SOCIEDAD › DOS MINEROS DENUNCIAN LA FALTA DE SEGURIDAD

“Nunca alcanza”

Una empresa que ahorra costos, la avidez por llegar a las vetas de oro y la negativa a aceptar que un cerro ya estaba listo para el derrumbe.

 Por Emilio Ruchansky

Desde Copiapó

Los “papá mono”, como les dicen los mineros a sus jefes, se habían “enceguecido” con la mina San José. “Nosotros les decíamos que se venía abajo, a cada rato había desprendimientos en el cerro. Sabían que iba a pasar. A veces cuando estaba con la perforadora Jumbo tenía que parar porque veía que se me venía encima el techo, retrocedía y al toque caía”, dice José Rojo, que lleva 20 años de minero y cuatro en la mina San José. El día del derrumbe no trabajó porque su máquina estaba rota.

El horario de entrada a la mina era a las 9, había una pausa a las 14 para comer y volvían a las 15.30 y se quedaban hasta las 18.30. Antes del 2008 se trabajaba seis días y se descansaba uno. Después se pasó a otro turno: una semana de trabajo y otra de descanso. “No porque fueran buenos, sino porque no les rendía de la otra forma, no sacábamos el tonelaje de piedras que ellos esperaban porque terminábamos demasiado cansados”, aclara Rojo.

Por más que el cerro crujiera, que avisara lo que venía, en la empresa la orden, según este minero, era siempre la misma: producción, producción, producción. “Somos una hormiga al lado de estos viejos, fuimos cero escuchados. Es el vil dinero po, es lo único que les importa ¡y se estaban forrando!”, grita Rojo, que asegura que nunca volverá a trabajar porque quedó “traumado” con el derrumbe. Por más que denunciaran la situación al sindicato, dice, los reclamos por más seguridad quedaban en la nada.

La mina San José estaba demasiado agujereada pero nunca dejó de rendir. “Pasados los 200 metros, se hacía peligroso. Por eso empezaron a ofrecer más plata y tomar gente nueva. En 2004 la mina estuvo parada por un derrumbe que causó la muerte de Pedro González. Se reabrió al año siguiente, pero en a fines de 2006 falleció Fernando Contreras, un chofer y después, en enero 2007, tuvieron que cerrarla porque Manuel Villagrán Díaz, estudiante universitario y ayudante de geólogo, murió aplastado. Explotó una roca que no estaba enmarcada, que no tenía malla de alambre. Se le cayó el techo y lo molió entero”, describe.

Fueron sólo un par de meses hasta que la mina fue habilitada. Entonces, cuenta Rojo, les dieron charlas de seguridad, aunque una vez abajo no se cumplía lo enseñado. “Había mucho polvo, mucha tierra, humedad, contaminación. Las máquinas echan gases y calientan el ambiente. Imagínese que ahora que está todo parado, abajo hace 36 grados, cuando funciona todo pasa los 40”, dice el minero. Por este motivo, paraban de trabajar cada cinco o diez minutos. Faltaban mallas de contención y pernos de metal para sostener el techo, asegura Rojo.

Su trabajo era el más arriesgado. “El que se distrae pierde porque la perforadora suele provocar derrumbes, entonces hay que estar atento a que caiga polvo o piedras del techo, por eso eran importantes las mallas y el perno, es lo que da tiempo para salir corriendo”, dice. Las zonas más críticas de las minas eran también las más ricas en oro y cobre. El que se negaba se metía en problemas con los jefes de turno. “Este hombre no le sirve a la empresa, eso les decían los jefes a los dueños, entonces, si había oportunidad, te despedían”, comenta.

Esta era la situación de los contratados, no la de los “contratistas” (los empleados tercerizados), que eran despedidos de inmediato –dice Rojo– si se negaban a trabajar en la zona más crítica, donde generalmente manejaban las camionetas que cargaban las piedras. En estos últimos meses, los mineros habían avanzado casi 200 metros sin encontrar metal alguno, hasta que dieron con el nivel 44, cerca de donde llegó la primera sonda a más 700 metros de profundidad, donde aparecieron oro y cobre en cantidad.

“Eso fue lo que encegueció a los viejos, por más que fuera muy inseguro trabajar a esa profundidad”, comenta Rojo, cuyo concuñado, Iván Toro, perdió en 2001 su pierna en la mina vecina de San Antonio, también de la empresa San Esteban, por un error de cálculo. “Todavía estoy en recuperación, me acaban de operar en Santiago. Me perforaron el fémur para integrarme una pieza de titanio a la que agarran una pierna ortopédica; si sale bien voy a poder caminar perfecto”, cuenta Toro, desempleado desde entonces.

En verdad, fueron cuatro las personas que salieron heridas en ese derrumbe ocurrido el 26 de septiembre. Toro, dice, pidió que sacaran al resto primero porque podían hacerlo si ocurría un colapso. “Yo no me podía mover porque tenía una piedra encima, así que tuvieron que amputarme ahí mismo”, cuenta. La empresa, según él, dio mal las coordenadas, el ángulo de perforación, a los operadores. Sin embargo, tuvo que ir a juicio para cobrar la indemnización.

“Decían que estábamos sentados, nos querían echar la culpa. Ponían de testigo a un jefe de turno que no había estado a esa hora. Al final gané el juicio y me pagaron 15 millones (hoy, serían 30 mil dólares)”, dice Toro, que vive de una pensión y la ayuda de su esposa, temporera en los campos de uva, tomate y aceituna en Copiapó. Rojo y Toro aseguran que les costó mucho armar una comisión interna para exigir aumentos y seguridad laboral porque la empresa despedía, cuando podía, a los delegados. Fue en uno de esos asados que hacían los mineros que decidieron ponerse más duros y lograr conformar el sindicato. Más difícil fue lograr que la minera San Esteban contratara a algunos pocos trabajadores tercerizados.

“Los papá mono ganan mucha plata pero no invierten en seguridad, ellos sabían que los cerros se estaban debilitando y nunca los fortificaron. Así no iba a aguantar”, comenta. Y de hecho, la mina San Antonio no aguantó y colapsó en noviembre de 2003. Fue por la noche, en un turno en el que trabajaban 20 personas. Como había varios miembros del sindicato, los jefes hicieron caso cuando los mineros insistieron en que caían piedras adentro, que se venía un derrumbe y lograron sacar a todos los operarios antes.

No tuvieron la misma suerte los 33 mineros atrapados en la mina hermana de San Antonio. “Da bronca, porque si hubieran tenido una escalera en la chimenea, se hubiera evitado tanto sufrimiento”, dice Toro. Según estos ex mineros, el método productivo es la causa de los derrumbes de estas minas porque, además de no fortificar los túneles, “siempre perforan por el medio y no en zigzag, así dividen el cerro y lo terminan partiendo”. Cada muerte en estas minas abrió un intenso aunque corto debate con las autoridades, dice Rojo. Cada muerte, agrega Toro, sirvió para mejorar un poco la seguridad: “Al final, la muerte es el precio para las mejoras y ya ve lo que pasa..., nunca es suficiente”.

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