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Jueves, 27 de julio de 2006

LA MUESTRA DE SETH WULSIN

Caseros, memoria del horror estatal

Tras algún tropiezo burocrático, el artista realizó finalmente su notable intervención sobre la cárcel, que descubre rostros según el reflejo del sol.

 Por Oscar Ranzani

Un edificio tan ligado al encierro como la ex Cárcel de Caseros es motivo por estos días de una intervención artística que libera altas dosis de creatividad. El joven escultor norteamericano Seth Wulsin –que vive en la Argentina desde hace poco más de un año– está finalizando un trabajo artístico sobre los 48 ventanales que pertenecían al Patio de Recreaciones de ese recinto tenebroso inaugurado el 23 de abril de 1979 por el entonces ministro de Justicia Alberto Rodríguez Varela, de la dictadura de Jorge Rafael Videla. En las ventanas del edificio donde se alojaron presos políticos en condiciones infrahumanas durante el terrorismo de Estado, pueden verse de acuerdo al reflejo del sol una serie de caras humanas que ponen a prueba la percepción de quienes circulan por allí.

Luego del proceso burocrático que finalmente derivó en la autorización del Ministerio de Planeamiento y Obras Públicas del Gobierno de la Ciudad, Wulsin emprendió un verdadero trabajo de hormiga. Ya había transitado varias veces por el frente de Caseros cuando se imaginó que en un lugar donde se despreciaba la vida podía hacer algo que apuntara a lo contrario. Fue así que descubrió que en los ventanales –cada uno compuesto por 209 circunferencias de grueso vidrio– podía eliminar algunos círculos vidriados y generar mediante un ángulo en perspectiva la percepción de rostros humanos, como si fueran píxeles en una pantalla de computadora. “Me parecía importante no imponer nada en ese lugar”, aclara el artista plástico. “Como todo fue un proceso de escuchar, mirar y tratar de ver realmente qué salía de ese lugar, busqué darle expresión a eso y no venir con mi idea para imponer algo porque éste fue un lugar de imposición. Las cárceles son lugares donde se imponen cosas”, agrega. En ese sentido, Wulsin divisó que los mismos ventanales “mostraban” rostros y durante su proceso de trabajo trató de ser fiel a las imágenes que observaba.

Después de un minucioso trabajo tanto artístico como matemático, logró su objetivo. Para apreciarlo, el público que circule por la zona debe detenerse durante la mañana (a partir de las 10.30) en Pasco entre Caseros y 15 de Noviembre. Durante la tarde (a partir de las 14.30), hay que observarlo en Pichincha y Rondeau. Mirando esa inmensa mole pueden apreciarse los rostros como si se tratara de un holograma. “Hay que caminar y buscar los ángulos diferentes en que se pueden ver”, dice Wulsin. “Hay que moverse –agrega–, es un tipo de percepción activa, ya que muchas personas pasan por allí y no ven las imágenes. Tenés que buscarlas para verlas.” La obra tiene distintas polaridades. “Una de las más básicas es la de la luz y sombra”, comenta Wulsin. “También está la polaridad de aparición y desaparición, porque esas caras están como apareciendo y desapareciendo.”

Paralelamente al trabajo que Wulsin está concluyendo, el joven realizador Kellen Quinn está registrando todo lo que allí sucede para realizar un documental. Radicado en Nueva York, Quinn estudió en la Wesleyan University y vino a acompañar el trabajo artístico de su amigo y a filmarlo, además de entrevistar a distintos ex presos políticos que padecieron penurias cuando estuvieron recluidos. “Aunque ya hay un documental de la cárcel, yo quiero que las personas que vean la película sepan qué es ese edificio, qué historia tiene y cómo trabaja la obra de Seth con esta historia y con este edificio”, cuenta Quinn. El joven director de cine conoce bastante de la historia argentina, ya que menciona “la época de la dictadura, el colapso económico de los ’90, la historia de los desaparecidos y de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo”. Y afirma que “esta obra es muy importante, porque Seth está trabajando con un edificio que tiene mucha historia pero que todavía vive. No es algo muerto. El está participando en su demolición desde un aspecto creativo”. Mientras los pisos vayan desapareciendo, se irán esfumando las caras que Wulsin dejó en los ventanales. Entonces, será el momento de enterrar definitivamente el aspecto físico de Caseros. Pero la memoria de sus horrores permanecerá inalterable.

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Wulsin y su obra, en Pichincha y Rondeau.
 
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