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Sábado, 23 de diciembre de 2006

LITERATURA › A CINCUENTA AÑOS DE LA MUERTE DE ROBERT WALSER, UN ESCRITOR DE ESCRITORES

Un espíritu libre y torturado

Admirado por Kafka, Robert Musil, Thomas Bernhard, Walter Benjamin y Elías Canetti, el autor de Los hermanos Tanner y El dependiente murió en un psiquiátrico tras 23 años de internación.

 Por Silvina Friera

Era un perfecto Bartleby, un espíritu libre y tan molesto como sus personajes. El escritor suizo Robert Walser vagabundeaba tan a gusto como escribía. Sus libros producen esa sensación que dejan las caminatas al aire libre: escenas livianas, ligeras, aparentemente pasajeras, se cruzan con pensamientos o ensoñaciones que taladran esa superficie de la trivialidad hasta llegar al hueso de las miserias humanas. Era capaz de observar un incendio en el teatro como si fuese “un desastre encantador”. En una de sus novelas más conocidas, El paseo, el protagonista observa a unos chicos que corretean alegremente y dice: “Dejémoslos ir tranquilos y sin frenos; la edad se encargará de asustarlos y frenarlos. Demasiado pronto, por desgracia”. Y demasiado pronto, por desgracia, ese joven que empezó a publicar a principios del siglo pasado, esperanzado “en un destino singular” –como cuenta su último editor, Siegfried Unseld, en El autor y su editor–, conoció la mezquindad y la indiferencia de un sistema literario y editorial que se reservó el “derecho de admisión” excluyéndolo de la publicación. Hace 50 años, un día después de pasear con Carl Seelig, benefactor interesado en publicar sus obras, en la Navidad de 1956, Walser apareció muerto en la nieve, cerca del hospital psiquiátrico de Herisau, lugar donde estuvo internado los últimos veintitrés años de su vida.

Walser, nacido el 5 de abril en Biel, cantón de Berna (Suiza), en 1878, pertenece a ese linaje de escritores de culto a los que se los conoce más por la celebridad de sus admiradores –Robert Musil, Thomas Bernhard, Walter Benjamin, Franz Kafka y Elías Canetti– que por la familiaridad con su obra, aunque hacia fines de los ’90 la editorial Siruela comenzó a reeditar sus libros. A semejanza de muchos de sus personajes, su existencia fue un compendio de incomprensión, penurias y dolores y, sin embargo, en sus páginas no hay amargura ni rencores. Hay –como diría Leónidas Lamborghini cuando cita a Discépolo– “tanto dolor que hace reír”. Y sorprende siempre con frases deslumbrantes e impredecibles: “¿De qué le sirven a un hombre sus ideas y ocurrencias si tiene, como yo, la sensación de no saber qué hacer con ellas?”, dice el protagonista de Jakob von Gunten. Y ese mismo joven también advierte: “Los que obedecen suelen ser una copia exacta de los que mandan”. Canetti escribió que la peculiaridad de Walser consistía en que nunca habla de sus motivaciones. “Es el más oculto de todos los escritores. Siempre está bien; siempre está encantado con todo. Pero su entusiasmo es frío, porque prescinde de una parte de su persona, y de ahí que sea también siniestro.”

A los 14 años abandonó los estudios y ejerció diversos oficios: fue empleado de banca, secretario, archivero, incluso sirvió de criado en un castillo de Silesia. A esa edad escribió la que se considera su primera obra, El estanque. Quiso ser actor, pero alguien lo disuadió, y eligió ser poeta. Cuando cumplió los 20, reunió los poemas y textos líricos que había escrito en un cuaderno y se los envió a quien era considerado el crítico más prestigioso de Suiza, Joseph Widmann, del diario Der Bund. Widmann publicó seis poemas bajo el título Primicias líricas, pero sin consignar el nombre del autor. El efecto Walser prendió en un lector, el crítico, ensayista y antologista austríaco Franz Blei, quien llamó a la redacción para pedir los datos del poeta anónimo. El escritor suizo empezó a publicar poemas, textos en prosa y pequeños dramas en la revista Die Insel. Cuando aún conservaba un mínimo de expectativa respecto de su futuro literario escribió: “La intranquilidad y la incertidumbre, así como la intuición de un destino singular, quizá me han impulsado a tomar la pluma para intentar reflejarme a mí mismo”.

En 1904 consiguió que le editaran su primer libro, Las composiciones de Fritz Kocher (recientemente editado por Eudeba, con ilustraciones de Karl Walser, su hermano, y prólogo de Herman Hesse), donde el escritor reúne los supuestos trabajos del estudiante Fritz Kocher –muerto en plena juventud–, que ya habían sido publicados como artículos en Der Bund y habían provocado la indignación de algunos lectores. “Había algo sugestivo en la manera de Walser de llevar sus peculiares pensamientos al primer plano, tan sin prisa y sin énfasis, haciéndolos rodar casi como bolas de billar que se deslizaran con suavidad sobre un paño verde. Y un hechizo de ensueño envolvía al lector con la intuición de algo bello que se había cernido y pasado ante él en la más extrema cercanía”, apuntó Widmann en la reseña que escribió sobre Las composiciones. Aunque fue bien recibido por la crítica, el libro, que había tenido una tirada de 1300 ejemplares, vendió sólo 47 copias. Después aparecieron las novelas Los hermanos Tanner (1907), El dependiente (1908) y Jakob von Gunten (1909).

Sus personajes son huidizos por naturaleza, siempre deambulan sin propósito, coquetean con la ingenuidad, detestan la idea del éxito, combaten con orgullo la fama y tienen una suerte de instintiva aversión por todo lo que es “grande” y “pretencioso”. Como el autor, sus criaturas se van tornando invisibles, se desvanecen, se difuminan, son como “un botón colgante que nadie se toma la molestia de coser”. En El paseo (1917) se sirve de la ficción para apuntalar una “teoría” que imbrica vida y escritura: “Pasear me es imprescindible para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto”. Es similar al “vivamos primero, que las observaciones vendrán luego por sí solas”, que puso en boca de Jakob.

Sin domicilio fijo –en sólo diez años llegó a mudarse 17 veces de casa– y con problemas económicos, Walser comenzó a sufrir trastornos nerviosos y alucinaciones auditivas; se embriagaba y tenía períodos de agresividad. Intentó suicidarse, pero fue incapaz de hacer un nudo corredizo. Su hermana Lisa lo llevó al hospicio de Waldau, donde se internó en 1929. Los médicos dictaminaron que era un esquizofrénico. “Hölderlin pensó que era oportuno, es decir, prudente, renunciar a su sano juicio a los cuarenta años. ¿Me ocurrirá lo mismo que a él?”, se preguntaba Walser. Y anotó: “La gente no tiene confianza en mi trabajo (quieren que escriba como Hesse). Y ésa es la razón por la que terminé en el sanatorio”. El último libro publicado fue La rosa (1925), ya ni siquiera aparecían sus artículos en diarios y revistas, porque muchos lectores “amenazaban con suspender la suscripción si continuaban publicando esas tonterías”. En 1933 fue trasladado al asilo de Herisau, y enmudeció en vida, se hundió en el anonimato que tanto anhelaba y no volvió a escribir una línea más. El escritor decía a quienes lo visitaban –según cuenta Seelig en Paseos con Robert Walser– que “es absurdo y grosero, sabiendo que estoy en un hospicio, pedirme que siga escribiendo libros”. Quizá ningún otro autor pensó en el lector de manera constante, tan tierna y gentilmente como lo hizo él. Por más que intentó “sobresalir” en el difícil arte de pasar inadvertido, de no desear nada, de desaparecer, a causa de su escritura no fue capaz de concluir la obra maestra de la invisibilidad.

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Walser conoció la indiferencia del sistema literario.
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