ESPECTáCULOS

“La boda”, una cultura en tono de comedia romántica

 Por Luciano Monteagudo

El enorme, caudaloso cine de la India, con su producción inconmensurable, pletórica de melodramas y comedias musicales (ver aparte), siempre fue un misterio para Occidente. Sólo dos cineastas alcanzaron una verdadera difusión lejos de las orillas del Ganges. A fines de los años ‘50, con la trilogía integrada por Pather Panchali, Aparajito y Apur Sansar, surgió la figura de Satyajit Ray, un humanista del cine celebrado tanto por Jean-Luc Godard como por Akira Kurosawa, por mencionar apenas el reconocimiento de dos de sus más grandes pares. Y a fines de los ‘80 apareció Mira Nair, ganadora de la Cámara de Oro del Festival de Cannes por la impronta neorrealista de Salaam Bombay!, una mirada que luego su obra posterior fue paulatinamente desmintiendo, en films como Kamasutra (1997), donde la directora se dedicó a reproducir un lujoso libro de estampas. Algo de eso hay también en La boda, la película ganadora del León de Oro de la Mostra de Venecia del año pasado, aunque debe reconocerse que ahora Nair ha afinado su oficio al punto de haber ejecutado una comedia amena y dinámica, tan deliberadamente accesible a todos los públicos que no permite sino sospechar de su autenticidad.
Concebida como un film coral, con toda una variedad de personajes girando alrededor de los laboriosos preparativos de una fastuosa fiesta de casamiento, La boda va echando pinceladas sobre los distintos miembros y allegados de los Verma, una familia próspera de Nueva Delhi de origen “punjabi” (los indios de la región del Punjaba, que desde su llegada a la capital, hace medio siglo atrás, han venido dominado la esfera económica y social de la ciudad). Los Verma son muchos, son gritones y temperamentales, como lo pueden ser tantas familias italianas o judías, por caso.
Está el padre, que no deja de quejarse de las complicaciones y los gastos que le causa ese matrimonio que él anhela más que nadie. Está la madre, dedicada a conciliar pacientemente todas las desavenencias y a apagar todos los incendios de la casa. Está la hija, la hermosa Aditi, que duda en aceptar ese matrimonio por conveniencia que fija la tradición, pero que está dispuesta a aprovechar sus últimas horas de soltera con su amante, un pomposo galán de televisión. Y hay una multitud de tíos, abuelos, primos y sobrinos revoloteando alrededor de la carpa que levanta un improvisado entrepeneur llamado Dubey, que tiene a su cargo la organización de la fiesta y que calma sus nervios comiendo... flores, más precisamente caléndulas.
El tono que predomina a lo largo de todo el relato es el de la feel good comedy, el de la comedia mayoritariamente romántica y levemente musical, con algunas escenas dramáticas (como la denuncia de abuso sexual que hace una prima de Aditi), pero que parecen apenas un guiño cómplice a la platea, como certificando el carácter moderno y progresista de la película, para luego poder seguir disfrutando de la vida y el canto. Las calles de Nueva Delhi asoman muy esporádicamente, como un torbellino que se impone con fuerza propia a la cámara, pero el film de Nair prefiereenclaustrarse en la casona familiar de los Verma, donde se habla indistintamente inglés, hindi y punjabi, y donde los problemas sociales parecen estar a años luz de distancia.
Hay algo en la forzada agilidad narrativa, en el espíritu deliberadamente cosmopolita y bienhumorado de La boda, en la estructura dramática que hace de la familia el núcleo de identidad de la película, que permiten asociarla al film italiano El último beso, de Gabriele Muccino, y, por qué no, también al argentino El hijo de la novia. En los tres, el fuerte color local, asociado a un modo de relato de consumo internacional, parece la llave con que este tipo de cine abre fácilmente las puertas de todos los mercados, cada vez más homogeneizados.

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Un film coral, con toda una variedad de personajes girando alrededor de una fastuosa fiesta de casamiento.
 
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