ESPECTáCULOS › LA INDIA ES EL PRINCIPAL PRODUCTOR DE CINE DEL MUNDO

La gran industria llamada Bollywood

La poderosa fábrica de sueños con sede en Bombay y un mercado de mil millones de espectadores produce 700 películas por año. “La boda”, de Mira Nair, es un film sobre la India, pensado para el mercado exterior.

 Por Mariano Blejman

Le dicen Bollywood, y es una conjunción entre Hollywood y Bombay. Allí se produce la mayoría de las películas de la India, una poderosa máquina de sueños que funciona a toda velocidad. Sus cifras sorprenden: produce unas 700 películas por año y se calcula que en un siglo se hicieron 40.000 películas para una masa de 1.000 millones de personas, en un país que aumenta su población 18 millones de habitantes por año. India es la primera potencia productora de cine del mundo, por delante de Hollywood, Hong Kong y Tokio. Los guiones de sus películas son más bien simples y tienen ciertos ribetes de humor. La mayoría mantiene una estructura similar: intercalan cinco o seis musicales durante tres horas –promedio de duración— que parecen recordar a las películas del Club del Clan donde mujeres y hombres corren por los bosques, escondiéndose detrás de los arbustos, entonando coros pegadizos y rimbombantes.
Estudios como RK Studio, Chandivali Outdoor Studio, Central Famous Kardar Studios llevan la delantera en cantidad de películas filmadas. Y es curioso, pero pocos pueden ingresar como visitante a esas fábricas, que se mantienen en el más cuidado de los secretos. A pesar de eso, este cronista pudo presenciar –y actuar como extra– el año pasado en Bombay en la película Akion Se Gozi Mare, cuya traducción sería algo así como Miradas como disparos. Allí se pudo ver que el cine no sólo transmite colores y olores, sino también valores y formas de entender el mundo. Durante más de un siglo ha sido una influencia cotidiana (al módico precio de un dólar) que ha dejado pocos asuntos sin tener en cuenta. Un túnel que mantiene unida la diáspora india por el planeta (cerca de 30 millones andan repartidos por Asia, Africa, Estados Unidos y Europa). Los políticos conocen su poder y utilizan los films para expresar sus ideas a través de la ficción. Para ser más conocidos, muchos dirigentes han llegado a actuar.
El cine indio está habitado por superestrellas, verdaderos héroes nacionales con olor a kistch milenario, que pueden ganar de dos a diez millones de dólares por film, una verdadera fortuna para la economía del país. Los actores y directores más cotizados llegan a filmar entre 200 y 1.500 películas en su carrera. Entre los más conocidos está Dharmendra, Rajendra Kumar, Manorama, Akshay Kumar, protagonista del cuento de hadas Lagaan (editada en Argentina en video por el sello Lk-Tel); o la delicada Tabu, que protagonizó hace poco Chandni Bar, insólita historia de una mujer en un bar de cerveza en Bombay. Sin embargo, las películas no duran más de un mes en cartelera: lo suficiente para que el mercado interno –uno de los más grandes del mundo– genere las ganancias necesarias para seguir filmando otra película parecida.
Los realizadores indios suelen tener dos obsesiones: una, buscar extras “de aspecto occidental”, que suelen salir de los hospedajes para turistas de la ciudad. Los extras, dicen ellos, son una especie de adorno necesario para que la película tenga más chic. La otra, es la de filmar exteriores en Suiza y –de no ser posible por los costos– en Australia, un lugar más económico, plagado de escenarios de película.
La primera película india (1913) se llamó Raja Harischandra. Relataba el cuento del Mahabarata y abrió el camino para las películas mitológicas. Hasta la Primera Guerra Mundial, Hollywood controló el 85% de la ficción en India. Pero con la llegada del sonido en 1931, se hizo Alam Ara y fue doblada al hindi y al urdu abriendo un mercado interno fabuloso. En 1934 se realizó Kismet (Destino) con Gyan Mukerji, hoy considerado el “molde” de los films actuales. Los atisbos de vanguardia aparecieron en Calcuta en el ‘50, cuando su estado West Bengal se hizo comunista, con Pather Panchali (Canción del Camino) producida con el apoyo del gobierno estatal. Pero el verdadero boom –que llegó a tener temporadas con 1.000 películasal año– fue en los ‘70. La maquinaria se hizo imparable cuando millones de espectadores se enteraron de que el mundo iba un poco más allá de Pakistán. Recién sobre el final del ‘90, la crisis de la industria se acentuó. Estados Unidos tradujo películas al hindi y las grandes producciones quedaron encajonadas. Los diarios locales denunciaron sin embargo que el dinero ilegal había financiado las películas de la década como Darr, Hum Aapke hain Kaun y Kaho Naa Pyaar Hai.
Aún hoy, el cine en la India sigue siendo cuestión de Estado. Hace poco, integrantes de la corriente Hindúes Conservadores de Benarés destruyeron los sets de una película que realizaba el director de vanguardia Deepa Mahta. La protesta se produjo al conocerse el contenido de su próxima historia: un afaire entre una mujer de casta superior con un hombre de casta inferior. Eso sí, ni siquiera Mahta se animó todavía a mostrar algo que es más que un tabú: al menos en el cine más comercial, dentro de la India jamás se ha visto un beso en la pantalla sino apenas su insinuación.

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El film de Nair luce lujos que no son los de la calle.
 
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