SOCIEDAD › SE SUSPENDIó EL JUICIO DE CROMAñóN TRAS LA DECLARACIóN DE CHABáN

“Yo me siento culpable, pero metafísicamente”

El empresario declaró durante tres horas, con un discurso extravagante y por momentos acalorado. Pidió que estuviera allí Ibarra. Luego recusó al tribunal. El juicio quedó suspendido hasta que se expida Casación.

 Por Horacio Cecchi

A veces conviene empezar por el final. Sepa comprender la licencia: después de declarar durante casi tres horas, Omar Chabán pidió que el Tribunal Oral 24 que lleva adelante el juicio por el caso Cromañón se apartara por prejuzgamiento, porque la causa está cercenada (“faltan responsables”), por sentirse ya condenado y porque no lo estaban escuchando. El Tribunal decidió rechazar el pedido, elevar la decisión a la Cámara de Casación –como quien dice, un pedido de aval desde arriba– y suspender el juicio hasta que el tribunal superior resuelva. La decisión tiene fecha: si supera los diez días hábiles el juicio automáticamente se cae y hay que reiniciarlo desde cero.

Antes, durante esas casi tres horas de declaración, Chabán deslindó, distribuyó, descargó responsabilidades, levantó el tono, levantó más el tono, y aún más. Citó a Heidegger y Sócrates, Ibsen y Foucault, Poe y Freud, Lucrecia Martel y él mismo. Describió al juicio como una teatralización, a la Justicia como una maquinaria macabra, a los medios como una opresión y a la sociedad como bananera sin bananas. Banana Club. Dijo que quería ver sentados como acusados a Ibarra, a Rafael Levy (dueño del local) –“aunque sea tráiganme un clon, pero que yo lo vea”, dijo–, a la sociedad Lagartos (responsable de la habilitación), al SAME, a los inspectores que habilitaron el local en el ’97, “a los tres descerebrados que tiraron las bengalas”. “Yo me siento culpable, pero metafísicamente”, dijo.

“Soy un perejil, ¿por qué tengo que cargar la responsabilidad de otros?”, preguntó. Algunos familiares gesticulaban. Otros asentían con la cabeza, porque en el fondo quisieran que el reclamo de Chabán –que el banquillo estuviera más poblado– fuera realidad. En última instancia, entre tanto delirio, Chabán acertaba en su borrosa descripción: Cromañón era una instantánea social. Con una corrección estratégica: no se ubicaba adentro.

La sala estaba llena como en el primer día, lo que denotó el interés por la declaración. El sector prensa aparecía cubierto casi por completo. Es más, los Callejeros aparecían casi en su totalidad como no lo habían hecho salvo el primer día. Chabán quería decir sus verdades y más de uno estaba interesado en escuchar. A las 10.30, la presidenta del tribunal, Cecilia Maiza, lo invitó a sentarse junto al estrado. A Chabán le llevó cuatro viajes de acarreo de carpetas, papeles, un libro, recortes de prensa, demostrar que, una vez más, su marca indeleble es la diferencia.

Se sentó. Acercó su mano al micrófono, probó sonido, golpeteó, “hola”, dijo y empezó. ¿Qué cosa? ¿El show de su declaración? ¿Su denuncia sobre la teatralización del juicio? Difícil saberlo, difícil deslindar entre su personaje, su realidad y la estrategia de sus abogados.

Chabán empezó apartándose de la imagen de monstruo que según él instalaron los medios con ayuda de la “dictadura del dolor”, como describió una vez a lo largo de su sinuosa declaración en clarísima referencia a la presión que ejerció el reclamo de los familiares de las víctimas, algunos de ellos desbordados, a través de la información periodística. Dijo que el dolor presionó a la Justicia. ¿Será el dolor o la inquina social ante la acostumbrada inercia judicial lo que obliga a un tribunal correcto a caminar con pies de plomo en una causa que lleva corrales policiales, blíndex de separación, revisación de armas, temor evidente a un desborde, y ahora pedido de aval de un tribunal superior?

Chabán dijo que el juicio se llevaba en la misma sala en que se realizó el Juicio a las Juntas e intentó un efecto aunque resultara excesivo. “Aparezco como culpable de un delito de lesa humanidad”, dijo y agregó “pero yo no maté a nadie, no golpeé a nadie, no disparé, no tiré bombas, no fui guerrillero, no fui nada”. A esa altura, alrededor empezaban los gestos, las miradas de sorpresa, el gesto de preguntas con la yema de los dedos (“¿Y éste a dónde quiere ir?”) y se miraban los familiares, mientras los jueces seguían atentamente la declaración. Interrumpida en muchas ocasiones con un “ustedes disculpen, excelentísimo tribunal, sepan disculpar, no pretendo insultar”, y comentarios por el estilo que anticipaban, casi como un calco, una disonancia, alguna expresión algo urticante, que “sociedad bananera”, que “juicio teatralizado”, que “Justicia macabra”. ¿Anzuelo para la reacción del tribunal que justifique la recusación?

Básicamente Chabán talló sobre tres ejes supuestamente delirantes pero claves en su estrategia: la de-sinformación periodística, la presión de los familiares y, como resultado, el “cercenamiento de la causa judicial”. Erró en su forma, en el seudodelirio. Paseó al tribunal por citas a Heidegger, se comparó con Sócrates o con el doctor Thomas Stockman (personaje principal de El enemigo del pueblo, de Ibsen), citó borrosamente al Vigilar y castigar de Foucault, no recordaba el título de La carta robada de Poe en alusión a la verdad a la vista y que nadie ve, habló de Freud sin claridad y citó una entrevista reciente a la cineasta argentina Lucrecia Martel en la que habla sobre la máscara del miedo a lo monstruoso. Corrigió a los medios que mencionan el incendio como una masacre, “tragedia”, dijo, y comparó el tratamiento mediático de Cromañón con el aparente cuidado en otros casos como el reciente de Spanair. Todo esto para demostrar la presión que se ejerce y que en lo real se concentra en su persona. Pruebas dijo tener. Una es muy simple: “Pasé 30 meses privado de la libertad. Fui el único en esta causa que estuvo preso”. Y al menos siete veces dijo que quería carearse con Ibarra, con Levy, pidió que estuvieran presentes los integrantes de la sociedad Lagartos, que estuvieran los “tres descerebrados que prendieron las bengalas”. Cuestionó las pericias, cuando dijo que los bomberos habían dado horas diferentes, los peritos arquitectos habían dicho que eran ventanas “cuando en el plano es evidente que eran paredes”, cargó contra el poliuretano y la ausencia de normativas al respecto, pese a que a él se lo estaba responsabilizando por su uso como si las hubiera habido. Levantó la voz varias veces. Dijo que el tribunal no lo entendía. No fue el único.

Es posible que Chabán haya hecho, a su manera, una certera descripción, una instantánea de la sociedad en Cromañón. Sólo que no se incluyó, no se reconoció como empresario, ni mencionó las supuestas coimas policiales, ni el supuesto interés porque entrara más gente de lo posible, ni que si él mismo advirtió sobre las bengalas tenía noción de lo que podía ocurrir.

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Imagen: Rolando Andrade
 
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