene abonado por registros informativos de diferentes áreas. Una de ellas es la puja salarial, basada en algunos de los sectores más dinámicos del empleo en blanco (con suerte, un tercio del total). Y tuvo el ingrediente del gremio de los camioneros, cuya capacidad de presión a partir de la amenaza de un país paralizado si van a la huelga, aquí y en casi todo el mundo, es prácticamente inigualable. Otra son las andanzas de la llamada “patria ganadera” en torno del precio de la carne, bajo la extorsión histórica de que el campo es quien salva a la Argentina. Una de las formas de la violencia oligárquica.

Y siguen el catch por el nombramiento del nuevo rector de la UBA; la polémica por las condiciones de trabajo de los bolivianos; la aparición de un nuevo bloque en Diputados, que junta a toda la resaca habida (¿y por haber?) de duhaldistas, menemistas, macristas, adolfistas, y la vuelta del corte de puente en Gualeguaychú. Una nutrida ensalada. Apta para que se confundan los idiotas útiles y para que los medios encuentren temas con los que seguir mostrando que hay noticias. Pero no es verdad, si noticia es novedad.

La presión por el salario, motorizada por algunos sindicatos de los trabajadores “orgánicos”, es en realidad una pelea hacia dentro de la familia peronista. Sirvió, de todas maneras, para que el gran empresariado y sus voceros periodísticos desataran una campaña contra los riesgos inflacionarios del aumento de sueldos (la menor de las “novedades”). Hugo Moyano, punta de lanza de la estrategia oficialista para contener desde la CGT a las bases más combativas, ya había recibido del Gobierno todas las prebendas que son de imaginar, y un poco más también. Kirchner, peronista al fin, lo sentó y le dijo “hasta acá”. Todos comen perdices. Capital y trabajo unidos en su responsabilidad social. Y quienes no tienen capital ni trabajo digno ni trabajo a secas quedarán para otro momento. Lo que importa es la construcción del imaginario acuerdista desde el poder de mando.

Lo de la UBA no interesa más que a una parte de la comunidad universitaria porteña, entrampada entre un candidato con antecedentes dictatoriales, más un presente de clientelismo ucerreísta, y unos grupos cuyo testimonialismo a ultranza sólo les sirve para impedir asambleas generales. Nadie diría tampoco que eso es novedad, seriamente. Lo de Gualeguaychú, por mucha cosquilla que provoque estar arriba del ring con los uruguayos, no pasa de la costa este de Entre Ríos si se lo ve desde el interés de la mayoría de la población. Los bolivianos en condiciones de semiesclavitud dejarán de ser “noticia” en pocos días: carecen de algún Blumberg que los acompañe, porque no sensibilizan a las franjas medias susceptibles de enardecerse con las tragedias de los rubios de ojos claros. Y la movida parlamentaria de las viudas peronistas, en términos de poder real, no es más que eso. Este último dato, sin embargo, deja algún espacio para identificar al esqueleto político del momento argentino.

Llámesele monarquía presidencialista gracias al poder creciente del matrimonio presidencial; o autoritarismo panperonista gracias a ambos y al pequeño entorno que los rodea; o variante reformista y discursivamente progre del capitalismo criollo, hay la realidad (a uno le parece que irrefutable) de un polo nucleado en torno del distribucionismo populista. Y enfrente, las sobras de una derecha desprestigiada, conservadora a más no poder; que no tiene partido ni líderes; y que gracias si se junta desde algunos chirolitas de prensa, algunos intereses agropecuarios y alguna inquietud institucional, tipo Consejo de la Magistratura o acumulación de poder de algún ministro. Por ahora, no hay nada más. Y todo se licua hacia adentro de esa lógica sistémica, entre lo que llamaríamos conservadores de izquierda y conservadores de derecha. Los primeros gozan de una instancia internacional excepcionalmente favorable, que les permite una repartija social suficiente al cabo del estallido 2001/2002, y los segundos, políticamente, padecen lo mismo que los primeros gozan. Chau, por el momento. No hay más.

Se ha dicho por estas horas que el Gobierno, con sus acuerdos salariales, logró evitar una de las postales más temidas, que es/era la de turistas con anteojos negros y malhumor, jaqueados en Semana Santa por los conflictos gremiales. Es buena foto de los componentes en juego. Nada de que los ciudadanos que pagan impuestos se molesten, que encima arrecian las elecciones del 2007. Lo demás, desde bolivianos a Tartagal y desde el periodísticamente desaparecido clima de represión en Las Heras hasta lo que se quiera del interior profundo del sistema, se arregla con la Banelco o con la indiferencia de la sociedad que quedó adentro del mapa.

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