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El humor de Tinelli

 Por Susana Viau

Crónica TV suele emitir, con el agregado de la imagen, el programa que Marcelo Tinelli conduce por Radio del Plata. La semana pasada, los invitados fueron Miguel Angel Rodríguez y el Puma Goity, protagonistas de la tira Los Roldán, un producto de la factoría Ideas del Sur. La entrevista no es un género que a Tinelli se le dé del todo bien. Esta vez, no obstante, cumplió con el objetivo supremo de mostrar el alma de los entrevistados. Y sin que Tinelli se lo propusiera, el juego, el peligroso juego de abrir la boca, iba a revelar, por añadidura, la verdadera naturaleza del entrevistador. Todo empezó con la historia del trabajo que Goity consiguió mientras hacía el servicio militar. Se lo había propuesto un amigo del barrio, contó, hijo del dueño de una funeraria. Por entonces, él era un joven veinteañero y hermoso. La afirmación del interesado arrancó risotadas a Tinelli. El salario, agregó el Puma, era un auténtico chollo, algo así como dos mil pesos actuales por el turno de la noche. Es que la funeraria funcionaba bien porque trabajaba con los “NN” y la municipalidad pagaba esos servicios de maravillas, añoró Goity. A Tinelli, que no dejaba de carcajearse, la mención de los “NN” no lo sobresaltó. El “Ningún Nombre” no le sonaba a nada, no le daba ni frío ni calor. Ni siquiera se interesó por saber a qué épocas hacía alusión Goity, a qué filas había sido convocado el entonces servidor de la Patria. En cambio, una, con la cabeza que los años han ido llenando de suspicacias, educando en la desconfianza, haciendo recelar de fórmulas que dejaron de ser inofensivas, no pudo menos que sobresaltarse y calcular: sí, Goity debió haber hecho la colimba en esos tiempos terribles. La conjetura estuvo de más porque Goity lo aclaró al pasar, como si nada. Y como si nada lo escuchó Tinelli. El soldado Goity había pasado el año 1979 destinado en el regimiento de La Tablada. El cruce de esas dos coordenadas –NN y últimos tramos de los ’70– produce escalofríos, aunque los muertos anónimos no hayan sido hombres sin familia. Pero Tinelli estaba muy ocupado en reír.
Una madrugada, prosiguió Goity, lo enviaron a retirar un finado. Era en un circo. Lo recibieron, envueltos en llanto, los enanos. El enterrador se sintió metido en un espectáculo infernal, alucinante. “Debían ser tres o cuatro, pero a mí me parecieron miles. Nunca había visto algo así. Sollozaban y gritaban: ‘¡Qué tragedia! ¡Pobre Pinturita!’. En la puerta –continuó el actor– había una elefanta que también lloraba.” De acuerdo con el relato de Goity, y para hacerla corta, “Pinturita” estaba ensayando su número con la elefanta que, de pronto, tiró una patada descomunal. La pelota, arrojada con furia contra el pecho del adiestrador, rompió el esternón de “Pinturita”, el enano en jefe. Tinelli se desternilló. Rodríguez, que parecía conocer la anécdota, miró divertido a su compañero de tira y le pidió detalles. Goity, envalentonado por el éxito del cuento y transformado ya en un gracioso profesional, enhebró sus recuerdos. Rememoró cuando, después, trasladaron el cuerpo de “Pinturita” hasta la funeraria. Como no había cajones a la medida, resolvieron colocarlo en uno para “angelitos”. No era una tarea simple puesto que “Pinturita”, de niño, tenía sólo la estatura; el rigor mortis complicaba las cosas aún más. Entonces, continuó Goity, su amigo, el hijo del dueño, decidido a hacer entrar sí o sí a “Pinturita” en su último habitáculo, comenzó a darle puñetazos al cadáver. Golpeó y golpeó: “Le rompió las piernas. Lo quebró todo”, sintetizó, pero el cuerpo del enano acabó amoldándose al ataúd. A esa altura, Tinelli celebraba a los alaridos las extrañas aventuras de su empleado. Luego se recompuso y con la mano se limpió las lágrimas. Fue un gesto inútil porque volvieron a brotar en el momento en que Goity –tal vez dando rienda suelta a la pura imaginación– le explicó que se había visto obligado a alzar a los padres de “Pinturita” para que pudieran asomarse al féretro y despedirse de su hijo. El cerebro de Videomatch se dobló de risa sobre la mesa del estudio.
Ahora quedaba claro que la indiferencia de Tinelli ante menciones que harían dar un respingo a cualquier periodista no era el resultado de un déficit generacional, un borrón, un hiato en una pequeña porción de su cerebro. Es una forma de ser, una manera absoluta de ver la vida. Porque, ¿dónde está el chiste en el asunto del circo, la funeraria, los ritos y los desconsuelos? No en la elefanta, no en la muerte sorpresiva del domador. La sustancia inefable, la que llena de colores carnavalescos la despreciable descripción del crujir de huesos, lo que hace delirar a Tinelli y su troupe es el enanismo de “Pinturita”. Las minusvalías, las diferencias, las minorías (el prejuicio, el pensamiento vulgar al fin de cuentas), son el material que el productor utiliza como viga maestra de su curioso sentido del humor. En cambio, cuando Tinelli se pone serio lo desvelan dos temas excluyentes: la seguridad y los piqueteros. A los chorizos y a los que usan pasamontañas y palos para cerrarnos el camino a casa habría que ponerlos en caja, aunque para eso, desgraciadamente, haya que romperlos todos, como a “Pinturita”.

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