EL PAíS

Conocerse en la cola

Uno es arquitecto, el otro terminó la carrera de Letras. Se conocieron hace una semana cuando esperaban en una cola del centro para vender parte de su equipaje de clase media. El arquitecto aún tiene trabajo, es empleado en una compañía de seguros pero, dirá, es un país donde todo el mundo necesita asegurarse pero nadie tiene dinero para pagar las cuotas. Resumen: también él, Eduardo Z. revisó su casa en estos días, encontró tres calculadoras científicas y lapiceras con la presencia suficiente como para ser vendidas. En tanto, Gastón López Dawling, el licenciado sin trabajo, hizo lo propio con lo que tenía: discos, cosas viejas y baratijas. Ahora volvieron. En una semana llevan dos subastas, ¿seguirán con una tercera?
“Y lo vendo sin remordimientos”, anuncia el arquitecto. “Yo antes de pedir prefiero estas cosas y no me ruborizan, si hoy no podés usar la tarjeta de crédito ni sacar un préstamo ¿qué vas a hacer?” En su caso, los gastos estrictos que dispararon ese canal de subsistencia alternativo fueron dos motivos: una operación de muelas de su mujer y el viaje de egresados de su hija que no cambió de escuela ni suspendió, lógico, el festejo del fin de curso. Gastón, en tanto, está ahí para conseguir el día a día. Y finalmente, como en los cuentos, tanta cola, tanta crisis, los puso en contacto. Ahora el arquitecto le da una tarjeta a Gastón: “Venime a ver –le dice–, el jueves hago una reunión con un grupo de trabajo”.

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