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Martes, 7 de marzo de 2006

UNA MUESTRA SOBRE ROBERT CAPA

El hombre que puso su nombre a las fotografías de guerra

La exposición que arranca hoy demuestra el genio del fotógrafo húngaro, que llamaba a la guerra “una actriz avejentada”.

Mayo de 1954. En la guerra de Indochina (en el territorio que hoy se denomina Vietnam), un convoy cruzaba a toda velocidad los campos adyacentes al río Roig. La fila de vehículos iba rumbo a una fortaleza en la que los franceses combatían contra la guerrilla comunista local. Sobre uno de los jeeps asomaba la estampa del fotógrafo de guerra Robert Capa, húngaro-estadounidense de cuarenta años que estaba viviendo sus últimos momentos de vida. Capa pidió al conductor que se detuviera para sacar fotos con mayor comodidad. Poco después de poner pie en tierra, pisó una mina. Ni siquiera el estallido le hizo soltar la cámara: era el doloroso fin de un artista como pocos. Tan es así que su muerte trágica no logró opacar ni su obra ni ese inacabable eslabonamiento de aventuras que fue su vida. Una muestra que abre hoy en el C. C. Borges (ver recuadro) permite asomarse a su genio a través de más de cien imágenes.

A los 17 años, Capa había escapado de la policía, que lo perseguía por ser simpatizante del Partido Comunista. Aquel muchacho que cruzó el arco de la estación de trenes dejaba atrás su Budapest natal y su familia. En su bolsillo bailaban un pasaje a Berlín y un documento que acreditaba un nombre de ascendencia judía: Endre Ernö Friedmann. Una vez en su hogar berlinés (que el ascenso del nazismo haría efímero), Friedmann consiguió trabajo en la agencia fotográfica Dephot. Todavía no había terminado de adaptarse a su nueva vida cuando Simon Guttman, director de la agencia, ofreció la primera oportunidad laboral a quien era un simple ayudante. Su tarea consistiría en viajar a Copenhague y realizar un reportaje fotográfico al exiliado León Trotski, mientras ofrecía un discurso a estudiantes daneses.

La primera cobertura dejó en claro que ese exiliado que disimulaba su pobreza con pulcritud no era una persona corriente. Pero cuando en 1932 Alemania se llenó de esvásticas, Capa huyó a París. En Francia se conectó con celebridades como André Kertész –quien lo ayudó a sobrevivir– y el joven rico Henri Cartier-Bresson. Pero París deparaba otras fortunas. Gerta Pohorylle, judía alemana que había huido de su país tres años antes y que era aficionada a la fotografía, le dio al joven mucho más que una historia de amor. Ante la imposibilidad de vender las fotos que producía su novio, Gerta –que luego cambiaría su nombre por el de Gerda Taro– propuso inventar a un talentoso reportero estadounidense que no se dejara ver y cobrara sus trabajos el triple de lo usual. Ese tercero sería Robert Capa (un alias que remitía al actor Robert Taylor y al director de cine Frank Capra). En poco tiempo, las fotos que conseguía la celebridad ficticia demostraron que bien valían lo que los periódicos europeos empezaron a pagar.

Para cuando se descubrió que Capa era en realidad Friedmann, era tarde para no prestar atención al genio de las imágenes. Con poco más de veinte años y después de abrevar en los centros intelectuales de Europa, Capa se había convertido en “el heredero documentalista” de las vanguardias. Esa formación, combinada con su arrojo y su amor por el trabajo, le brindó la fórmula perfecta para cubrir como nadie conflictos claves del siglo XX, marcando un hito en la historia del fotoperiodismo. En 1936 viajó como corresponsal a la España de la guerra civil. El corresponsal salió ileso, pero el conflicto se llevó a Gerda, cuando un tanque republicano que huía a toda velocidad la pisó. La guerra estaba haciendo una advertencia a Capa, pero no se dio por aludido. Años después, el 6 de junio de 1944, integró la primera oleada del ataque aliado en el desembarco de Normandía. La leyenda dice que, acosado por los balazos que zumbaban a su alrededor, lo único que el húngaro atinó a repetir una y otra vez como un mantra fue una frase que había acuñado en España: “Es una cosa muy seria”. Y era tan seria que después de algunas tomas no pudo frenar el temblor de sus manos para cambiar el rollo y tuvo que ser trasladado en estado de shock junto con los heridos. De sus más de cien fotos quedaron poco más de una decena: un técnico en revelado quemó la mayoría de los negativos. Pero los momentos inmortalizados por su cámara permanecen entre los registros definitivos de aquel día de fuego.

Capa decía a sus amigos que soñaba con que algún día su tarjeta dijera “Robert Capa, fotógrafo de guerra (desocupado)”. De todas formas, no pudo resistirse a cubrir, junto a Irwin Shaw, la creación de Israel en 1949. “Para mí la guerra es como una actriz envejecida”, contaba. “Más y más peligrosa y cada vez menos fotogénica.” En esa época fundó, junto a sus amigos Cartier-Bresson, David Seymour, George Rodger y William Vandivert, la agencia Magnum, primera agencia cooperativa de fotógrafos independientes. Más tranquilo, enfatizó su perfil de dandy y llegó a compartir la alcoba con Ingrid Bergman, con quien tuvo una relación de dos años. Incluso hay versiones que indican que la pareja Capa-Bergman inspiró a Alfred Hitchcock para La ventana indiscreta, de ese mismo 1954 fatal. Capa viajó a Japón acompañando una exposición de Magnum. Al llegar supo que Life necesitaba un corresponsal para Indochina. Sólo había llevado ropa de etiqueta, pero no lo pensó dos veces: tomó un avión y se subió al jeep, que arrancó a toda velocidad.

Informe: Facundo García.

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Los aliados entrando a París, con una colaboracionista de cabeza afeitada.
 
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