EL PAíS › EL LANZAMIENTO DE LAVAGNA DESATO LA COMPETENCIA ENTRE LAS FUERZAS OPOSITORAS

Demasiados aspirantes para ocupar un solo sillón

La aparición del ex ministro convertido por Alfonsín y el duhaldismo en la cabeza de un frente opositor conmocionó a los principales contendientes del Gobierno, que salieron a criticar al recién llegado a sus filas. Una preocupación compartida desde Carrió al PRO.

La irrupción de Roberto Lavagna como (¿filo? ¿pre?) candidato a presidente alteró lo que venía siendo monótono tablero de la política nacional. El Gobierno reaccionó prestamente con su cartilla habitual contra sus críticos, aunque quizá no sea la más adecuada para el caso. Para la oposición detonó una crisis, que a veces incluye el encanto de la oportunidad. La conducción del radicalismo (a cuya cabeza volvió a ponerse Raúl Alfonsín) y el duhaldismo que persevera en la oposición se galvanizaron por el portento que lo dota de un horizonte electoral del que carecían. El resto de la oposición se mostró lenta de reflejos. Recién ahora empieza a desperezarse. Elisa Carrió fue drástica, identificó al ex ministro con “el régimen” y se hizo cargo de que puede restarle votos en 2007 (ver aparte). Colocado en el centro del escenario, Lavagna parece muy divertido, aunque cuesta imaginar que pueda sostener su hiperpresencia mediática durante mucho tiempo. Bastante desparramo ya hizo, cambió las reglas del juego y le birló el manejo de la agenda a Kirchner así fuera por unos días. Peronista tenía que ser.

La dirigencia peronista y radical que se alió a Lavagna pasó de la agonía al éxtasis sin escalas. Una recorrida informal entre dirigentes alfonsinistas o duhaldistas le da a cualquier cronista la oportunidad de toparse con ex protagonistas que venían muy escorados y que ahora levitan, atribuyéndose ser los padres de la criatura.

Compañeros, correligionarios

El diagnóstico previo para los duhaldistas y los radicales que no se pasaron al kirchnerismo era terminal. Ahora, pueden ilusionarse con que viró drásticamente. La perspectiva de un armado nacional con un referente no piantavotos les abre la chance de rehabilitar sus estructuras partidarias, de convocar a sus compañeros y correligionarios con cierto predicamento en los distritos, de evitar la desaparición. Mirado desde ese ángulo, aun moderando fantasías, sus ambiciones de mínima son mucho más modestas que las de Lavagna, que no se conformará con salir del pulmotor, en sustancia porque no estaba en él.

El duhaldismo expresado en el grupo El General es un grupo tan pequeño como homogéneo. Su aporte electoral y simbólico a Lavagna parece ser muy escueto. Acaso se validen, en el imaginario del candidato, dos dirigentes que aprecia desde hace años. El primero es Juan José Alvarez, con quien hicieron buenas migas cuando ambos integraban el gabinete de Eduardo Duhalde. Con Jorge Sarghini hay también confianza, aunque es dudoso que Lavagna sobrevalore sus dotes como economista o como operador político.

El radicalismo, en cambio, dinamiza su crisis con Lavagna, lo que no equivale a decir que la empeore.

Nada es imposible en las viñas del Señor, pero es muy improbable que los gobernadores de Santiago del Estero, Corrientes, Río Negro, Catamarca y Mendoza revean, en aras de la novedad de estas horas, la construcción de su también novedosa alianza con Néstor Kirchner. La ecuación de los radicales que gobiernan es distinta a la de los que están en el llano. En 2007 arriesgan posiciones sólidas, para retenerlas deben primar en sus distritos. El veinte por ciento, que para los radicales bonaerenses sabría a gloria, sería fatal para los boinas blancas de Mendoza o Río Negro. Competir de frentón contra el Presidente puede resultar devastador en provincias en las que se registra un alto margen de aprobación a Kirchner. La ecuación que vienen armando los operadores del Gobierno es unificar los calendarios electorales para que los dos partidos tradicionales compitan por la provincia pero lleven “por arriba” la boleta que impulsa a un pingüino (o pingüina) para Presidente/a. Desairar ese esquema puede implicar para los gobernadores radicales una riesgosa incertidumbre,acentuada por la pérdida del revitalizante calorcito que emanan las buenas ondas de un gobierno pródigo en obras públicas y acciones sociales.

En pos de su gobernabilidad y de su continuidad los gobernadores seguramente se quedarán donde están, aunque ahora podrían pensar en volver al redil, algo inimaginable un mes atrás.

Por “izquierda”, Margarita Stolbizer se pone a la cabeza de la crítica a la adscripción a Lavagna, que lapidó ayer en declaraciones públicas (ver aparte). Su coherencia ideológica es seguramente mayor que la de los otros dos sectores, pero es improbable que sea más premiada que las pragmáticas opciones de sus correligionarios.

Un día de paseo en Santa Fe

El socialismo reproduce, en menor escala, el clivaje que atraviesa el radicalismo. Hermes Binner es un prospecto muy razonable para volver a batir al peronismo en Santa Fe y arrebatarle la gobernación. Miguel Lifschitz, el intendente de Rosario, está en punta para conservar la intendencia de Rosario. Ambos están persuadidos de que 2007 es un año para arraigar posiciones locales, duramente ganadas, y gambetear lo mejor que se pueda el escenario nacional. En Binner la necesidad y el gusto se combinan: su olfato, las encuestas que consulta y su estilo lo inducen a no cuestionar a Kirchner sino muy espaciadamente y en temas específicos. Cultor de un modo respetuoso y sereno que es un oasis en la crispada cultura política dominante, Binner seguramente tratará de seguir como si nada después de la emergencia de Lavagna.

Pero la generalidad de los dirigentes socialistas del resto del país (y hasta su coterráneo Rubén Giustiniani) quizá se sienta tentada por enfilar tras Lavagna en un frente opositor.

Distintos capitales políticos, distintas lecturas del peronismo (la de Binner influida por su maestro Guillermo Estévez Boero), distintas estrategias en ciernes permiten augurar una polémica.

Esto no es Pro

Para Carrió y Mauricio Macri el reto es mayúsculo. Ambos venían atesorando el capital electoral de 2005, sin haber registrado mayor crecimiento pero tampoco mayores mermas. Es evidente que la acción parlamentaria es el mejor perfil de la líder del ARI y diluye el del presidente de Boca. De cualquier modo, desaparecido Ricardo López Murphy en la ciénaga del padrón bonaerense, ambos conservaban su rol de figuras emblema de la oposición. El discurso institucional (en el que Carrió se mueve con mayor soltura que Macri) los tuvo como compañeros de ruta. La votación sobre el diploma de Luis Patti, esto es la temática de los derechos humanos, los polarizó previsiblemente.

Carrió se luce en Diputados mientras Macri se aburre estruendosamente. Pero el jefe de Pro tiene una ventaja sobre Lilita: conserva su potencialidad ganadora en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La catalizan la diáspora de sus adversarios, la caída de Aníbal Ibarra, la interna entre Telerman y Alberto Fernández. Por añadidura, el activismo de Horacio Rodríguez Larreta y Gabriela Michetti disimula el ausentismo de Macri, algo que no se replica en el espacio nacional.

Para Macri la Capital es una chance y un riesgo. Cuentan sus allegados que su anhelo es ir por lo más accesible, que es la Jefatura de Gobierno. La presencia nacional de Lavagna puede incidir en su duda hamletiana, vaya a saberse cómo.

Superados en el día a día por la abrumadora iniciativa del Gobierno, validados como críticos pero sin haber instalado la sensación de ser una alternativa electoral viable, Macri y Carrió compartían con el oficialismo un quid pro quo que le dejaba a cada cual una parte del terreno, la del león para Kirchner. Lavagna cambia esa ecología, caracterizada por la sensación de un oficialismo imbatible. Su sola postulación obligaría a los líderes de Pro y del ARI a revalidar sus títulos, en una competencia que no esperaban, que no tienen perdida pero que los obligará a transpirar la camiseta.

Un sistema electoral de doble vuelta, con un oficialismo muy dominante, estimula al voto útil que agrupe al archipiélago de votantes opositores, una ley gravitatoria que el ARI y PRO no habían asumido del todo. Lavagna, con el ímpetu de un challenger, aspira a unificar ese electorado disperso, que seguramente dejará de lado sutilezas ideológicas para beneficiar al que más cosquillas le haga a Kirchner. El que parezca segundo, no ahora sino a mediados del año que viene, crecerá a expensas de los otros.

En estos días prima Lavagna. Lo inflan la voluntad, la buena imagen, su cercanía con la política económica del Gobierno que es un caudal favorable. Habrá que medir cuánto y cómo lo lastran sus aliados más fervorosos que no son, precisamente, grandes convocantes de votos en la actualidad. Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín lo remiten al pasado porque lo son y también porque así se lo espetarán Kirchner, Carrió y Macri. El futuro dirá si sus aliados de fierro no son un salvavidas de plomo.

La suerte no está echada, ni podría estarlo a más de un año de las elecciones. Pero las cosas se han puesto más interesantes, porque hay un nuevo postulante en la pista y porque la política aborrece el vacío. El escenario ha cambiado, el favorito sigue siendo el mismo pero tiene que precaverse mejor, el resto está por verse.

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Roberto Lavagna se lanzó de la mano de Raúl Alfonsín y el duhaldismo de Juan José Alvarez (abajo a la derecha). Mauricio Macri se queja y el socialismo de Hermes Binner (al centro) todavía no se definió.
 
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