SOCIEDAD › TRABAJA EN UNA ESCUELA CORDOBESA, QUIERE CAMBIAR DE SEXO, Y NO PUEDE INICIAR EL TRáMITE

Una directora como director

Su nombre legal es Marcos Giordano. Prefiere que le digan Verónica. Quiere cambiar de sexo pero no tiene dinero. Sufre persecuciones en San Francisco, Córdoba, donde es directora de escuela.

 Por Emilio Ruchansky

“Es como si necesitara un trasplante y ya tuviera el donante, pero alguien traba todo el asunto. Así estoy, desesperada.” El destape de Marcos Giordano, en adelante Verónica, es un secreto a gritos en San Francisco, una localidad cordobesa cerca del límite con Santa Fe. Desde hace cinco años dirige un colegio y pide con urgencia una operación de adecuación sexual. Dice que recurrió a todos los organismos pertinentes, donde sólo cosechó promesas. “¿Y para qué querés un hueco?”, dice que le contestaron en una asociación que lucha por la diversidad sexual, que prefiere no nombrar.

“Yo sé que Córdoba es una provincia conservadora, y lo lamento por la sociedad: voy a debatir con todos, hasta con el Papa. Sé que tengo razón”, desafía en diálogo con Página/12. Desde que asumió como “director” del IPEM 315 (una escuela local, de 1700 estudiantes), Verónica ha sufrido intensamente el frenesí de la doble vida, con padres presionando para su alejamiento, pintadas discriminatorias y complots de colegas y autoridades escolares. Con 41 años y una carrera destacada, siente que ya no puede pelear en tantos frentes. “Me marginaron las instituciones”, comenta Giordano, que pidió ayuda hasta a la Unión de Educadores de la Provincia de Córdoba (UEPC).

Antes había consultado al Instituto Nacional contra la Discriminación y la Xenofobia (Inadi), el Ministerio de Salud provincial y la Secretaría de Derechos Humanos y Minorías, donde recibió un buen trato y la promesa de llevar su demanda a la Justicia. Pero no hubo avances. “No tengo plata como para viajar a otro país y operarme, además considero que mi caso es justo. Tengo psicodiagnóstico aprobado y una vida coherente con lo que estoy pidiendo”, dice Verónica, que siempre tuvo inquietudes sociales y se define como alguien “muy progre”. De hecho, su colegio es uno de los pocos que se animó a integrar a personas con capacidades distintas y ella, una y otra vez, les repite a sus alumnos: “El Estado no es nuestro patrón, es nuestro empleado.”

Su historia personal, cuenta, estuvo marcada por la segregación familiar. Tiene un solo hermano y desde algunos años no puede ver a su sobrino. Además, viene soportando una larga depresión y asegura que estuvo a punto de suicidarse: “Sigo adelante porque soy una persona con utopías, ideales, que quiere pelear por un mundo mejor. Mi modelo son las mujeres fuertes como Evita”. En 2003, cuando asumió la dirección de la escuela, comenzó su lucha por el derecho a la salud. Se investigó a sí misma, leyendo los manuales médicos que establecen que lo suyo es “la disforia de género” o el “síndrome de Harry Benjamin”. “Cuanto más avanzaba, más sentía que hablaban de mí y de mi historia”, comenta fascinada, como si recién acabara de cerrar uno de esos manuales.

En agosto de ese año, este diario reveló las desventuras tras su designación. Ayer, describió sus padecimientos al diario La Voz del Interior. La convenció María Laura Ferrero, una vecina y corresponsal del matutino cordobés con quien comparte sus padecimientos día a día. “Tengo que dar la batalla en los medios –asegura– porque el gobierno provincial no hace nada. Quiero que esto se debata a nivel nacional. La Constitución de 1853 decía que la única condición para que un funcionario ejerza su cargo es la idoneidad. Ojalá pasara esto en Córdoba...”. Verónica sospecha que no quieren ayudarla porque siempre tuvo una postura crítica ante los políticos y sus políticas.

En la provincia vecina, puntualmente en la ciudad de Rosario, hay muchos avances en el tema. El municipio esponsorea tres casos como el suyo y algunos diputados del Partido Socialista presentaron el año pasado un proyecto de Ley de Identidad Sexual donde se establece que no hay necesidad de pasar por la Justicia para operarse. Sin embargo, ella no planea mudarse. “Acá soy una pionera en este reclamo”, dice orgullosa. Mientras tanto, Verónica, que también es docente de Formación Institucional y Etica, jura que lo suyo es una mezcla de cansancio y urgencia. “Me siento muy vulnerable. Las miradas y las percepciones me están haciendo daño”, dijo a La Voz.

Verónica es creyente y no esconde su espiritualidad. Aunque está lejos de ser una feligresa, de esas que madrugan los domingos para ir a la iglesia, el nombre que eligió está inspirado en las santas escrituras.

Es el personaje evangélico que secó con un sudario de lino el rostro ensangrentado de Jesús en su Vía Crucis. Simboliza la compasión y la bondad, en medio de la brutalidad de los soldados y el temor de los discípulos. Todas las mañanas, cuando llega a su trabajo, esta docente espera que una mano le devuelva el maquillaje a su rostro y termine con su doble vida. “Necesito mirarme en el espejo y ver lo que yo siento –confiesa—. Hoy no veo lo que siento.”

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Verónica lleva adelante la escuela IPEM 315, de San Francisco, de 1700 alumnos, hace cinco años.
Imagen: Gentileza La Voz del Interior
 
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