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Martes, 28 de agosto de 2012

TEATRO › ENTREVISTA A DANIELA RICO ARTIGAS, POR LA PREPONDERANCIA DE LO PEQUEñO

“Nuestra crisis fue un terreno fértil”

En su segunda obra, la actriz, directora y dramaturga muestra la historia de un banquero en el contexto del corralito de 2001. El trabajo propone distintas capas de lectura: entre ellas, la relación entre los sujetos y lo político, y las visiones opuestas acerca del arte.

 Por María Daniela Yaccar

“La historia individual está envuelta en la colectiva y, a su vez, puede operar sobre ella”, apunta Daniela Rico Artigas, joven actriz que hace unos años se dedica también a la dramaturgia y la dirección. En su momento estudió Sociología en la Universidad de Buenos Aires. Eso se viene plasmando en sus trabajos, que conectan hábilmente sujetos y contexto histórico. Bien, bien, muy bien (2008), su ópera prima, transcurría en la etapa post 2001. Y su segunda obra, La preponderancia de lo pequeño (jueves a las 21 en Vera Vera Teatro, Vera 108), es la historia de un banquero que es “arrojado a una nueva sensibilidad” al ver cómo reaccionan sus compañeras de trabajo ante la ira de los ahorristas en el período más crítico de la Argentina. “Elegí hablar de 2001 porque las crisis son potentes”, desliza la autora, que también se desempeña como actriz en Casi que no está, con dirección de Melisa Freund (viernes a las 21 en El Elefante, Guardia Vieja 4527).

En La preponderancia de lo pequeño, el personaje central es Germán (Román Melendrez), un joven banquero que se encuentra consigo mismo a partir de la debacle. De repente, dice, puede comunicarse con “la cosa” –término kantiano que remite a lo que está más allá de lo sensible– y se descubre como escritor de poemas. Comparte su casa con su primo Nahuel (Gabriel Reich), recién llegado de Venado Tuerto, y con una vieja conocida, Dulce (Mercedes Ferrería), que trabaja en una estación de servicio. Un día conoce a una fotógrafa española (Carolina Ferrer) que llegó a Buenos Aires para cazar imágenes de esa Argentina de comienzos de siglo. Con actuaciones destacadas, la obra propone distintas capas de lectura: la relación entre los sujetos y lo político, dos visiones opuestas acerca del arte y la mirada del centro hacia la periferia (y a la inversa).

Se perciben influencias de Javier Daulte y de Alejandro Catalán en esta obra. Aunque ha estudiado con ellos, Rico Artigas cuenta que sus “vectores” fueron, ante todo, Andrea Garrote y Federico León. “Escribo pensando en la actuación. Construí desde lo que proponían los actores. Ellos me convocaron para la dirección”, explica. “Pero la escritura me encanta. Sobre ella cabalgan el tema, el mundo y la poética. Eso sí: no me interesa que vaya por delante. Sería un error volverse pedagógico, bajar línea o construir un único sentido”, concluye. Esta es, también, la premisa de su próxima obra, en proceso de escritura. Abordará historias de mujeres de militares. La está trabajando junto con Guadalupe Cuevas. “Me interesa cómo la historia social atraviesa biografías”, se define.

–¿Por qué eligió hablar de 2001?

–De repente se nos hizo obvio que ahí había una potencia. Las crisis mueven cosas y son estadios vitales. Sin embargo, la historia no está narrada desde los que perdieron la plata: ni el banquero ni el resto de los personajes perdieron algo. Mi generación –y la de los actores– escuchó la palabra “crisis” desde que nació. Ahora estamos en otro momento: la debacle ya no es nuestra, es de otros.

–¿Cómo vivió esa época?

–Tenía veinte años y estudiaba Sociología. Me tocó en el mismo sentido que a los personajes: mi familia no perdió nada, pero se nos movió todo. Seguramente mucha gente quedó más marcada incluso en el cuerpo, como consecuencia de “estresazos” individuales muy fuertes. En ese momento yo me preguntaba si el país podía desaparecer. La sensación general era que peor que eso no habíamos estado nunca. Algunas instancias, como los trueques y las asambleas, demostraron que se supo cómo operar. Pero por momentos parecía que había una grieta abismal succionando todo. Nuestra crisis fue un terreno muy fértil para volver a hablar de la línea nacional y popular, aunque uno no esté de acuerdo con todo. Instaló cosas que eran renecesarias, por eso digo que fue vital.

–¿Qué es lo que le pasa al banquero de la obra?

–Al ver tanta cosa extrema, siente que el sistema perdió sentido. No le queda otra que mirar para adentro y conectarse con su deseo, que pareciera ser lo que el sistema impide. Cuando todo colapsa, de lo único que puede agarrarse es del adentro. Dulce, la chica que vive con él, narra la explosión. Ella representa la situación argentina de ese momento: le explota todo, desde el surtidor de gas hasta una botella de Sprite. Nahuel, el primo, narra la ingenuidad. En ese momento no se sabía qué iba a pasar, y en algunos había mucho temor. Y la española representa la mirada del primer mundo sobre el tercero. Mira la crisis con cierto romanticismo: es un cliché. A once años de eso, son ellos los que están en crisis. Eso nos salió aleatoriamente. En la escritura no pensé a la fotógrafa como española.

–Otro de los temas de la obra es el arte, que ya aparecía en Bien, bien...

–Me interesa el poder que mueve. Tiene muchas dimensiones: está el mercantilista, el que es un lugar de poder, el sanador. Cuando hicimos la obra, investigamos sobre Fluxus, una corriente de los ’70 que surge del arte conceptual, pero que se pelea con él por la veta mercantil que acaba teniendo. Sigo creyendo que el arte es un lugar de construcción de subjetividades más libres y libertarias. A la vez es un lugar en el que se mueven círculos de poder y de vanidad. Bien, bien... planteaba una valoración del arte amateur. Contaba la historia de una familia que estaba muy enloquecida y que encontraba en él un lugar de placer. Era una pulsión vital y primaria.

–La española es muy inescrupulosa en su modo de hacer arte: sólo piensa en el éxito. Germán, en cambio, lo utiliza como vía de escape. ¿La idea era plantear dos visiones opuestas?

–Totalmente. El vive el arte desde un lugar más blando e inocente. Ella está ubicada en la esfera del poder. Usa a los otros. Sin embargo, genera productos artísticos interesantes. Me pone nerviosa tomar contacto con ese tipo de manoseos y a la vez me fascina lo que producen. La historia de la literatura y la del cine están plagadas de eso. Para el papel de Fernanda (la española) nos inspiramos en Sophie Calle, una francesa que hace cosas súper interesantes, pero que usa a las personas. Por ejemplo, un novio la dejó y le escribió un mail contándole los motivos. Y ella entregó ese correo a mil mujeres que desarrollaban distintas actividades para que lo interpretaran desde su hacer. La obra es buenísima. Pero uno se pregunta: ¿a qué quedó reducido el chabón?, ¿dónde quedó su humanidad? No hago este planteo desde un lugar moral. Me gusta ponerle el ojo, reflexionar sobre eso.

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“Ahora estamos en otro momento: la debacle ya no es nuestra, es de otros”, señala la teatrista.
Imagen: Rafael Yohai
 
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