SOCIEDAD › UN ESPACIO GASTRONOMICO Y CULTURAL EN PALERMO

Como en Vietnam pero en Buenos Aires

Tapices, prendas con colores surrealistas, perfumes de especias y hasta un jardín de inspiración budista en la Casa de Vietnam, en un restaurante montado por un argentino en la embajada de ese país.

 Por Soledad Vallejos

Un hilo rojo, invisible pero inefable, conecta a quienes están destinados a encontrarse, y los va guiando el tiempo que sea necesario hasta cumplir con la profecía. Tal vez eso explique la magia detrás del aire asiático en el rincón menos esperado de Palermo: los percheros con géneros artesanales teñidos de colores surrealistas; los tapices que alguna vez bordaron nieta y abuela para que la segunda fuera pasando secretos únicos a la primera; el mar de hojas verdes por el que discurre un caminito de agua, que puede cruzarse atravesando un puente; los perfumes de especias llegadas directamente desde un territorio espigado, sembrado de montañas, leyendas, arrozales, tradiciones marítimas y pronósticos leídos en el vuelo de las libélulas. El rincón, que puede hacer olvidar a cualquiera el bullicio que transcurre a unos metros, lleva por nombre Casa de Vietnam y depende directamente de la embajada de ese país, pero nació de la terquedad de un argentino que, hace ya más de veinte años, apenas pisó Vietnam comprendió que era su lugar espiritual en el mundo, y se empecinó en hacerla conocer a cuantas personas se cruzaran en su camino. Aunque él fuera arquitecto y lo suyo fueran las restauraciones, aunque la gastronomía sólo lo reconociera como comensal, aunque difícilmente corriera sangre vietnamita por sus venas, Oscar Goldadler no pudo sino insistir hasta ver abierto este local, tan lejos de ese mundo de seres fantásticos y realidades terrenales. “Alcanza con viajar una vez, sea quien fuere: cualquiera se termina fanatizando”, dice como desafiante, y pareciera que un hilo rojo, disimuladamente, une algo muy profundo de ese país con el hombre que habla en este rincón del mundo.

Hadas y dragones

“Te encontrás con un espíritu de paisajes únicos”, agrega Goldadler mientras apoya sobre el platito un pocillo con café (Vietnam es el segundo productor mundial de granos) hecho a la manera tradicional: preparado individualmente, endulzado con leche condensada, de un sabor especiado. Es media tarde y algunas personas entran tímidamente para maravillarse con las prendas tradicionales que cuelgan de los percheros. Las hay de linos delicadísimos, de algodón a todas luces artesanal, de tejidos livianos e iridiscentes, que recuerdan alas de mariposas, de estampados geométricos bordados con precisión milimétrica y en colores de una vivacidad que difícilmente podría imitar algún tinte industrial. Definen siluetas con líneas rectas, con cortes netos: es la elegancia de una base trazada por lo mínimo indispensable, pero que recurre a delirios ornamentales cuando de dar carácter a una apariencia se trata.

Hay tintes colorados que parecen al borde del estallido, apliques de azul profundo, reflejos dorados a lo largo de una guarda, “y toda ésta es ropa que allá usan, eh”, cuenta Goldadler, mientras enseña la manga de una túnica para demostrar que no se trata sólo de una manera de decir que son ropas habituales: éstas, además, tienen un cierto cansancio, han sido usadas, pertenecieron antes a alguien. Es que, a sabiendas de que la representación diplomática en Argentina procura dar un pantallazo integral de lo que la cultura vietnamita significa, algunas personas conocidas de los funcionarios colaboran con donaciones de sus guardarropas y algunos objetos. De otra manera, los costos serían tan elevados que las prendas no podrían llegar, o deberían ofrecerse a precios astronómicos.

Todo aquí proviene de un país que para referir el gran relato nacional recurre a seres de los que la mayoría de los territorios carece, muy posiblemente para su infortunio. Dice la leyenda que Lac Long Quan, hijo de Dragón, no sólo tenía nobleza de carácter y fuerza sobrehumana, sino también la destreza y la precisión necesarias para ser admirado por sus victorias en batallas acuáticas.

Quiso la fortuna que casara con Au Co, bella hada, en una unión que hizo nacer una bolsa con cien huevos, que luego se convirtieron en cien niños: cincuenta de ellos fueron a vivir con su padre al mar; los otros cincuenta permanecieron con su madre, en las montañas. Uno de ellos, el mayor, con el tiempo se autoproclamó rey: para sí mismo eligió el nombre Hung Vuong, para su territorio, Van Lang, que mutó hasta convertirse en Vietnam.

Hadas y dragones, pero también tortugas doradas (como la responsable de la espada con la que el emperador debía luchar contra la invasión china) y libélulas con la habilidad de predecir lo que depara el tiempo: si vuelan al ras del piso, vendrán lluvias; si lo hacen en lo alto, saldrá el sol; en los dos casos, su prédica es benéfica para la cosecha.

Claro que Vietnam también fue el país con la primera universidad del mundo (la creada por los discípulos de Confucio), luego Indochina, y luego el mundo diseñado por Ho Chi Minh, y el pequeño que venció al gigante bélico apelando a tácticas de campesinos urgidos por preservar sus casas. Vietnam, hoy, está gobernado por el Partido Comunista, y entre tradiciones arraigadas y una geografía tan encantadora como de compleja administración, procura conciliar modernización con preservación de una identidad nacional diversa, tanto que está conformada por 54 etnias.

La hora de la cena

El dragón era tan grande que para descansar sobre la tierra debía repartirse: dejaba la cabeza en India, la cola en Japón y el cuerpo en Vietnam. Cuando se movía, aun cuando no fuera su intención, provocaba terremotos espantosos; no era posible convivir con él: quienes vivían en los lugares afectados debían hacer algo para terminar con eso. ¿La respuesta más práctica y poética? La de Vietnam: se construyó un puente a la altura de su corazón, para que cada uno, al cruzarlo, contribuyera a deshacerse del dragón mortífero. Cuando el animal finalmente murió, en su memoria y para honrarlo (porque a fin de cuentas era la fatalidad, y no su malicia, lo que había hecho necesario deshacerse de él), se decidió dejar el puente allí, y construir a su lado el templo del Dragón.

Se acerca la hora de la cena y una cítara resuena en el pequeño salón, armado a base de muebles de caña de bambú y presidido por la cocina. Algunos osados optan por hacer caso omiso del frío y se asoman al jardín, de inspiración budista, donde aguarda un puente: quien quiera puede cruzarlo y, tal vez, recordar al dragón. En una noche amable, incluso, se puede comer al pie del cruce.

Pero si hace frío, adentro aguardan los platos que, un rato antes, han llegado gracias a la colaboración de las que aquí conocen como “las señoras”: la mujer del embajador, la esposa del chofer y las consortes de otros funcionarios de la sede diplomática son quienes preparan, con sus propias recetas familiares (y con ingredientes llegados de Vietnam), los platos más complejos de la carta.

A eso hay que sumar lo que elabora la chef argentina, que además de terminar el emplatado de las delicias aportadas por las señoras sigue al pie de la letra lo que manda la cocina tradicional. ¿El resultado? Una cocina basada en bocados, salsas perfumadas y la premisa de que comer es compartir una elección de distintos platos: la democrática sopa que en Vietnam tanto puede comerse en las casas como en las calles (el Pho: fideos de arroz, carne de cerdo, verduras aromáticas, especias), los distintos arrollados en papel de arroz y acompañados por salsas sutiles (el Nem ram y el Nem cuon), brochettes de carnes marinadas, ensaladas vistosas (como la Ru xa lach: bock choy, lee-chi, brotes, tofu marinado, hongos, mango), refrescos en base a jengibre, jugos y también, claro, alcoholes que bien pueden ser fuertes.

La Casa de Vietnam queda en Gurruchaga 1776 (vietnam li fe. com.ar) ¿Llegar aquí es abrir una ventana a un mundo exótico? “Habría que desentrañar qué significa exótico antes –acota Goldadler—. Nosotros, como argentinos, seremos los animales más exóticos del mundo, no sabemos qué más hacer para que nos destruyan. Los vietnamitas, en cambio, nunca lo permitieron: en diez mil años resistieron 200 invasiones. Eso implica una gran fuerza espiritual, que tiene que ver con el cuidado del templo más importante de cada uno: el propio cuerpo, que es el templo de la vida, lo único que puede garantizar la continuidad de las tradiciones de sus ancestros.”

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Imagen: Sandra Cartasso
 
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